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En este numero:

- “Yo no presto el voto”: una campaña de poder ciudadano. Por Alfredo Saieg
- Ucrania: Los fascistas de ayer y de hoy. Por Miguel Lawner
- La corrupción de los favores por Katia Cotoras y Moisés Scherman

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¿Qué filosofía enseñamos? El debate pendiente. Por Alex Ibarra

(JPEG) Ahora que los ánimos han sido calmados y han cesado los “cotorreos” en torno a la eliminación de la asignatura de filosofía en los cursos de 3º y 4º medio de la educación, queda la posibilidad abierta a un debate en torno sobre dos cuestiones fundamentales. La primera es aquella sobre qué se entiende por filosofía en Chile y la segunda sobre qué filosofía es la que debería estar presente en el currículo.

En relación a la cuestión sobre qué se entiende por filosofía en Chile, hay que partir señalando que no existe un consenso ni siquiera entre los que se dedican a ella profesionalmente. Desde una perspectiva pluralista esto no representa ningún problema, las sociedades que adhieren a modelos democráticos tienen bastante correspondencia a concepciones plurales. Sin embargo, no sé si la filosofía que impera por nuestros días al interior de las instituciones educativas corresponda a una visión pluralista. En un sentido amplio el pluralismo filosófico viene a ser aquello en donde todas las corrientes de pensamiento deben ser incluidas, por otra parte en un sentido menos amplio se aceptarían sólo algunas concepciones filosóficas. En el caso de Chile si es que existiese una visión plural no corresponde al primer sentido del pluralismo filosófico que aludíamos. En otras palabras, podemos decir que no hay una visión homogénea al interior de los currículos acerca de lo que es la filosofía, pero esto no significa por ningún motivo la existencia de prácticas incluyentes amplias de concepciones filosóficas. Sin duda, es un imposible que concurran todas las concepciones filosóficas de hecho sobre varias no tenemos cultores ni difusores para que las enseñen. Pero, esto no elimina el problema de la situación de exclusión que sufren algunas concepciones filosóficas y del privilegio institucional que gozan otras concepciones filosóficas. Tiendo a pensar que este problema obedece a una cuestión política y que por lo tanto es parte de la herencia de un sistema político del cual hoy, por múltiples acontecimientos y argumentos, se predica su crisis.

En un estudio limitado a algo así como la filosofía desarrollada por una “élite” filosófica nacional publicado por José Santos el año pasado, que coincide con lo que había publicado también Matías Silva en algunos artículos, se presentan algunas figuras paradigmáticas del ejercicio filosófico realizado por esta “élite”. Antes de entrar a rescatar algunas de estas figuras que nos sirven para el análisis, quiero dejar claro que aquí “élite” tiene dos características bien marcadas, la primera es la que se refiere a un grupo al cual se le atribuye una alta práctica en la administración del saber y en la experticia de saber traducir las problemáticas de la investigación filosófica al lenguaje ajeno que le imponen las políticas desde el FONDECYT dependiente del CONICYT, lo que quiere decir que en el muestreo sólo están considerados los investigadores que han decidido competir en dichos concursos ya sea por voluntad propia o por ceder frente a la presión que establece el modelo de gestión neoliberal que impera en las universidades. Pero, por otra parte esta “élite” también tiene la característica, esto sí lo dicen lo estudios aludidos, de que son un grupo de investigadores que pueden ser clasificados bajo criterios estandarizados que vienen a conformar una institucionalidad filosófica que podría ser catalogada de eurocéntrica, católica, machista y metropolitana. Creo que habría que agregar a estas características una que podría llamarse clasista, aunque el componente de clases en sí mismo no es un problema, lo equivocado es cierta convicción arribista que va en perjuicio de lo popular.

En resumen, lo que se ha financiado desde el Estado o aquello que investiga la “élite” no es reflejo fiel de los intereses de la comunidad filosófica nacional. Esto puede ser ampliamente refutado dado que si bien el eurocentrismo tiene primacía podemos encontrar investigaciones alternativas que escapan a este predominio en investigaciones en las que se ha decidido asumir una filosofía de carácter situado; existe una ardua y constante actividad filosófica realizada por mujeres y entre éstas algunas asumen un discurso político desde el género; es sabido también que hay un trabajo permanente que realizan colegas que están en las provincias y cuyos trabajos apenas se conocen en la metrópoli; finalmente hay bastante desarrollo de filosofías laicas que hacen frente a la herencia católica del pensamiento conservador y de la filosofía de la dictadura, aquí destaco una intensa producción filosófica marxista.

Este desarrollo de la investigación filosófica que es bastante más plural de lo que parece no ha logrado instalarse en el ámbito académico en el cual tienden a persistir la investigación desarrollada por la “élite”, por lo tanto, como bien se sabe, las mallas curriculares de los centros formativos de las nuevas generaciones de profesionales de la filosofía deben ser modificadas y algo se ha tratado de hacer al respecto.

Sin duda, lo que realizan estos centros formativos repercute en lo que se enseña por filosofía en los colegios. Sin embargo, en el cambio de estos currículos no sólo debe influir el desarrollo disciplinario de la filosofía sino que también las políticas educativas que no pueden ser vistas como imposiciones, de hecho estas decisiones de práctica autoritaria es lo que ha suscitado los mayores problemas entre el ministerio y el gremio de los profesionales de la filosofía. La polémica generada hace unos días atrás y que ahora ha posibilitado mesas de diálogos es una muestra de que las políticas educativas, o cualquier otra decisión política pueden ser discutidas.

En síntesis, me parece que estamos frente a la posibilidad de recuperar y reorientar una educación pública que venía siendo dañada por la estrategia “técnica” de eliminación de las humanidades, lo que se entiende como una contradicción, ya que son las humanidades las que aportan al desarrollo del pensamiento crítico que requiere una educación democrática, cuestión que debe ser central en todo tipo de política educativa. Pero, otra cuestión no menos interesante políticamente y por lo tanto, con relación directa a la ciudadanía, es lo relacionado a cuáles son las concepciones filosóficas que imperan y revisarlas para ver si son éstas las que requiere nuestra sociedad, después de todo todas reciben dinero del Estado y los ciudadanos son sus contribuyentes. Tal vez los límites a la investigación filosófica requieren de nuevos criterios que no tendrían que ver con los predominantes. Hay todo un debate pendiente en torno a la filosofía en Chile y en torno a los recursos económicos que en ella se invierten. Esto no puede ser elaborado sin acudir a lo político, no basta con una mera práctica epistemicida, si ésta no trae un riesgo político.

Colectivo de Pensamiento Crítico palabra encapuchada
Docente Universidad Católica Silva Henríquez

 
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