El próximo 28 de mayo se conmemoran 25 años de la partida de Francisco Varela García, neurobiólogo, filósofo, practicante budista, cofundador junto al Dalai Lama y otros colegas del Mind and Life Institute, espacio que hasta la actualidad ha permitido conectar la filosofía budista con la ciencia cognitiva, y uno de los científicos chilenos más destacados a nivel internacional, pues sus pasos también dejaron huellas significativas en Estados Unidos y Europa, donde desarrolló principalmente su carrera. Sincrónicamente, el día 6 del mismo mes, se cumplirá un lustro de la partida de quien fuera su maestro y amigo, el profesor Humberto Maturana Romesín, con quien a fines de 1971 formuló la famosa teoría de la autopoiesis. Esta noción resultó revolucionaria, pues hizo posible explicar la organización característica de todo ser vivo como un organismo que, en interacción con su medio, toma de éste los elementos necesarios y los transforma en parte de sí mismo, proceso recursivo que conlleva la emergencia de la identidad y de la historia del propio organismo.
Desde su publicación en español en 1972 y, especialmente, desde que comenzó a circular en inglés después de la aparición de un artículo en la revista Biosystems en 1974, la noción de autopoiesis se ha hecho mundialmente conocida, extendiéndose como metonimia, como lo distingue el propio Varela, más allá del ámbito biológico donde halla su pleno sentido, aplicándose a disciplinas como el derecho, la sociología y la psicología, entre otras. Esta inusitada proyección desde temprano le hizo ruido y al cumplirse veinte años de su publicación original, en el prefacio a la segunda edición de De Máquinas y Seres Vivos, Varela advirtió que “estos intentos se fundan, en mi opinión, en un abuso de lenguaje”, por considerarlo riesgoso, dadas sus eventuales consecuencias epistemológicas y éticas en el ámbito social, pues el concepto subestima o no considera adecuadamente la relevancia que tiene la reciprocidad histórica en la codeterminación de la conducta del organismo. Los sistemas sociales no sólo emergen como resultado de sus singulares dinámicas biológicas, basadas en la autopoiesis, sino también de sus particulares historias de interacciones, como Varela y Maturana solían enfatizar en sus obras.
Me parece significativo recordar, en su sentido etimológico de volver a pasar por el corazón, e imaginar a estos dos doctores de biología de Harvard paseando en el invierno de 1971, hace algo más de medio siglo, por la playa de Cachagua en la región de Valparaíso, donde un amigo les facilitó su casa, conversando sobre los mecanismos moleculares que dieron origen a la vida, construyendo una teoría y engendrando un concepto que sería fundamental en los desarrollos de la biología y de la ciencia al finalizar el siglo XX. Varela cuenta que el término fue inspirado por un amigo en común que tenían con Maturana, José Bulnes, quien en una tesis sobre el Quijote había hecho la distinción entre praxis y poiesis, términos griegos que permiten conectar la teoría biológica del conocimiento con la filosofía clásica e incluso, miles de años más atrás, con la mitología mesopotámica.
Una dimensión prácticamente desconocida del trabajo de Maturana y Varela es que si bien su noción de autopoiesis es absolutamente contemporánea, ésta es parte de una conversación sobre la existencia y la vida humana que es literalmente milenaria, pues sus ideas pueden distinguirse como eslabones de un proceso explicativo que se remonta aproximadamente 6.000 años atrás, cuando los habitantes de Mesopotamia, en la zona de Uruk, proponen que la vida fue dada gracias al soplo del Dios Anu, quien regía el firmamento. Esta noción mítica perduró a lo largo de miles de años y fue adoptada por la tradición hebrea y griega, a través de las cuales llega a la cultura occidental. Hace aproximadamente 2.300 años, Aristóteles reconceptualizó la noción de psykhé, de alma, como un principio organizador de la materia, una forma o morphé, que hace posible que surja la vida, definiendo la identidad de los seres vivos. Cabe destacar que, para Aristóteles, la psykhé no es una entidad ajena o separable del cuerpo, no es algo infundado por alguna divinidad, como lo concebía la tradición mítica y lo siguen haciendo algunas religiones.
Durante más de mil años, el enfoque crítico y profundamente reflexivo de Aristóteles fue desvirtuado, su metafísica monista que consideraba la unidad materia y forma, cedió paso a una concepción metafísica dualista, una síntesis donde la filosofía debía someterse a los dogmas religiosos, que convirtió en norma el escindir el alma del cuerpo, la razón de la emoción. Se requirió también más de un milenio para que desde el seno de la propia iglesia católica, el filósofo y fraile franciscano Guillermo de Ockham pusiera límites, con su nominalismo, al abuso del lenguaje en el que había incurrido la tradición metafísica, cuestionamiento que le significó la excomunión en el siglo XIV. La noción aristotélica del alma fue retomada en el siglo XVII por Spinoza, quien plantea el concepto de conatus para dar cuenta de que lo esencial de todo ser vivo está en el esfuerzo que hace para mantenerse con vida, un proceso activo y dinámico que realiza todo organismo. La concepción más integradora, holista y sistémica de Spinoza, que rescata la unidad mente-cuerpo y realza la figura de este último, influirá significativamente en el siglo siguiente, el de la Ilustración, donde la invitación de Kant de abandonar la minoría de edad autoimpuesta para comenzar como humanidad a pensar críticamente tendrá grandes repercusiones. En el siglo XIX, la crítica a la tradición metafísica la retomará Nietzsche, así como también la relevancia que Spinoza le había dado al cuerpo para intentar comprender la conducta humana. A esto se agrega el desarrollo de la fisiología en Alemania, donde las obras de Müller y Helmholtz serán los primeros antecedentes de la teoría biológica del conocimiento, que continuará Wundt y que lo llevará a fundar la psicología, el estudio de la psykhé como disciplina independiente, en 1879.
Unos pocos años más tarde, surge la psicología en Estados Unidos, siendo William James y John Dewey dos de sus principales exponentes. En un famoso artículo sobre el arco reflejo en psicología que, sincrónicamente, cumple ahora 130 años, Dewey cuestiona la limitación de los enfoques analíticos, lineales y estáticos, que restringen la mirada y distorsionan la comprensión de los fenómenos, proponiendo la necesidad de adoptar un enfoque circular, dinámico, donde destaca la relevancia de la historia del organismo al momento de definir su conducta. Esta revolucionaria conceptualización, clara heredera de las ideas de Kant, será adoptada casi a mediados del siglo XX por Wiener para proponer su idea de retroalimentación y sentar las bases de la cibernética, disciplina que potenciará el desarrollo de la ciencia y la tecnología, profundizando la invitación a transformar la manera de comprender a los seres vivos y a las máquinas. La cibernética, ciencia que también ha pasado casi al olvido, vuelve a considerar que es la relación, el patrón, la pauta, la forma, el principio que organiza lo fundamental y no la materia por sí sola, promoviendo los desarrollos de la computación y de la naciente inteligencia artificial. De esta manera, los intentos de explicar el fenómeno de la vida dejan de ser especulativos y se transforman en temas fundamentales para las ciencias biológicas, donde destaca la singular y compleja síntesis que proponen Maturana y Varela. En este sentido, la autopoiesis fue un concepto original y revolucionario que subsume seis milenios de historia, filosofía, religión y ciencia. No es un concepto teórico más, es un paso fundamental en el devenir de la existencia humana, es un gran avance en nuestros intentos como especie de explicarnos nuestros orígenes, en el ejercicio milenario de hallar nuestros fundamentos.
Si la obra de Aristóteles fue distorsionada para que resultara coherente con las ideas religiosas imperantes, si Ockham fue excomulgado por su cuestionamiento a la lectura tradicional de las escrituras, si Spinoza fue perseguido por la Inquisición y expulsado de su sinagoga, si la síntesis del proceso de conocer que propuso Kant hace más de dos siglos aún no se adopta en la vida cotidiana, si la crítica de Dewey fue desestimada y 20 años después se impuso el enfoque conductista que suponía la negación de los avances que había logrado la filosofía y la biología, si la cibernética misma, a pesar de la revolución que generó, tendió a pasar al olvido, no tiene nada de extraño que el artículo original donde Maturana y Varela proponen el concepto de autopoiesis haya sido sistemáticamente rechazado por varios comités editoriales y no aceptado con entusiasmo inicialmente por la comunidad científica. Los sistemas se resisten a los cambios de paradigmas, habría dicho Kuhn. Los sistemas tienden a ser conservadores, habrían sostenido Dewey y Wiener. A los científicos también les cuesta abandonar su zona de confort, se podría decir de manera más popular.
En el caso particular de Varela, su trabajo no sólo permite conectar los desarrollos recientes de la ciencia cognitiva con la tradición de pensamiento occidental, sino también, de manera muy clara y explícita, con lo que distingue como las principales tradiciones de sabiduría oriental, el budismo, el confucionismo y el taoísmo. Varela fue un practicante y estudioso del budismo, especialmente del que se desarrolló en Tíbet, llegando a ser muy cercano al Dalai Lama, el líder de los budistas tibetanos. El budismo es una filosofía que surge en India en el siglo VI a.C. a partir de las enseñanzas del Buda Sakyamuni, quien era un príncipe nacido en una zona de Nepal. Siddharta Gautama nace en una cultura donde se estaba desarrollando el hinduismo, como una evolución crítica a la religión védica, por lo que el budismo dialoga con el saber de ambas tradiciones. Uno de los conceptos fundamentales del budismo es el origen dependiente de todos los fenómenos, nada se da de manera aislada, los seres y las cosas surgen y se desarrollan en relación con todo lo demás, formando complejas redes de causalidad, no se conciben hechos independientes o sustanciales. El sentido que se le suele dar a este concepto del sánscrito es “lo que emerge dependientemente”, es decir, lo que surge como resultado de una serie de interacciones, noción milenaria que es coherente con la teoría de los sistemas dinámicos que se desarrolla a fines del siglo XIX en occidente, así como también con las ideas de la cibernética. La autopoiesis misma y el concebir la percepción como un fenómeno que emerge de la actividad sincrónica de redes neuronales, será para Varela el resonar contemporáneo de esta antigua idea.
Otro concepto básico del budismo, así como también de la tradición china, que se encuentra en su famoso Libro de las Mutaciones, uno de los más antiguos de la humanidad, y obviamente presente en el pensamiento de Confucio y en el de Lao Tsé, es el de impermanencia, todo lo condicionado es inestable, nada dura para siempre, todo está en constante transformación. Esta noción de una realidad dinámica fue compartida por el Buda, por Confucio, por Lao-Tsé y también por Heráclito, en el mundo griego, compartiendo todos una significativa era histórica en torno al siglo V a.C. La autopoiesis supone un proceso de interacciones y cambios constantes, la estabilidad de un organismo es una suerte de ilusión, es tan sólo una apariencia. Para el budismo, los fenómenos tienen un carácter espectral, son efímeros, transitorios, nada permanece mucho tiempo y aferrarse a esta supuesta permanencia, el apego, es la fuente del sufrimiento. Varela dedicó parte de su trabajo a estudiar la transitoriedad de la actividad neuronal, mostrando cómo la percepción emerge no sólo de la sincronización de redes neuronales, sino también de una sutil y efímera estabilidad funcional que alcanzan, medida en fracciones de segundos. Desde esta perspectiva, el organismo es un complejo agregado de elementos en interacción que hacen posible el surgimiento y mantención de la vida segundo a segundo, al mismo tiempo que esta organización biológica situada necesariamente en un entorno particular, permite la emergencia de una historia de dicho organismo en codependencia con otros.
Para el budismo, así como también para Varela, al estar la realidad que experimentamos conformada por agregados o elementos en interacción transitoria, micromundos moleculares, neuronales, hormonales, emocionales, cognitivos, que se arman y desarman constantemente, no es posible sostener la idea de una existencia sólida, con pilares estables o permanentes, noción que se distingue como vacuidad, es decir, la realidad es vacía, es carente de un fundamento sólido. Esta milenaria idea quedó plasmada poéticamente en las palabras de Antonio Machado, “caminante son tus huellas el camino y nada más, caminante no hay camino, se hace camino al andar…caminante no hay camino, sino estelas en la mar”. Para el Buda, para Machado y para Varela, la realidad, el mundo que conocemos, no es un camino unitario, estable ni mucho menos sólido. Todo vivir se trata tan sólo de estelas en la mar.
¿Cómo se habita un mundo que la neurociencia sostiene que está conformado de estelas después que durante miles de años nos han contado que debemos aspirar a tener certezas?, ¿cómo enfrentamos una realidad impermanente cuando hemos aprendido a buscar refugio en una realidad eterna? La respuesta inmediata, que nos resulta más natural, es enfrentar la angustia que estas preguntas nos generan no sólo retomando nuestra tradición cultural de más de 2.500 años, la que excomulgó a Ockham, que persiguió a Spinoza y que ha hecho desaparecer a todos aquellos que osen cuestionar las ideas que se han definido como sagradas o riesgosas para la estabilidad del sistema, sino también apelando a los millones de años de evolución que biológicamente nos impulsan a huir o atacar a todo lo que parezca poner en riesgo nuestra sobrevivencia, que incluye no sólo la física sino también la social.
Sostener que esta singular visión de mundo es una excentricidad de una cultura oriental o de un curioso intelectual o neurocientífico progresista, sería un disfraz más sutil de la misma arcaica estrategia. Hace casi 400 años, en busca de amplias certezas, el físico y matemático Blaise Pascal nos advirtió de lo mismo, ideas que también, curiosamente, han sido olvidadas. “Nada se detiene para nosotros”, decía Pascal en sus Pensamientos, intentamos encontrar verdades eternas, construir sofisticados castillos con nuestra razón y la tierra bajo nuestros pies se desmorona. No nos engañemos con discursos racionales, decía Pascal, enfrentemos la angustia de la incertidumbre, la imposibilidad de hallar un conocimiento sólido y certero. Desde hace millones de años la vida no se detiene, simplemente fluye, se transforma, emerge y se desintegra. Las neuronas han hecho lo mismo, se han organizado, han formado sofisticadas redes, se han acoplado a un cuerpo y han hecho posible que éste, en interacción con un entorno, genere un mundo. No hay una realidad que debamos enfrentar, diría Varela, no hay un ambiente al que debamos adaptarnos. Somos seres situados, diría Dewey, no hay un dentro y un afuera, hay una coordinación muy dinámica y fluida entre el sujeto y su ambiente. Maturana y Varela sentaron las bases teóricas que fundamentan esas ideas, pudieron demostrar que no hay un organismo por un lado y un mundo por otro, no hay un yo separado de un tú, ambos emergen al mismo tiempo como resultado de una compleja sincronía neuronal.
Somos un cuerpo en movimiento, somos organismos situados, somos lo que resulta del operar de múltiples redes que se distribuyen en el interior de nuestros cuerpos y se extienden por nuestro entorno haciendo posible la constitución de un mundo muy particular, al que dotamos inmediatamente de significado. Este poner en acto, este emerger en el escenario de la vida, Varela lo distinguió como enacción, lo que conlleva asumir la responsabilidad por las consecuencias de dichos actos, por los mundos que contribuimos a crear. La enacción supone adoptar una perspectiva ética, ser conscientes de los efectos de nuestros movimientos. El gran desafío ahora es preguntarnos por cuál es el mundo que queremos enactuar, cuáles son las estelas que queremos ver reflejadas en la mar.
Rodrigo Robert Zepeda. Psicólogo-Prof. Fac. Humanidades y Educación UV.
Recomen damos la lectura del texto de Humberto Maturana publicada en Le Monde Diplomatique en enero de 2014.
¿Cuál es la contribución histórica de la noción de autopoiesis?
