“Se piensa que lo justo es lo igual, y así es; pero no para todos, sino para los iguales. Se piensa por el contrario que lo injusto es lo desigual, y así es, pero no para todos, sino para los desiguales.” (Aristóteles).
Crear un país desarrollado no solo es industrializarlo y generar riqueza. Tampoco es solo tecnologizarlo con lo que está de punta. El desafío es traspasar conductas, valores y creencias a la población desde un actuar transparente, justo y equitativo. Y son los líderes quienes deben consolidar esta coherencia desde prácticas reales y consistentes en el tiempo.
Seamos honestos, escenarios de opacidad e inequidad hay muchos en nuestro país, ejemplos: Cuando un embajador se sostiene en el cargo solo por los méritos de la amistad, no por su trayectoria y experiencia; cuando los secretos bancarios no se transparentan, porque no están las voluntades requeridas; cuando las colusiones están a la orden del día, sin gran contradicción valórica; cuando el Poder Judicial nos sorprende con sus particulares nombramientos (amiguismos); cuando las “clases de ética” se usan como alternativa para unos pocos (dos alumnos); cuando los parlamentarios sostienen su hacer legislativo solo desde agendas propias; cuando el tráfico de influencias está al servicio de una elite acotada y poderosa (religiosa, económica, política, social, etc.); cuando los notarios se transforman en una caja negra para el grueso de la sociedad; cuando se simula y celebra que la Ley de Lobby funciona; cuando las empresas y sus líderes bordean peligrosamente las leyes laborales, desde prácticas dudosas; cuando los medios de comunicación se alinean a una cosmovisión particular (neoliberal), y cumplen el rol estratégico -literal- de desinformar y banalizar a la audiencia. En fin, son múltiples los temas que debiesen llevarnos a la gran pregunta de, ¿cuán transparentes, equitativos y justos somos como país?
Hablar de opacidad es hablar de falta de luz y carencia de claridad y, por lo que veo, eso es lo que actualmente está ocurriendo en Chile. O porque nos acostumbramos a esta contradicción, o porque la aceptamos a regañadientes, o porque simplemente es algo superior a nosotros que nos aplasta desde lo emocional (desesperanza aprendida). Sea lo que sea, el punto es que vivimos bajo una realidad muchas veces simulada que oscurece las grandes contradicciones de nuestro país y, con esto, la somnolencia y abulia capturan sin contemplación nuestra dimensión más crítica, el buen vivir colectivo en forma transversal.
¿Y cuál es el problema entonces? La complejidad es habitar una cultura mezquina, competitiva, darwiniana e individualista que solo se construye alrededor de “mis” necesidades e intereses; cultura forjada por décadas desde una elite (religiosa, política y económica) desconectada del dolor y la empatía más básica y que concluirá con el tiempo, en una costra de indiferencia y sordera frente a un tema, entre muchos, fundamental para imaginar la cohesión de una nación: la credibilidad.
Cuando no hay credibilidad, no hay confianza y, cuando no hay confianza, la brecha del desencuentro social aumenta y, con esto, toda posibilidad de avanzar por un bien común se esfuma. En el caso de la transparencia, por ejemplo, surgen preguntas tensionadas que no son de fácil respuesta. ¿Cómo hacer equipo con quien me engaña y abusa de mí por su innegable poder? ¿Cómo imaginar un futuro compartido y en alianza, si constantemente está la posibilidad del aprovechamiento y la “llegada estrecha”? ¿Por qué entregar poder a la elite, si sus intereses no son colectivos, sino más bien para unos pocos? Es decir, la cultura opaca trae aparejada una serie de fracturas que traban y fragilizan el coordinar acciones e imaginar un futuro distinto, más equitativo, justo y colectivo. De igual forma, también es cierto que el motor de tracción que representa el bien común, resulta fundamental cuando el reto es dar un salto mayor como nación, pero esto no ocurre por una prédica bien intencionada o por la coerción legal. El bien común, que representa un valor y una emoción a la vez, es la conclusión de una creencia profunda y entrañable, dimensión solidaria y humana en donde nadie sobra y en donde nadie es más que otros. El poder está en la comunidad y lo que se busca es la convivencia simétrica y justa.
Y como lo dijo un día el propio Víctor Hugo en Los Miserables, “es cosa fácil ser bueno: lo difícil es ser justo”.
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Fernando Véliz Montero es Doctor y Magister en Comunicación, autor de diversos libros vinculados al mundo del trabajo en Iberoamérica.
