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Batalla cultural, universidad y disputa por la hegemonía en la nueva derecha. Por Fabián Bustamante Olguín

El 22 de abril pasado, la historiadora Magdalena Merbilháa, vinculada a la Fundación para el Progreso —presidida por Axel Kaiser— y ocasional panelista del polémico programa Sin Filtro, se presentó en la ciudad de Antofagasta. En dicha instancia abordó contenidos ideológicos vinculados a la cultura, la universidad y el pensamiento político, aludiendo también a la cultura “woke”, el feminismo y el comunismo, y criticando la influencia del marxismo en espacios formativos.

Cito: “Este es el marxismo 2.0 (…) va a penetrar en la cultura, en los medios de comunicación y en la universidad”.

Si bien la actividad fue impulsada por la gerencia del Consorcio HEUMA, con participación de académicos asociados, lo relevante radica en el contenido de su planteamiento. En ciertos sectores del pensamiento de derecha se observa un componente antiilustrado. En primer lugar, en el plano epistemológico, la Ilustración kantiana defendía la “mayoría de edad”, entendida como la autonomía en el uso público de la razón, en oposición a tutelas externas, especialmente de carácter religioso. En contraste, desde Joseph de Maistre hasta Carl Schmitt, emerge la noción de verdades prepolíticas fundadas en el orden natural, la revelación o la tradición, no susceptibles de crítica racional.

En este marco, el discurso que se plantea es la “batalla cultural” contra el “marxismo” —concepto de notable ambigüedad semántica— que se proyecta en determinados sectores de la derecha radical chilena sobre instituciones como la universidad. Sin embargo, siguiendo el modelo de Wilhelm von Humboldt, la universidad articula docencia, investigación y autonomía como condiciones para la búsqueda desinteresada de la verdad. Se configura, así como un espacio de examen permanente.

Desde esta perspectiva, las críticas al pensamiento crítico, acusado de deconstruir instituciones como la familia o la nación —consideradas por algunos como intocables—, lo presentan como una fuerza disolvente. En ese sentido, sostengo que el proyecto político asociado a José Antonio Kast, junto con ciertas derechas como los republicanos y los libertarios, incorpora una dimensión moral que se inserta en esta lógica de confrontación cultural, influida en parte por corrientes como la nueva derecha francesa (Nouvelle Droite), originalmente vinculada a Alain de Benoist. En esa línea, se observa una apropiación paradójica de la tradición gramsciana, según la cual la dominación política se sostiene en la dirección intelectual y moral de la sociedad, lo que lleva a concebir la universidad como un aparato ideológico productor de cuadros, discurso y sentido común. Desde esta perspectiva, la derecha radical contemporánea diagnostica que las universidades occidentales —especialmente en las ciencias sociales y humanidades— han sido colonizadas por paradigmas postestructuralistas, decoloniales y de género, los cuales, a su juicio, subvierten lo que denominan “valores occidentales”, la “familia natural” o la “identidad nacional”. En este contexto, puede plantearse la hipótesis de que las críticas formuladas por Magdalena Merbilháa en Antofagasta responden a una disputa por la hegemonía cultural que también se vincula con el actual proyecto político impulsado por José Antonio Kast. En este contexto, advierto un intento de deslegitimación epistémica del pensamiento crítico, que es reinterpretado como “adoctrinamiento ideológico”. Se cuestiona la neutralidad del profesorado y se caracteriza a la universidad como un espacio de militancia. Sin embargo, esta visión simplifica una realidad más compleja: la universidad es un espacio plural, sustentado en evidencia, debate y diversidad de enfoques. Asimismo, creo que es necesario desmontar —de una vez por todas— la idea de que este tipo de críticas proviene de posiciones neutrales, ya que también responden a marcos ideológicos específicos.

A su vez, esta lógica de la historiadora señalada se articula con elementos del gremialismo de Jaime Guzmán, que promovían (o, mejor dicho, promueven) la despolitización de la universidad, concibiéndola como un cuerpo intermedio orientado al saber técnico más que a la deliberación política. En este esquema, fenómenos como las tomas, los paros o las federaciones estudiantiles son interpretados como “ideología” o politización de intervenciones externas (léase el Partido Comunista).

Como corolario, quisiera advertir otro escenario que está pasando: la apertura de discursos y políticas que promueven la incorporación de inteligencia artificial en educación desde perspectivas tecno-libertarias o también denominado tecnofascismo. En ellas, el algoritmo es presentado como un supuesto transmisor neutral de hechos frente a un profesorado considerado ideologizado. Esta premisa es problemática, ya que invisibiliza los sesgos inherentes a toda tecnología y puede legitimar recortes en la educación superior, especialmente en áreas consideradas “no rentables” (como, por ejemplo, sociología, historia, filosofía, en suma, las carreras de ciencias sociales y humanidades), reforzando una visión instrumental del conocimiento.

Para cerrar esta columna, estas tendencias se inscriben en una matriz antilustrada que cuestiona la autonomía del saber y tiende a subordinar la universidad a las lógicas del poder político o del mercado. A la luz de lo expuesto, los planteamientos de Magdalena Merbilháa, en diálogo con corrientes como el tecnolibertarismo, el tecnofascismo y el aceleracionismo (la ilustración oscura) asociado a Nick Land, así como con la expansión de las Big Tech, refuerzan el pesimismo antropológico. Esta perspectiva sostiene que el ser humano posee una propensión estructural al mal, al error o al desorden, que ni la educación, ni la ley, ni la economía, ni la democracia logran suprimir por completo. Se trata de una antropología negativa que tiene antecedentes en Agustín de Hipona, particularmente en la noción del pecado original y en la idea de que la “ciudad de Dios” no se realiza en la historia. Esta línea de pensamiento se proyecta posteriormente en autores como Thomas Hobbes, con su concepción del estado de naturaleza, y en Joseph de Maistre, quien afirmó que el ser humano no nace bueno, sino culpable, interpretación que vinculó a los excesos de la razón ilustrada al “terror” de la Revolución Francesa.

Más adelante, en Carl Schmitt, esta visión se traduce en una crítica a la neutralidad liberal, mientras que en ciertas vertientes de la Escuela de Chicago se expresa en la idea de que los actores políticos buscan maximizar su interés antes que el bien común. En conjunto, estas tradiciones confluyen en diagnósticos contemporáneos que presentan a la tecnología como una vía de resolución frente a las limitaciones humanas, lo que se observa en figuras como Peter Thiel. En este marco, también es posible identificar en el discurso de Merbilháa una antropología pesimista, expresada en la idea de una supuesta “infiltración del marxismo” (una tesis sostenida en la década del sesenta y setenta por grupos como Tradición, Familia y Propiedad –FIDUCIA) en la universidad y en la caracterización de la academia como un espacio que niega lo prepolítico, al sostener que el género es una construcción, la nación una invención y la familia un dispositivo, lo que la posiciona, desde esa perspectiva, como adversaria de determinados fundamentos doctrinarios.

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Fabián Bustamante Olguín. Doctor en Sociología. Académico del Instituto de Ciencias Religiosas y Filosofía, Universidad Católica del Norte, Coquimbo.

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