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Arquitectura: el espacio público y la invención del paisaje. Por Alex Ibarra Peña

“Sólo en un arte, la gran lucha entre la voluntad
del espíritu y las exigencias de la naturaleza
ha alcanzado una paz efectiva (…), se resuelve
en un equilibrio perfecto: la arquitectura”.
(George Simmel. “Filosofía del paisaje”)

Pensar las ciudades es un ejercicio que corresponde a los grupos sociales que las habitan, siendo esto parte de un compromiso político que contribuye a una suerte de determinación que asume la importancia de lo cotidiano para favorecer la estancia de nuestro ser. Tanto la funcionalidad como la estética son dimensiones esenciales dado que impactan en nuestro ánimo espiritual.

El paisajismo que desarrolla la arquitectura puede ser un aporte fundamental como estímulo para que nos sintamos parte del lugar en el que vivimos logrando esa sensación de compartir un espacio hospitalario. Hasta ahora, como sociedad no hemos sido conscientes de que las ciudades son desafíos espaciales en los cuales el tiempo deja su huella. Las ciudades están en la tensión de que por una parte portan un pasado, que se sigue habitando, y que por otra deben responder a un porvenir, lo cual constituye nuestro presente inmediato. Complejo ejercicio en donde el espacio queda marcado por el tiempo, sobre todo cuando en esto hay una responsabilidad pública. La tarea del paisajismo está en que cada intervención de la naturaleza debe ser capaz de producir un paisaje o de integrarse a ese producto del pensamiento que queda regido por lo estético.

Quizá una de las expresiones de la arquitectura en las que mejor se expresa su estética, pero también su ética, está en la concepción del paisaje. Cuestión que tiene cierta visión poética concordante con el romanticismo, movimiento que valoraba el estado de la contemplación con un estado necesario para restauración y equilibrio del ser, esta experiencia por ejemplo sigue siendo trasmitida al hacer una caminata por el paseo de los poetas en la ciudad de Heidelberg o cuando recorrimos algún sendero construido en nuestras montañas o en nuestras costas, etc.

La constitución de un paisaje requiere de la sensibilidad del artista, que además de dominar su técnica abre su mirada a lo poético en el ejercicio de colaborar en la construcción de un espacio habitable, esta es una de las convicciones que profesa el chileno Juan Grimm quien hereda una tradición arquitectónica propia de una época en que distintas circunstancias posibilitaron un momento notable de la Escuela de Arquitectura de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso inspirada por lo poético y por una convicción fundamental en el trabajo colaborativo e interdisciplinario, con permiso para el arte y la filosofía, particularmente en las décadas del 50-70, época en que adquiere relevancia, entre otros, la figura de Alberto Cruz Covarrubias, gran viajero y utopista, alma de “La Travesía de Amereida” inspiración de “La Ciudad Abierta de Ritoque”.

Lo poético y lo utópico, aportes que pueden ser parte de la construcción del espacio público que respeta el paisaje, como una cuestión que responde a la estética, lo ético y lo político, es uno de los desafíos a considerar en las transformaciones de nuestras ciudades. No pensar la ciudad trae riesgos irreparables, Santiago está perdiendo la belleza que le aportan sus cerros, por ese mal criterio económico que suele regir a la inmobiliarias, sigue siendo una joya de la ciudad el Cerro Santa Lucía, centro de atención incluso para las ciudades ancestrales habitadas antes de La Conquista; una herencia negativa sin solución hasta ahora la identidad de esta ciudad con el Río Mapocho, potencial para ser el gran parque de esparcimiento para toda la ciudad que sigue sin ser reconocida su potencialidad. Varias ciudades de Chile están cercanas a cerros, otras varias están atravesadas o rodeadas por ríos, la bella cordillera y los bosques son naturaleza presente en gran parte del país.

Concebir estos lugares, debe ser orientado por una cosmovisión que pueda reflejar lo que somos apartándose de la mera copia de ciudades que no son las nuestras, siguiendo principios aportados por la visión desarrollada por el paisajista Juan Grimm en esta construcción del paisaje hay que buscar la presencia del infinito, la exuberancia y el misterio, respondiendo siempre a la necesidad de la sustentabilidad para asegurar que la intervención de la naturaleza sea una manifestación de respeto y se asegure su existencia.

Alex Ibarra Peña.
Dr. En Estudios Americanos.
@apatrimoniovivo_alexibarra

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