En kioscos: Enero 2026
Suscripción Comprar
es | fr | en | +
Accéder au menu

Bajo amenaza (primer aviso) Por Javier Agüero Águila

Seré de uno de los críticos al PC y sus altos mandos a la forma en que, en alguna medida, desestabilizaron la candidatura de Jannette Jara –bien que hubiera perdido con o sin su apoyo verdadero y comprometido–. El PC tiene y no tiene responsabilidad en la derrota, mas, salvo que habláramos de un partido con una excepcional amplitud y extensión en la sociedad chilena y que profitara de una cultura pro-comunista (donde en Chile se trata, más bien, de la némesis, es decir de un anticomunismo descomunal), todo va de un conglomerado que solo pudo influir en la superficie de una campaña configurando una suerte de estética del abandono y de apoyo relativo.

Entonces, esta elección no se pierde desde el PC, ni desde Jara, ni desde el gobierno simplemente; se pierde ahí donde la repetición de los miedos y la preeminencia del paradigma securitario (que sirvió de plataforma para la restauración conservadora después del 4 de septiembre de 2022) se diseminó en la sociedad chilena inoculándose en las subjetividades y “haciendo sentido”. El mensaje era claro y resultaba, desde la derecha autoritaria de Kast, transparente respecto de la tradición higienizante, esto es: solución al problema migratorio, crecimiento económico y recomposición en clave tolerancia 0 del significante “seguridad”.

Así, se produjo un grito a modo de catarsis colectiva en una derecha que había sido alienada, desplazada; cancelada en su fuero pinochetista íntimo y que nunca pudo perdonar que la UDI, aquel dispositivo de amarre del dictador operando en la transición, se volviera complaciente con una Concertación que favorecía amnistías, leyes de punto final y que administraba de manera más que eficaz al sistema neoliberal, cuya herencia de continuidad flambeaba segura en la incipiente y frágil democracia notarial que venía de repactar con la dictadura y decir “sí” al gran amarre, al enclave de los enclaves: la Constitución del 80 de Jaime Guzmán.

Ahora, ¿significa esto que el 68% de la población chilena es nacional-cristiana ultra neoliberal y conservadora o fascista? No, evidente. Los más de 7 millones de chilenos que votaron por la ultraderecha lo hicieron, primero, porque lo que se da a decir “izquierda” no posee espesor ideológico alguno –un conglomerado que va da desde la DC al PC no puede tener ninguna densidad y se revela por sí mismo como un artefacto de ocasión sin capacidad de generar sentidos en la población–; segundo, porque la flojera intelectual del Frente Amplio, que demostró ser muy generoso en slogans y consignas pero muy deshidratado al momento de las ideas, permitió que el ideario conservador se diseminara sin contención. Esto es, a la luz de la ausencia de espesor intelectual e ideológico, era más que nítido el hecho de que las derechas, todas ellas hegemonizadas por Kast, alcanzaran niveles de transversalidad inéditos (no olvidar que Kast ganó hasta en las cárceles. Alguien deberá explicar esta aparente paradoja). Y tercero, porque ahí donde las izquierdas planetarias han ido perdiendo gradualmente su vocación universal que le imprima contingencia y corteza a la disputa por la hegemonía y el poder, a su vez las derechas ultras no dejan de expandirse a lo largo y ancho del planeta. Todas diferentes, por cierto, pero resignificando los mismos sentidos comunes, las mismas fobias que se expresan en estéticas distintas, empero con objetivos compartidos; unas más otras menos, pero de acuerdo en la borradura de cual sea el gesto disidente.

Y esto es lo que vimos con la última y primera amenaza de republicanos al PC, cuando se señala en un reciente informe del Comité Central que “Será relevante impulsar hitos de movilización amplia y unitaria, como un 8 de marzo masivo, el 1 de mayo y otras, que exprese no solo la defensa de derechos específicos de la sociedad, sino también una respuesta democrática y social frente a tendencias autoritarias y regresivas”. De inmediato emergió, sin ningún patrón reflexivo mediante sino más bien como un genoma ideológico instantáneo, la respuesta del presidente del Partido Republicano, Arturo Squella, el que sentenció que el próximo gobierno “actuará ´con toda la fuerza` y que ellos no saben que todos y cada uno de los violentistas y sus promotores terminarán en la cárcel”.

Esta es, se insiste, la primera gran amenaza que se da al PC y, a través de él, a todas las formas de manifestación o expresiones masivas que tengan lugar en las calles reivindicando alguna causa “anti-republicana”. La amenaza en este sentido no opera como política pública formalizada ni está redactada en libelo alguno; tampoco se trata de una definición. La amenaza, de nuevo, como tal, es configurativa del discurso securitario y su magma controlador significa en él. Decimos amenaza como dispositivo sistemático y permanente de generación de terror al interior de cualquiera sea el mosaico que altere el curso normal de un gobierno que se regocija en su utopía conservadora de una sociedad estática, sin entender que las calles son las únicas arterias por donde los no convocados al carnaval VIP pueden desplazarse.

La derecha hegemónica representada por republicanos asume, en una fracción de segundo, que movilización es igual a vandalismo o manifestación a terrorismo. Ahí donde es un derecho consagrado en la Constitución que ellos veneran y a la que se aferran.

El PC no es un partido que conmueva, al día de hoy, a la sociedad chilena. En gran parte por sus propios errores verticalistas y patriarcales. Pero no olvidemos que Pinochet, después que se auto-ungió como jefe de la “Junta”, mandató crear una agrupación de hecho que operó clandestinamente entre los años 1975 y 1976: “El comando conjunto”; conformado principalmente por agentes que pertenecieron a la Dirección de Inteligencia de la Fuerza Aérea, Carabineros de Chile, Marina y Ejército y que, con la colaboración de civiles, tuvo como objetivo principal la represión de la Juventud del Partido Comunista. Asesinaron a más de 30 personas, la mayor parte jóvenes, hombres y mujeres, pertenecientes al PC.

De este modo, en Chile, los muertos no los carga el Partido Comunista, los carga la derecha y una en particular: la pinochetista que, al día de hoy en el poder, desenvainó el primer amago de amenaza. Esto disipa y deja en claro cuál será su estrategia cuando la multitud pretenda ejercer una contrapalabra diseminada en las aceras y asfalto de todo Chile: represión, cárcel, crueldad y no sabemos qué más.

De a poco se libera la verdadera faz del republicano con “vocación de unidad”. Nada, “ni una hoja”, será movida sin que sufra la furia del corte autoritario. La historia tiende a volver, de una u otra forma, camuflada o gatopardista, cínica pero nostálgica en la emoción y soberbia en la agencia. Porque, así como lo escribía Walter Benjamin: “Nada que haya acontecido alguna vez ha de darse por perdido para la historia” (Sobre el concepto de historia, Tesis III, 1940).

Cuidado.

Javier Agüero Águila
Doctor en Filosofía
CFI/Universidad de los Lagos

Compartir este artículo