El espectáculo de Bad Bunny en el entretiempo del Super Bowl LX no fue una mera actuación musical; fue un acto de política cultural a gran escala. Por primera vez en la historia del show, un solista latino encabezó el medio tiempo, casi íntegramente en español, desafiando no solo los parámetros estéticos tradicionales, sino también el relato hegemónico de qué —y quiénes— constituyen “América”.
En el cierre de su presentación, Bad Bunny pronunció “God bless America” y enumeró los países de Sudamérica y Centroamérica, sosteniendo un balón con la inscripción “Together we are America”. Este gesto pedagógico resignifica la palabra “América”, no como una abstracción que identifica exclusivamente a Estados Unidos, sino como una noción continental y pluricultural.
Ese gesto cobra sentido cuando se sitúa frente al relato dominante de la cultura popular estadounidense, que ha tendido a homogeneizar el símbolo americano dentro de un marco colonial y anglo céntrico. El propio espectáculo al que Bad Bunny se subió fue históricamente un instrumento de ese relato: espacios mediáticos donde la cultura latinoamericana solía presentarse como un guiño folklórico o como exotismo “seguro” para la audiencia mayoritaria.
La aparición de artistas como Lady Gaga bailando salsa o rindiendo homenaje a ritmos latinos en superbowls previos funcionó —en clave simbólica— como una asimilación estética, una traducción que hacía aceptable lo latino para el mainstream anglosajón. Bad Bunny, en contraste, no traduce ni neutraliza su identidad; la impone en su propio registro, sin concesiones.
Esta elección cultural se vuelve, entonces, una denuncia indirecta del colonialismo cultural que ha definido la relación entre Estados Unidos y los pueblos de su periferia histórica. La interpretación de Ricky Martin en “Lo Que Le Pasó a Hawaii” no es un mero guiño nostálgico: la canción alude explícitamente a la invasión y colonización de Hawái, trazando paralelos con la experiencia colonial de Puerto Rico y otros territorios, y mostrando cómo la cultura puede ser terreno de disputa entre identidad y sometimiento.
Por supuesto, estas decisiones artísticas y simbólicas no quedaron fuera de la esfera política. El expresidente estadounidense Donald Trump calificó el espectáculo como “absolutamente terrible” y “una afrenta a la grandeza de Estados Unidos”, criticando que la actuación no cumpliera con los estándares tradicionales de creatividad o “americanidad”. Esta crítica no se limita a una evaluación estética: es una defensa de un relato nacionalista excluyente, que percibe la visibilidad de identidades plurales como una amenaza retórica.
Del mismo modo, aunque en la presentación Bad Bunny no mencionó explícitamente a la ICE —Servicio de Inmigración y Control de Aduanas—, su postura crítica hacia las políticas migratorias y de enforcement de la era Trump está bien documentada en otros escenarios, como en los Grammy previos, donde condenó la violencia institucional contra inmigrantes. El contraste entre estas posturas y la celebración de diversidad que propuso en el Super Bowl pone en evidencia un choque cultural y político más profundo que la simple preferencia musical.
Más allá de los elogios o críticas puntuales, lo que propone Bad Bunny es una reconfiguración de símbolos: transformar “América” de una marca identitaria estrecha en una categoría amplia y plural; resignificar el idioma español, no como un acento exótico, sino como lengua de legitimidad cultural; y desafiar el colonialismo cultural desde el mismo centro de la industria mediática global.
En tiempos de crecientes tensiones identitarias, donde los discursos políticos buscan homogeneizar y excluir, el espectáculo del puertorriqueño no sólo entretuvo: desobedeció narrativas y abrió una grieta para pensar la cultura y la política desde abajo, desde la periferia y sus memorias coloniales.
Patricio Medina Johnson
Ingeniero Comercial, mención Economía – Universidad de Santiago de Chile (USACh).
Magíster en Ciencias / Governance of Risk and Resources – Universidad de Heidelberg (Chile).
