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Austeridad hídrica. Por Emiliano Vargas

En nuestro país existe una disminución continua y prolongada de las precipitaciones de agua- lluvia y de agua-nieve fundamento básico del ciclo hidrológico. La baja ocurrencia afecta a gran parte del territorio, provocada por fenómenos climáticos seculares e incrementado en los últimos años, ya sin espacio a dudas, por los efectos del denominado antropoceno, el efecto sobre el clima, de la actividad humana pretérita. Como sociedad, hemos manipulado la energía hace varios milenios e intensivamente, aquella, proveniente del carbón y el petróleo en los últimos siglos, buscando aumentar el bienestar, pero, al parecer, no habíamos pagamos la cuenta total y ahora lo estamos haciendo, en la forma de la crisis hídrica. Sobre ella, no existe evidencia científica que pronostique una mejora en el futuro (entendida al menos como la mantención del régimen pluviométrico histórico). En el mundo, lluvias torrenciales y de alta intensidad, podrán ser seguidas de largos periodos sin lluvias, que generaran sequias y escasez de agua dulce continental. Por otro lado, el nivel del mar tiende a aumentar producto del deshielo de los polos que toma una velocidad sin precedentes y que presiona centros poblados y amenaza a algunos humedales costeros.

En este catastrófico escenario, ¿Que puede hacer un habitante en Chile?. La primera respuesta es entender el problema y dimensionar cuál es el consumo que se debe ser asegurado ad-eternum para la sobrevivencia. Al considerar que la población actual es de aproximadamente 20 millones de personas y que requerimos, al menos, 2 litros diarios del vital elemento, podríamos pensar que el límite inferior de sobrevivencia es de 40.000 m³/día, equivalente a una piscina de 150 metros de lado y 2 metros de profundidad. Algo así como una manzana de un barrio céntrico citadino, llena con dos metros de agua, que debe ser consumida obligadamente cada día. Esta magnitud, conocida técnicamente como caudal es relativamente simple de producir, ya que equivale a 0,5 m³/seg. Este proporción de “caudal vital” es normalmente gestionado por empresas sanitarias, el fisco o por comités de agua potable rural. El principal problema, de este primer objetivo de consumo, es la dispersión de la población en sectores rurales, donde no existen sistemas de abastecimiento por matrices de agua potable, lo que debe ser provisto por sustitutos: camiones aljibes y por pozos o norias individuales. Estas últimas buscan satisfacer el consumo básico, aquel que no reportan “utilidad” a quien “alumbra” el agua subterránea. Estos términos se utilizan, en el Código de Aguas, para indicar que el agua de pozo no requiere necesariamente ser regularizada por un derecho de aprovechamiento legal, si no tiene fines de lucro y, el segundo término se refiere a la obtención del agua mediante un pozo profundo y la respectiva impulsión. Por tanto, si la austeridad hídrica se estructura por priorización, el consumo vital, está relativamente asegurado, donde el principal foco, es evitar pérdidas del consumo doméstico y de su distribución, aquí si se abre una caja de pandora, al observar el desincentivo de algunas sanitarias por resolver diligentemente las fugas del sistema, fundamentados quizás en los procesos y variables de tarificación.

Si bien la falta de agua potable para consumo básico se observa en algunos sectores rurales de las 100 cuencas hidrográficas del país, cabe destacar que a solo kilómetros del centro de Santiago, ya existe nuevas poblaciones (algunas consideradas tomas) que surgen casi espontáneamente y que no cuentan con redes de agua potable. En ellas se ve a simple vista, como hay estanques de agua en torres improvisadas, en el sector poniente de Maipú o en el camino El Mariscal de La Pintana, llamando la atención sobre el tipo de planificación urbana que realizan las municipalidades respecto a la cobertura del agua potable y de calidad de vida. Por otra parte, hay parcelas en la Comuna de El Monte donde no existe, los suficientes recursos públicos para extender las redes, ni la capacidad para que los parceleros las financien, en parte, por los precios un tanto monopólicos que ofrece la empresa concesionaria en varios sectores entre El Monte y Melipilla. Por tanto, la escasez está siendo experimentada continuamente por parte de la población y no es una situación nueva. El norte de Chile tiene una amplia tradición en austeridad hídrica, muchos poblados y villorrios entre Lluta y la cuenca del Elqui (el primer gran rio de la zona centro) han convivido con poca agua por siglos. En esos siglos pasados, el agua solo eran abastecida por el tren, con el esporádico llenado mensual de estanques de fierro, y que hacen reflexionar sobre lo valioso que era (es) el agua dulce, donde no la había (hay). Más aun, en ciudades modernas como Antofagasta, en los años 70’ y 80’ del siglo pasado, el racionamiento era normal: lunes, miércoles y viernes entre 9:00 y 13:00, se debían llenar todo tipo de recipientes para la acumulación y uso posterior. Por tanto, existe, en el norte de Chile, una cultura asociada a la austeridad del uso de agua dulce, la cual puede contrastar con la cultura del centro y del sur de Chile, donde la escasez es un término relativamente nuevos para las actuales generaciones, las cuales no han experimentado la sensación de no tener agua ni para bañarse ni para tomar.

No obstante, el problema de consumo hídrico no está enfocado hoy (y esperemos por muchos siglos mas) en el agua vital, sino en el uso productivo. Múltiples industrias compiten por el agua: pequeño crianceros, campesinos, agricultores y pequeños mineros utilizan las mismas fuentes hídricas que grandes mineras, agrícolas o hidroeléctricas: ríos e hidrogeológicos. En nuestra institucionalidad, la regla es simple, lo regula el mercado. Esto significa, que al igual que todo bien transable, quien más valora el recurso, lo puede obtener mediante transacciones comerciales. La priorización de uso que he planteado como fundamento de la austeridad hídrica, en este marco institucional, se define por quien tiene más recursos monetarios para compra de agua. Implícitamente, con soluciones de mercado, también se lograría la austeridad porque por el supuesto del rendimiento económico, ningún dueño de derechos de agua estaría dispuesto a despilfarrar el recurso sin utilidad, al menos que se comporte oportunistamente esperando ventas futuras, aunque si fuese así, no podrá impedir la escorrentía del agua por ríos o por alguna extracción vecina en el caso de corresponder a subterráneas (“agua que no has de beber déjala correr”). Por tanto desmitificando parte sustancial del acaparamiento, el agua se prioriza en forma austera bajo el argumento de la eficiencia económica, que nada dice de las externalidades derivadas y omitidas, cuando es necesario considerar un manejo de integral de cuencas hidrográficas.

Aun así, la actual legislación de concepción neoliberal, da espacio para la discrecionalidad del Estado, en casos de emergencias y desastres hídricos, mediante la interrupción del derecho de propiedad, asignando reglas de distribución en pos del uso eficiente y bajo el presupuesto de austeridad. Entonces ¿Cómo lo hace el Estado? ¿Cómo decidir si un kilo de peras es más valiosos que cerezas, cobre, trigo, cebollas o piscinas para veraneo? Normalmente, prorrateando el caudal disponible mediante alícuotas, es decir, en proporción a los derechos existentes, y estableciendo prioridad al consumo humano. Otras formulaciones, serán quizás conocidas bajo los presentes decretos de desastre.

Pero el concepto de austeridad hídrica, debe ser entendido en una decreciente disponibilidad del agua superficial y más aún del agua subterránea. Se debe repensar la actual institucionalidad hídrica, no bajo un prisma ideológico de derecho privados versus propiedad pública, la urgencia es como administramos el recurso y como nuestra cultura será afectada. ¿Tiene sentido llamar a bañarse tres minutos cuando las piscinas de la zona céntrica del país son llenadas con la misma agua que sirve para tomar y para uso doméstico? ¿Tiene sentido utilizar la misma red para distribuir agua para tomar y agua para evacuar heces fecales? ¿Deberá ser prohibido el riego de césped en cementerios, plazas y parques para ser reasignado en uso productivo agrícola o minero? ¿Quién estará dispuesto a tomar ese tipo de decisiones discrecionales? La austeridad implica reducción drástica de los tipos de consumos que estamos acostumbrados y como son costumbres, costará cambiarlos, aun utilizando la famosa ingeniería del consenso enunciada por Chomsky. Entonces, podemos buscar una respuesta en la tecnología. Las desaladoras, mayoritariamente por método de osmosis inversa, permiten la extracción de minerales del agua salada o salobre y transformarla en agua sin sales. Una solución ampliamente utilizada en el mundo hace año y también en Chile, en Arica. Pero es gracias al crecimiento constante de la demanda para procesos mineros, que en Chile se ha comenzado con su construcción masiva.

En los años 80’conversando con un antiguo gerente de la Mina de Mantos Blancos (Bernard Reijnst, eximio minero holandés de origen javanés) sobre los problemas que ya tenían el sector para producción, comentó que nunca sería un problema insoluble el agua (su falta), ni las guerra por ella, dado que la Tierra era el planeta azul. Sin embargo, esta creencia fue parcialmente correcta, porque supone un efecto cero en el proceso de desalación, el cual no es tal. De hecho la producción de salmuera (brine) es un externalidad de la osmosis inversa y que debe ser considerada con atención en su descarga al mar por la aniquilación de prácticamente la totalidad de las poblaciones circundantes. Como también, el efecto sobre sobre la emisiones de CO2 asociadas a estas plantas desaladoras, que serán mayoritariamente energizadas por centrales a carbón o de ciclo combinado. Aquí la austeridad hídrica, se complejiza porque es posible, en el absurdo, tener una producción de miles metros cúbico de agua desalada con una huella hídrica de millones de metros cúbicos de agua dulce, a consecuencia de su uso en generación hidroeléctrica para tener la energía para producir la osmosis. Incluso los proyectos de carreteras o tuberías hídricas de sur a norte sufren el mismo efecto, porque la generación solar aun no permite la concentración, que es requerida y fundamental por estos tipos de sistemas de impulsión.

La relación de la humanidad con el agua es simple, sin ella no existe la vida. El futuro es complejo con el cambio climático gravitando en cada una de las decisiones que toma esta generación y que afectará a las siguientes. La austeridad hídrica comienza por entender la complejidad del ciclo hidrológico, el estado actual del recurso, la forma en que se administra y la urgencia por aunar criterios y voluntades para un mejor devenir. Para ello, una interesante aproximación se encuentra en el poeta T. S. Eliot, que clamaba por la triada: información, conocimiento y sabiduría. De ellas, es dable pensar, que vamos llegando a vislumbrar la primera.

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