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¿Autonomía o alineamiento? El dilema silencioso del próximo Gobierno. Por Rossana Carrasco Meza

“El problema fundamental de la política no es quién gobierna, sino cómo gobierna.”

A pocos días del cambio de Gobierno, la pregunta central no debería ser quién asume el poder -cosa que por cierto sabemos- sino cómo lo ejercerá y bajo qué orientación estratégica. Como advertía Norberto Bobbio, el problema fundamental de la política no es quién gobierna, sino cómo gobierna. En ese “cómo” se juegan las definiciones más profundas: el grado de autonomía del Estado, la claridad de sus prioridades y la capacidad de sostener un proyecto nacional en un escenario internacional cada vez más incierto.

La política de nuestro país parece haber perdido algo más profundo que una elección o una mayoría circunstancial: ha perdido mística. No se trata de romanticismo ni de consignas vacías, sino de la ausencia de un horizonte colectivo nítido. La mística política es la convicción de que existe un propósito compartido que orienta decisiones y articula intereses diversos bajo una estrategia común. Sin esa densidad, la política se reduce a administración, cálculo o coyuntura.

En ese contexto, las señales de cercanía del próximo Gobierno con la autoridad de Estados Unidos no pueden leerse como un dato meramente protocolar. Toda definición en política exterior implica prioridades, renuncias y márgenes de acción. Si se modifica el eje de inserción internacional que se ha sostenido hasta ahora, el impacto no será solamente diplomático: alcanzará la estrategia de desarrollo, las alianzas regionales y la capacidad del país de negociar en condiciones de relativa autonomía. Allí comienza a delinearse el verdadero dilema: autonomía estratégica o alineamiento político.

El reciente episodio vinculado a las “visas” puede ser apenas una señal de cómo decisiones externas inciden en la agenda interna. Pero más allá de ese caso puntual, lo relevante es el contexto más amplio: las tensiones geopolíticas, la reconfiguración de alianzas y el uso de instrumentos diplomáticos y económicos como herramientas de presión. En ese escenario, los países con menor peso relativo necesitan claridad estratégica, no improvisación.

El Estado no puede limitarse a acompañar pasivamente los acontecimientos internacionales ni actuar por inercia ideológica. Su responsabilidad es anticipar escenarios, diversificar vínculos, fortalecer capacidades internas y preservar márgenes de decisión. La política exterior no es un apéndice decorativo del gobierno de turno: es una dimensión constitutiva del proyecto nacional.

La incertidumbre no es un clima pasajero: es una condición política que pesa sobre el Estado cuando no hay definiciones estratégicas claras. En tiempos de redefiniciones globales y tensiones crecientes, la ambigüedad puede convertirse en fragilidad. El dilema no es retórico. ¿Autonomía o alineamiento?
La respuesta no se resolverá en gestos diplomáticos ni en afinidades ideológicas, sino en la capacidad del Estado de sostener un rumbo coherente, proteger sus márgenes de decisión y convocar a la sociedad en torno a un propósito común. Porque, en definitiva, no se trata solo de quién gobierna, sino de cómo y para qué se gobierna.

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Rossana Carrasco Meza es Profesora de Castellano, PUC; Politóloga, PUC; Magíster en Gestión y Desarrollo Regional y Local, Universidad de Chile

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