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Baquedano, el monumento. Por Pablo Aravena Núñez

Antes de opinar respecto a la decisión de quitar el monumento debemos tratar de pensar bien lo que ha pasado en torno a él, a su desacralización e intento de destrucción. Yo partiría relativizando, o derechamente descartando, las lecturas más habituales: que es mero vandalismo “antichileno”, o que es la expresión de un “cuestionamiento” a la historia nacional u oficial. Son posturas que acostumbramos a poner en extremos opuestos (derecha reaccionaria v/s izquierda intelectual), pero ambas comparten el supuesto de que está vigente, y que ocupa aún un lugar central en nuestras vidas, la idea de Nación y su relato, lo que es bastante improbable dado el retroceso que desde hace años ha tenido la Historia Nacional, y sus liturgias, en el sistema escolar y los medios y, por lo tanto, de la cultura popular. No diría que presenciamos una reacción contra un tipo de historia, de hecho hace ya tiempo que circulan una multiplicidad de historias accesibles para el consumo. Por lo demás plantearse que “existe un cuestionamiento al relato nacional, ergo se incendia un monumento” es desajustado, nadie que se detenga en el pensamiento, en la crítica, sale a incendiar cosas. Esto no es el efecto práctico de una cierta crítica historiográfica o de la Nueva Historia, aunque sus cultores lo quieran ver así en su deseo de tener algún rol político desde el saber.

Me inclino a pensar entonces que lo que pesa en este caso es una reacción principalmente a la “literalidad” del monumento, desde luego mediada por la sensibilidad actual: a un militar (hombre) sobre un caballo (animal) y también sobre un soldado desconocido (los/as sacrificados/as de siempre). Es el rechazo a una imagen de subordinación localizada en un punto que históricamente se ha convertido también en un límite geográfico de clase. El que sea un personaje del pasado no asegura ya que aquí esté involucrada La Historia.

En este sentido quitar el monumento obviamente no soluciona ninguno de los problemas subyacentes, ni siquiera para el mundo militar que terminaría entonces por ser “expulsado”. Aunque sí pudiera ser asumido como un triunfo de quienes se han entregado a la labor se ser los agentes del malestar.

Pablo Aravena Núñez
Director, Instituto de Historia y Ciencias Sociales de la Universidad de Valparaíso

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