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Autoritarismo y mundo evangélico. Por Luis Nitrihual Valdebenito

El mundo evangélico es muy diverso. Por tanto, no pretendo generalizar mis afirmaciones en esta columna. No obstante ello, vale la pena expresar algunas opiniones sobre esta religión cristiana toda vez que ha entrado en la arena política de lleno y debe ser evaluada en el marco de una opinión pública crítica. Por otro lado, como ya se ha estudiado, el crecimiento del mundo protestante en Latinoamérica es importante. En Brasil cuentan con una bancada de 200 diputados que fueron vitales en la destitución de Dilma Rousseff. Bolsonaro se afirma en este gigantesco mundo. En Bolivia fueron determinantes en la salida de Evo Morales. En Guatemala cuentan con un presidente. En Chile ya son relevantes desde hace tiempo.

Buena parte del mundo evangélico es de clase social baja. La penetración del protestantismo en las clases bajas y rurales llega por varias vías, pero fundamentalmente por la experiencia espíritual que ofrece. La alegría, su música y el sentido de comunidad – en un mundo que tiende a perder estos elementos – lo hace atractivo justamente para las clases populares que disfrutan el encuentro, el baile y la alegría. Por esta razón, es posible encontrar iglesias evangélicas en los más recónditos lugares de las poblaciones y los campos chilenos. En las cárceles cumplen un papel relevante y la experiencia mística que ofrecen hace de la conversión evangélica un proceso de reinserción social.

Todo grupo social tiende a cristalizar una élite que se erige como portadora de la voz colectiva. Los evangélicos no están exentos de ello. Separados del catolicismo entre otras cosas debido a su crítica al centralismo Vaticano, han generado en los últimos años sus propios obispos y sumo sacerdotes, muchos de los cuales caen en desgracia debido a los mismos males de los cuales acusaban al catolicismo. Una casta política surge a partir de este crecimiento explosivo de manera natural. Ya sea por origen o por simple búsqueda de ganancias electorales, este grupo –que se identifica como evangélico– muestra una estructura conservadora y autoritaria preocupante.

El declive de la Iglesia Católica, pastosa en su milenaria institución, parece coincidir con el aumento de la población evangélica. Estudios muestran que en un periodo de 10 años, del 2007 al 2017, la adscripción al catolicismo bajó de un 73% a un 45%. La debacle moral en la cual se encuentra hace que nos encontremos en pleno desarrollo de su declive. Esta considerable baja abre un espacio para el crecimiento de otras religiones y de quienes no se vinculan con ningún credo. Por otro lado, durante el 2017 un 11% de la población se declaró evangélica, pero hay que tener cuidado pues este porcentaje es más alto y podría alcanzar un 20%.

Mi experiencia con este mundo es familiar, prácticamente toda mi familia materna es protestante de distintas denominaciones. Desde pentecostales a bautistas. Todos diversos, por cierto, pero unidos por la convicción, en primer lugar, de que el mundo católico está equivocado. Mi familia paterna es católica y, como se prevé, me formé en el espacio fronterizo y crítico que surge de la disputa entre estas dos grandes versiones del cristianismo, ambas con muchas zonas grises y, por supuesto, con aciertos y virtudes.

El primer gran pecado evangélico es su intolerancia. Basados en una interpretación muchas veces literal de la Biblia, parten de la consideración de que ellos tienen la razón y el resto del mundo está equivocado. Son infieles que deben ser convertidos pues están en pecado. Su trabajo, en esta medida, es convertir a cuántos sea posible. Masones, católicos, judíos, etc., no conocen la verdad y, por tanto, deberían volverse a Cristo antes que los sorprenda la muerte y terminen en el averno. No deja de sorprender cierta similitud con versiones fundamentalistas del islamismo y otros credos que ven en el “otro” una especie de “sujeto fallido”, posible de salvar, pero siempre portador de un mal originario necesario de erradicar pues contamina el mundo.

Una visión como la anterior, aunque rebestida de una retórica superficial de amor, se encuentra cargada de odio hacia el diferente. Todo lo que escapa a su comprensión es inmediatamente reducido a la categoría de inconverso. La pérdida de distinción entre realidad y ficción ideológica hace de esta ideología un caldo de cultivo para fanáticos que sienten genuinamente que “su mirada” es la que debe imponerse para que el mundo sea recto. Toda explicación posible del mundo se reduce, en esta medida, a la fantasía que imaginan como única verdad posible.

Todo lo perdona dios. En el mundo evangélico los hermanos puede pecar de todas las formas posibles: pueden cometer adulterio, pueden mentirle a los hermanos, pueden robar, odiar a los otros, pero finalmente son liberados por ese Gran Otro que les permite hacer lo que quieran. Finalmente, siempre son perdonados por esa conversión primigenia. Esta condición del mundo evangélico siempre me ha movido a pensar que se trata de un mundo movido por un cinismo cardinal. No son pocas las veces en las cuales vi a un hermano “pecar” en día sabado y cantar “coritos” en el culto el día domingo. Liberados de tener que confesar al sacerdote sus pecados, y pagar indulgencias por ello, todo queda entre dios y el creyente. En un mundo así, el Obispo Durán siente legítimante que no tiene por qué responder ante su comunidad por los errores cometidos. El predicador Jimmy Swaggart puede tener sexo con prostitutas y sólo cuando es sorprendido y amenazado, pide disculpas a su comunidad. Todos, por supuesto, comportamiento humanos presentes en muchas otras comunidades, pero que en la iglesia evangélica son sancionados para esos “otros” desde el púlpito.

Properarás. Los evangélicos sustentan su doctrina sobre la prosperidad como garantía de mejora económica. La explicación, tan banal como llamativa, es que Dios no quiere tener “hijos pobres”. Sin embargo, esta promesa de prosperidad no es igual para todos. Mientras la mayoría de los hermanos permanecerán siendo pobres por siempre, una pequeña casta se enriquece con los diezmos, los regalos y otras garantías entregadas a un pequeño grupo de predicadores, obispos y pastores. El obispo Durán y su hijo, por ejemplo, fueron investigados por un patrimonio de más de mil quinientos millones de pesos. Falta un acabado estudio del “propietarismo” de esta iglesia. Una doctrina como esta se ajusta muy bien al neoliberalismo, que promete que usted puede tener lo que desea si se esfuerza lo suficiente. Si no sucede – es decir, si usted sigue siendo pobre – es por su falta de esfuerzo o de talento. En la versión evangélica este fracaso se debe a su falta de fe. Por tanto, usted debe ser más generoso con el diezmo a la iglesia.

El mundo evangélico es variado, pero unido por una concepción conservadora de la sociedad. Esto los vuelve un grupo propicio para apoyar intervenciones que garanticen el orden propuesto por el establishment. No resulta extraño, en esta medida, la relación entre la derecha y los diversos grupos evangélicos. No es rara la relación entre la iglesia evangélica y el pinochetismo. No es extraño que llamen hoy a mantener la ilegítima constitución de 1980.

Temuco, enero del 2020

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