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Balmaceda en 1973. Golpe, desmemorias y actualidad. Por Mauro Salazar J.

Placilla fue el epitafio del significante «guerra civil». Un escenario ensangrentado donde capituló el Balmacedismo (1886-1891) con sus vibraciones modernistas y «pasiones industriales». El horno de cadáveres fue un «golpe de memorias» que inscribió ante el «futuro abstracto» un semáforo en la historia. Un recado y un aviso en medio del descampado nocturno que dictaminó la ‘prevalente feudal’. Un parpadeo de imágenes intemporales de los cuerpos usurpados, intempestivos e indómitos. Cuerpos llenos de rubor. Los fragmentos de memoria sin pertenencia, desconciliados, que vagan en las orillas de las recomposiciones lineales del pasado. Y ello es así porque la práctica intelectual comprende memoria crítica (residuos) y crítica de la memoria (testimonios patrimoniales).

En los campos del desbande (1891) quedó encarnada una espectralidad con distintas potencias e intensidades que cada tanto implican el retorno de lo reprimido. Pulsión o huella que centellea -silencio zumbante- con las multitudes de la cuestión social, sea en 1920 o 1973. Abismosidad del Portalianismo que estampó la norma del palo y bizcochuelo para que la hiedra nunca termine de abrigarnos. Don Diego en sus Cartas a Cea, nos decía que La Constitución es, ante todo «una señora» que hay que «violar» cuando las circunstancias son extremas. Y es que, esa señora, que debe ser violada si las circunstancias lo ameritan es en realidad una parvulita por su propia inutilidad. La violación es una figura necesaria, remedial, tal cual como lo puede ser un golpe de Estado (y las operaciones de borradura).

La aristocracia feudataria, ávida de monopolio estatal en los grises de 1891, no logró atesorar un relato contra los desbandes de la modernidad retratados en la destrucción del mundo. Muy por el contrario, se alzó en una epopeya invasora que ofrecía cañonazos y que aún gobierna los cuerpos desde las tecnologías del temor. Ayer, mañana, siempre igual. La necropolítica de las batallas se explicaría porque los Bárbaros son inútiles ante todo proceso de modernización y, quizá sí, debían morir en Placilla, Concón o Santa María de Iquique. Tal es nuestro Auschwitz”. Placilla fue un momento zigzagueante y, en sus devenires, desnudó una profecía feudalesca -vulgar y autocumplida- que el régimen parlamentario debió gestionar en los años 20’. En medio de la contienda, los halcones de John North abjuraron de reformas para peones, proletas y muchedumbres en nombre del oro blanco. Y así, la dominante hacendal se restó a anudar «modernización y subjetividad popular» consagrando un capitalismo del despojo (epistemicidio) que explica la vital opacidad.

La paradoja fue mordaz, porque ni el más intenso anhelo balmacedista -redistribución de las riquezas- buscaba transgredir la hegemonía elitario-estatal, sino pluralizar las formas colectivas del progreso y anticipar la rueda incierta del siglo XX. En su condición de estadista, el programa reformista cultivaba la libertad civil, religiosa y política. La tarea del momento era ilustrar al pueblo. Balmaceda imputó a las «oligarquías mercantiles» -patrimoniales y patronales- por su desprecio hacia el juego democrático. Luego sus goces por el inquilinaje arrumbado en cerros de húmeros para buitres, y una aversión por la «lira popular». De allí la necesidad de implementar -como hombre de su tiempo- un campo de reformas nacionalistas que excedían la prevalente hacendal que posteriormente sucumbió al estallido de las multitudes de la segunda década del XX. Contra lo último, abjurar de las reformas y despreciar el teatro democrático, trazó las huellas de la cuestión social y forjó la sala de parto de las izquierdas con su acervo de memorias persistentes, tenues y dislocadas. La solución liberal (nacional-reformista-letrada) a la «guerra civil», ofrecía sedimentos y una fractura consensuada que abrazaba un rumbo intensamente más prometedor para levantar elites industriosas. Un tiempo puerco donde la «hegemonía mercantil», se diluyó en la pérdida de toda ética empresarial y, una ceguera des-nacionalizante. Al punto de una dirigencia extraviada que, frente a una crisis epocal, optó por combatir contra sí misma, revelando su incapacidad para contrarrestar la modernización. La arremetida cortoplacista de Jorge Montt (1891-1896), escoltado por el general Estanislao del Canto, y los congresistas no permitió establecer convivencia alguna con el frenesí de la modernidad.

La Hacienda del 91, atrincherada, rompió todo pacto social con la «Justicia distributiva» y la producción de sentido desde el binarismo Civilización o Barbarie. No solo nombramos la tragedia de Balmaceda con mesocracias y mundo popular, sino la hegemonía colonial que perpetró el “desarrollo del subdesarrollo». De un lado, el suicidio en la legación argentina y, de otro, el desfonde irreversible entre hacienda, modernización y campo popular. Balmaceda, situado en su tiempo, representa el desgarro entre hegemonías hacendales del XIX y la potencia de iniciar un ciclo de emancipaciones burguesas.

Su posición oscila entre un modernismo canónico-ilustrado y una modernización popular -inconclusa- que explotó en 1920. Citas secretas entre temporalidades disruptivas. A las retículas balmacedistas, advendrán las intensidades allendistas. ¿Y hasta qué punto los Balmadecismos agenciaron condiciones de posibilidad para los Allendismos? En su forma menos matizada, ¿Hay Salvador sin José Manuel? Y cómo el líder de la UP logró articular esos dos mundos -parlamentarismo y emancipación- en una «socialdemocracia maximalista». Polo institucional de 1938, expansión de capas medias, y las multitudes del cambio en los años 70’. Bajo estos gravámenes de memoria y sentido -décadas más tardes- el socialismo chileno se empeñará en “des-fetichizar las piochas del bronce republicano” y promoverá una concepción de Estado que emplazó las modernizaciones pastorales. En la parte final del testamento escrito en la embajada argentina, Balmaceda escribe “Cuando ustedes y los amigos me recuerden, crean que mi espíritu, con todos sus más delicados afectos, estará en medio de Ustedes”. Transcurridos casi ocho decenios, Allende sostiene con resignación, sosiego e infinita teología, “Seguramente radio Magallanes será acallada y el metal sereno de mi voz no llegará hasta Ustedes. No importa, me seguirán oyendo. Siempre estaré junto a Ustedes”.

Placilla fue una hendidura que comenzó a hablar 30 años más tarde, luego fue un espectro para imaginarios de derechos y pancartas de la reforma que asediaron al colonialismo ancestral. Una alteridad respecto a las tecnologías de la memoria. Con todo, la hiedra hacendal nos legó una herida que no cesa de sangrar. Aún somos rehenes de los acuerdos juristocráticos (1833 y 1980).

En suma, el horror no perderá su verdor de negatividad, en medio de tanto monopolio mediático ávido de verdad bruta. Por eso conviene subrayar el hilo en voz entre agosto de 1981 y septiembre de 1973.

Dr. Mauro Salazar J.

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