El discurso del presidente Gabriel Boric el pasado martes en la Asamblea General de las Naciones Unidas da cuenta de la importancia de la determinación en la política: al anunciar la postulación de la expresidenta Michelle Bachelet a la Secretaría General de la ONU, no sólo sorprendió a la audiencia internacional, sino que también movió las piezas del tablero político interno. Fue, sin duda, una jugada audaz.
En el plano nacional, el anuncio irrumpió en un escenario marcado por el ciclo electoral. De inmediato obligó a los principales candidatos de las derechas -Evelyn Matthei, José Antonio Kast y Johannes Kaiser- a definirse. Ya no se trata de opinar sobre Bachelet como figura política (cosa que han hecho hasta el momento), sino que tendrán que definir abiertamente si respaldan o no una candidatura patrocinada por el Estado de Chile. La pregunta es bien incómoda porque transciende nombres propios: es una clara interpelación sobre el lugar que debe ocupar Chile en el mundo y sobre los valores que representa las Naciones Unidas (desde la defensa de los derechos humanos hasta la lucha contra el cambio climático, por ejemplo).
Esta disyuntiva es aún más engorrosa para Kast y Kaiser, quienes se han mostrado en reiteradas ocasiones muy críticos de las Naciones Unidas, de la Agenda 2030 e incluso de organismos internacionales radicados en Chile como la CEPAL. Por ejemplo, durante la campaña electoral del año 2021, Kast planteaba retirar a Chile de la ONU. Por su parte, Kaiser ha reconocido en varias ocasiones no creer en esta organización internacional. Estas posturas no son casuales, son discursos que combinan elementos de antiglobalismo y teorías conspirativas que circulan ampliamente en la ultraderecha mundial. Así, referentes intelectuales en la región como el argentino Agustín Laje en su libro Globalismo. Ingeniería social y control total en siglo XXI (Harper, 2024) o Axel Kaiser en sus intervenciones mediáticas difunden la idea de una élite tecnocrática internacional que busca controlar el destino del planeta y convertir a sus ciudadanos en súbditos globales. En ese marco, la ONU, la Agenda 2030 y la CEPAL son caracterizadas como instituciones totalitarias e inservibles que difunden una ideología globalista antidemocrática y amenazante para la libertad individual y la soberanía de las naciones.
Sin embargo, y frente a esos discursos, es importante recordar que Chile cuenta con una tradición distinta. Desde 1948, cuando la Comisión Económica para América Latina de las Naciones Unidas (CEPAL) instaló su sede en Santiago, el país ya se proyectaba como un actor comprometido con la comunidad internacional y sus desafíos. Gobiernos de diferentes signos han reforzado la imagen exterior del país como defensor del multilateralismo y del derecho internacional. Al levantar la candidatura de Bachelet, Boric no hace más que actualizar esa tradición, pero, evidentemente, con un tono político que hace frente a las batallas culturales de las nuevas derechas.
En el plano internacional, la jugada es igualmente significativa. El anuncio del Presidente se inscribe en una corriente de líderes democráticos de varios países (Brasil, Colombia, España y Uruguay) que han decidido confrontar a la llamada “nueva internacional reaccionaria”, una red de políticos, intelectuales, influencers, partidos, medios y think tanks que siguiendo el estilo “trumpista” se alimenta de la desinformación, la confusión y el ataque sistemático al adversario. Como advierte la académica española Paula Cárcamo Fernández, el “trumpismo discursivo” (Verbum, 2024) es una forma de hacer política que busca socavar la confianza pública y erosionar la democracia desde dentro”. Frente a ello, y como así demostró en su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, Boric eligió situarse en el otro polo: el de quienes, con la verdad y la transparencia como principios, apuestan por reforzar los valores democráticos en un convulso escenario global.
Por eso, el gesto del Presidente no es menor. Postular a Bachelet es, al mismo tiempo, reafirmar la tradición internacional de Chile, desafiar el discurso antiglobalista de las derechas radicales y proyectar una voz clara en defensa de la democracia en estos tiempos tan turbulentos. La política exterior, una vez más, se convierte en política interna. Y en este caso, la jugada de Boric obliga a varios actores nacionales a mostrar sus cartas, sus principios y su visión del mundo.
Juan Morales
Académico de la Escuela de Trabajo Social y Sociología
Universidad Católica Silva Henríquez
