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Arquitectura un quehacer más allá de lo estético. Por Alex Ibarra Peña

“Aunque la arquitectura, por su empleo
de tantas artes y su propia complejidad orgánica,
puede servir muy bien como la muestra central
de la inventiva estética…”
(Lewis Mumford. “El mito de la máquina”)

Dos reflexiones previas que he publicado sobre la arquitectura han desarrollado dos cuestiones evidentes: que ésta contribuye a la convivencia humana y que ésta es una forma expresiva del ser. Sin duda, estas observaciones no hacen más que reconocer características que son propia del sentido común que esperamos de los objetos o productos de los quehaceres humanos, historia que acompaña un desarrollo cultural estudiado habitualmente por los antropólogos.

La arquitectura tiene una robusta historia cultural aportando a la convivencia social y entregando una forma expresiva que logra cautivarnos estéticamente. Sin embargo, no es sólo eso, de ahí que sea importante pensar a que otras cuestiones puede contribuir la arquitectura. Una pregunta de mi interés tiene que ver, con una mirada antropológica-filosófica a partir de la cual buscamos una respuesta que nos pueda entregar parte de una comprensión de lo que somos. Existirá un tipo de compromiso que sea parte de la vocación de este quehacer, que en distintos espacios urbanos o rurales vaya dejando huellas de una memoria que sobreviva al paso del tiempo, la respuesta podría parecernos inmediata en cuanto a que podemos reconocer ese rasgo cuando observamos espacios de convivencia de comunidades de vida.

Estas huellas no sólo reflejan esas dos cuestiones que advertía como evidentes al inicio, creo que aparece otro aspecto de revelación, que en vez de ser estético resulta más propio de lo ontológico, en cuanto que mediante observaciones reflexivas se nos puede aparecer una verdad en la cual reconocernos. Este quehacer puede excitar nuestro estado contemplativo pensando desde la perplejidad, esa forma que abre una vía de comprensión que busca ordenar parte del misterio. Es claro que los productos culturales desafían a una reflexión existencial, su valor no está sólo en su uso, no somos organismos meramente funcionales, tanto el ser como el estar contienen nuestra complejidad orgánica. La realidad la conformamos habitualmente de paradigmas, por eso es que es lenguaje común la organización geométrica de la realidad, vemos aquí formas triangulares y más allá formas rectangulares, acomodamos los objetos comprendiéndolos de esa instalación geométrica en nuestra de ver y de ser.

La arquitectura es parte del quehacer esos objetos que facilitan la convivencia sin renunciar a ese maravilloso sentido estético apropiado por el desarrollo de la cultura presente a lo largo de la historia, de ahí que observarla y pensarla sea parte de un acercamiento a esa manifestación del ser que pone en evidencia eso que somos, no es una exageración que valoremos tanto en ella su originalidad y autenticidad.

Alex Ibarra Peña.
Dr. En Estudios Americanos.
@apatrimoniovivo_alexibarra

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