Mi padre es un hombre que lleva
- esculpido en sus brazos cientos de
- nombres, de hombres, de mujeres, de
- niños, de destinos, y los destinos de
- todos son un cinturón a su cintura, y
- todos los ojos son los ojos de mi Padre,
- que mira a través de miles de ojos,
- como si estuviera acompañado de miles
- de hombres y mujeres, pero la verdad es
- que mi Padre, mi adorado Padre, es un
- hombre absolutamente solo...
- Atribuido a Pedro Balmaceda,
- (A. deGilbert). 1868-1889.
Placilla (1891) fue el epitafio del significante «guerra civil» y la consagración de la oligarquía mercantil como forma duradera de dominación. Un escenario donde capituló el principio de autoridad del Balmacedismo (1886-1891), ese proyecto que oscilaba entre los modernismos plebeyos y el «sublime industrial». El campo de batalla operó como un golpe de memorias que inscribió, ante el futuro abstracto de la nación, un semáforo de advertencias. Un recado en medio del descampado nocturno que dictaminó el régimen feudatario. Lo que quedó fueron imágenes intempestivas de cuerpos usurpados, fragmentos de memoria sin pertenencia que vagan en las orillas de las recomposiciones lineales del pasado. Y es que toda práctica intelectual comprende una doble operación: memoria crítica de los residuos y crítica de la memoria patrimonial.
En los campos del desbande quedó encarnada una espectralidad con distintas potencias e intensidades, una pulsión que centellea con las multitudes de la cuestión social, sea en 1920 o en 1973. El portalianismo estampó la forma «palo y bizcochuelo» para que la bastardía terrateniente nunca terminara de abrigarnos. Diego Portales leyó el estado de exepción, en sus Cartas a Cea, sostenía que la Constitución es una «señora» que hay que «violar» cuando las circunstancias son extremas. La violación aparece como figura necesaria, remedial, tal como puede serlo un golpe de Estado y sus operaciones de borradura. Esa lógica persiste hasta la procacidad imputada a las revueltas de octubre de 2019, cuando el mainstream nombró a la turba como anomia delictual, sin apelar jamás a la acumulación de capital como golpe de desigualdad.
La muchedumbre, abriendo la escena epidemiológica que el Centenario inauguró. Pero ella no goza de una filosofía trascendental. Es un vector, el pliegue de una potencia que de vez en cuando relampaguea contra el diccionario de las instituciones y las tecnologías de memoria. La aristocracia feudataria de 1891, ávida de monopolio estatal, no logró atesorar un relato contra los desbandes de la modernidad. Muy por el contrario, se alzó en una epopeya invasora que ofrecía cañonazos y que aún gobierna los cuerpos desde las tecnologías del temor. Ayer, mañana, siempre igual. La necropolítica de las batallas se explicaría porque los «bárbaros» resultan inútiles ante todo proceso de modernización y debían morir en Placilla, Concón o Santa María de Iquique. Placilla desnudó una profecía feudalesca, vulgar y autocumplida, que el régimen parlamentario debió gestionar en los años veinte. En medio de la contienda, los halcones del salitre abjuraron de implementar reformas de inclusión para peones, proletarios y muchedumbres en nombre del oro blanco.
La dominante hacendal se restó a anudar «modernización y subjetividad popular», consagrando un capitalismo del despojo que explica la vigencia de nuestro capitalismo de jungla. La paradoja fue mordaz: ni el más intenso anhelo balmacedista buscaba transgredir la hegemonía elitario-estatal, sino pluralizar las formas colectivas del progreso y anticipar la rueda incierta del siglo XX. En su condición de estadista, el programa reformista cultivaba la libertad civil, religiosa y política. La tarea del momento era ilustrar al pueblo. Balmaceda imputaba a las oligarquías mercantiles su desprecio hacia el juego democrático, sus goces por el inquilinaje arrumbado en cerros de húmeros para buitres, su aversión hacia la «lira popular». De allí la necesidad de implementar un campo de reformas nacionalistas que excedían la hiedra hacendal, la misma que posteriormente sucumbió ante el estallido de las multitudes en la segunda década del siglo. Abjurar de las reformas y despreciar el teatro democrático trazó las huellas de la cuestión social y forjó la sala de parto de las izquierdas, con su acervo de memorias persistentes, tenues y dislocadas. La solución liberal a la «guerra civil» ofrecía sedimentos y una fractura consensuada que abrazaba un rumbo más prometedor para levantar élites industriosas.
Fue un tiempo puerco donde la hegemonía mercantil se diluyó en la pérdida de toda ética empresarial y en una ceguera desnacionalizante. Una dirigencia extraviada que, frente a una crisis epocal, optó por combatir contra sí misma, develando su incapacidad para gestionar la modernización. La arremetida cortoplacista de Jorge Montt (1891-1896), escoltado por el general Estanislao del Canto, no permitió establecer convivencia alguna con el frenesí de la modernidad. De allí en más se impondrá el «partido portaliano», esa facticidad oligarquizante que jamás podrá religar el proyecto moderno y la imaginación popular, so pena del Estado de derechos que la vieja república intentó entre 1938 y 1970.
La Hacienda del 1891, atrincherada, rompió todo pacto social con la justicia distributiva y la producción de sentido desde el binarismo «civilización o barbarie». No solo nombramos la tragedia de Balmaceda con mesocracias y mundo popular, sino la hegemonía colonial que perpetró el desarrollo del subdesarrollo. De un lado, el suicidio en la legación argentina; de otro, el desfonde irreversible entre hacienda, modernización y campo popular. Balmaceda, situado en su tiempo, representa el desgarro entre las hegemonías hacendales del XIX y la potencia de iniciar un ciclo de emancipaciones burguesas. Su posición oscila entre un modernismo canónico-ilustrado y una modernización popular, inconclusa, que explotó en 1920.
A las retículas balmacedistas advendrán las intensidades allendistas. ¿Hasta qué punto los Balmacedismos agenciaron condiciones de posibilidad para los Allendismos? En su forma menos matizada: ¿hay Salvador sin José Manuel? ¿Cómo el líder de la Unidad Popular logró articular esos dos mundos, parlamentarismo y emancipación, en una «socialdemocracia maximalista»? Polo institucional de 1938, expansión de capas medias, y las multitudes del cambio en los años setenta. Bajo estos gravámenes de memoria, décadas más tarde, el socialismo chileno (1973) se empeñará en desfetichizar las piochas del bronce republicano y promoverá una concepción de Estado que emplazó las modernizaciones pastorales.
En la parte final del testamento escrito en la embajada argentina, Balmaceda escribió: «Cuando ustedes y los amigos me recuerden, crean que mi espíritu, con todos sus más delicados afectos, estará en medio de ustedes». Transcurridos casi ocho decenios, Allende sostuvo con resignación, sosiego e infinita teología: «Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal sereno de mi voz no llegará hasta ustedes. No importa, me seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes». Un hilo en voz que conecta agosto de 1891 con septiembre de 1973.
Placilla fue una hendedura que comenzó a hablar treinta años más tarde, luego devino espectro para imaginarios de derechos y pancartas de reforma que asediaron el colonialismo ancestral. Una alteridad respecto a las tecnologías de la memoria oficial. Con todo, la hiedra hacendal nos legó una herida que no cesa de sangrar. Seguimos rehenes de los acuerdos juristocráticos de 1833 y 1980. El recuerdo del horror no perderá su verdor de negatividad refractante, en medio de tanto monopolio mediático ávido de verdad bruta. Por eso conviene subrayar el hilo que conecta aquellas dos fechas: la memoria no como contemplación del pasado, sino como trabajo crítico sobre los residuos que el presente se niega a procesar.
Dr. Mauro Salazar J.
UFRO/Sapienza
