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Bien común y economía comunitaria. Reflexiones desde el aislamiento social. Por Sonia Brito, Lorena Basualto y Andrea Berríos

En estas semanas difíciles para la humanidad, nos hemos enfrentado a diversas situaciones de índole laboral, académica, personal y relacional que nos ha emplazado a propinar un giro existencial radical. El exitismo, que hace unos días movilizaba nuestras convicciones y motivaciones, hoy se esconde en la cotidianidad de lo privado, donde lo externo se ha difuminado, apareciendo con fuerza lo fundamental y la subsistencia: los alimentos, los útiles de aseo, la organización del hogar, las tareas escolares, el teletrabajo, la preocupación de no perder nuestros empleos y los esfuerzos por mantener la limpieza, además de tranquilizar a aquellas/os más vulnerables. La multifuncionalidad, esa temida multifuncionalidad, se ha apoderado de nosotras/os y de nuestros cuerpos que cuidan y protegen.

Lo dicho, me permite reflexionar respecto del bien común, un concepto que se ha tornado una retórica desechada y desdeñada por el estilo de vida individualista que hemos adoptado. El cual, ha penetrado silenciosa e imperceptiblemente en nuestras vidas, lo que ha abatido nuestra esencia gregaria, comunitaria y solidaria. Nos hemos empobrecido. De hecho, otras culturas como la zulú y el xhosa, han acuñado el término “ubuntu” para referirse al bien común y, a diferencia de occidente, es una regla ética que está presente en la cotidianidad este pueblo sudafricano. Al intentar traducirla al español, se relaciona con “soy porque nosotros somos”, “humanidad hacia otros” o bien, “todo lo que es mío, es para todos”; al respecto cuenta la historia que un antropólogo hizo un juego con las/os niñas/os africanas/os diciéndoles que aquél que corría más rápido y llegara hasta una canasta de fruta que él había puesto a una cierta distancia ganaría el premio; cual fue su impresión cuando vio a todas/os las/os niñas/os correr tomados de la mano llegando al unísono a la meta y al preguntar el motivo de este actuar, le respondieron que no podrían ser felices si tan sólo uno disfrutara de comer las frutas.

Volviendo a nuestra realidad, el bien común se constituye en el más olvidado de los bienes. Esto porque hemos confundido los bienes con la apropiación de cubrir necesidades individuales, en tanto satisfactores o pseudosatisfactores de una vida narcisista. Hemos colocado el foco exacerbado en las cosas, en aquello que está afuera, hemos delimitado lo propio de lo ajeno, entonces lo común, los bienes patrimoniales de la humanidad, no se han problematizado ni desde la política pública ni desde las visiones económicas.

Es así como el mundo, la tierra, los árboles, el mar, el cielo, el agua o es de alguien, propiedad privada, o es de nadie. Nos hemos acostumbrado a esa racionalidad producto de un sistema económico que ha moldeado y formateado nuestro estilo de vida, del cual es muy difícil salir. Pues todos los bienes se han constituido en bienes de consumo y, como tales, son apreciados y apropiados por aquellos que poseen los recursos económicos para obtenerlos, acostumbrándonos a competir y correr para alcanzarlos haciéndonos zancadillas.

Entonces ¿dónde queda lo que es de todas/os? ¿nuestra carrera desaforada por obtener los bienes es por indolencia, por indiferencia o por desesperanza? O ¿por qué no sabemos cómo revertirlo? Hemos creído que el mundo era basto y lo hemos sobreexplotado, sobre exigido ¿cómo se revierte tanta sobrexplotación, tanta deforestación, tanto extractivismo, tanta contaminación? En definitiva, hemos gastado, consumido y ensuciado con voracidad, sin pensar en la permanencia de la humanidad en esta tierra.

Así, desde la macroeconomía, podríamos afirmar que nos hemos acostumbrado a vivir con la espada de Damocles sobre nuestras cabezas, rogando que no exista una crisis bancaria como la del año 1982, o la crisis asiática del año 1997, o la crisis de las hipotecas subprime como la del año 2007 puesto que, como aldea global, nos afectará toda nuestra existencia, además de aquejar la economía del país y la de cada persona, tanto, que afecta los ahorros previsionales reunidos en una vida de esfuerzo. Tenemos temor de aquello y también porque no entendemos el lenguaje críptico de los burócratas, solo sabemos que no tendremos los recursos suficientes, ¿cuál es el remedial? un bono. Entonces, ¿cómo revertir un sistema económico que no soporta los vaivenes de la contingencia?

Quizás sería importante volver a los inicios del concepto de economía cuya etimología proviene de oikos: casa. Por tanto, la economía es el arte de administrar los bienes de casa, lo contrario es la crematística, del griego khrema, que significa riqueza, es decir, el arte de hacerse rico. Los griegos del mundo clásico hacían muy bien esta distinción, entre una economía que busca el bien común y otra que busca el bien individual. En este sentido, el inicio de la economía liberal mostró el enceguecimiento de los capitalistas por las riquezas y la deshumanización de las clases obreras. El sistema se perpetuó en los distintos continentes con algunos remiendos sociales, sin embargo, hay una ceguera que se perpetúa en las relaciones laborales utilitaristas y en la búsqueda de bienes particulares.

El temor, es que todos los grandes imperios han caído de la peor manera y, se ha producido porque los líderes se enceguecieron ante el poder y se endiosaron a tal punto que nadie era digno de hacerles ver aquello que no veían. José Saramago, en su obra “Ensayo sobre la ceguera” de 1995, sitúa esta ceguera, ya no en los poderosos, sino en la ciudadanía, así refiere la aparición de una insólita epidemia que devasta a un país y que contagia rápida y repentinamente sin conocer las causas de dicho padecimiento. Esto exige estar acuarentelados y, por tanto, extraviados en un mundo que se queda sin luz. Este ensayo nos emplaza a problematizar la sociedad en la que vivimos y replantear los aspectos profundos y esenciales, a detenernos y mirar sin los ojos, a ser lazarillos de aquellos que no quieren o no pueden ver y, a ejercer las virtudes del aprecio y de la reivindicación de la humanidad.

Tal vez, esta pandemia nos permita hacer el ejercicio de descubrir nuestra ceguera personal y volcarnos hacia el bien común y la economía comunitaria. Comprender que si alguien no cultiva la tierra no tenemos alimentos, si no existen servicios básicos nos quedamos sin agua y sin energías imprescindibles para el hogar, si algunos no se arriesgan sirviendo en los hospitales no tenemos salud, si alguien no cultiva el arte no podemos gozar de la belleza, si alguien no enseña no aprendemos y si alguien no se comunica nos quedamos solas/os.

Las circunstancias hoy han cambiado, es momento de cuestionar profundamente las palabras fetiches tales como, progreso, eficiencia, eficacia, poder, libre mercado, desarrollo y, volcarnos a cuestiones esenciales como, por ejemplo, vivir una vida armónica, feliz y fraterna. Esta situación, tal vez, se constituya en una oportunidad de aprendizaje existencial para anclar en nuestro ser de manera permanente y, como un efecto multiplicador, cambios profundos en nuestro estilo de vida.

Entonces ¿cómo revertimos en medio de la muerte en plena luz?, ¿cómo nos volvemos a equipar de humanidad, de comunidad, de aprecio? Como afirma Antoine de Saint-Exupéry en Ciudadela, para construir una civilización se necesita más de lo que dura un hombre o una mujer para que eche sus ramas, sus hojas y sus frutos. Quizás es hora de aprender y enseñar a las futuras generaciones a correr juntos para llegar a la meta.

Dra. Sonia Brito Rodríguez
Mg. Lorena Basualto Porra
Lic. Andrea Berríos Brito

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