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Buscando el medio ambiente en el mundo de las artes visuales. Por Clara Salina

Desde hace algunos años, a nivel internacional, las artes visuales han situado entre sus temas centrales el impacto de la humanidad sobre el medio ambiente. El binomio arte y ecología, o eco-arte, abarca tanto aspectos estéticos como temas ambientales. En lo estético, este enfoque se expresa, por ejemplo, en las obras de Andy Goldsworthy, quien crea esculturas efímeras y land art utilizando elementos naturales (andygoldsworthystudio.com, 2023), o en las de Robert Smithson, autor de Spiral Jetty (diaart.org, s.f.).

Desde la perspectiva ambiental, la crisis climática ha revelado el gran potencial pedagógico del arte: puede ser una herramienta poderosa para difundir concienciación y comprender mejor el impacto humano sobre el clima. En esa misma línea, como ejemplo, menciono tres obras que se destacan por su notable capacidad explicativa y simbólica. La pieza Western Flag, de John Gerrard, una bandera de humo negro que interpreta la contaminación provocada por los combustibles fósiles (johngerrard.net, s.f.). Rio de Ropa, de Máximo Corvalán Pincheira, presentada recientemente en un museo en Alemania, denuncia los efectos devastadores de la industria de la moda en el Desierto de Atacama (maximocorvalan-pincheira.com, 2025). Por último, High Water Line, una obra geo-performática de Eve Mosher: una intervención que trazó una línea de 11 km para visibilizar la cuota que el agua alcanzaría en un posible escenario de subida del nivel del mar en la ciudad de Nueva York (evemosher.com, 2007).

¿Estamos convencidos de que existe una crisis climática? ¿Estamos convencidos de que cada uno de nosotros tiene un rol en este desafío? Hay mucho que se puede hacer en el mundo de las artes. Según Mei-Hsin Chen la sensibilización del público a propósito del cambio climático necesita la colaboración de los artistas. Los artistas pueden actuar como amortiguadores entre el público y los datos científicos y motivar el diálogo a través del arte que aborda el cambio climático. Gracias a una serie de valores psicológicos y cognitivos que brinda el medio artístico, las obras pueden convertirse en herramientas eficaces para la comunicación, la concientización y la participación en el tema climático. Según Chen “una obra de arte climática transciende la mera comunicación intelectual porque apela a las emociones” (Chen, 2022).

Además de compartir la postura de Chen, encuentro muy apropiada también la definición de arte climático. Creo que sea necesario distinguirlo del arte ecológico, basándolo en un enfoque epistemológico específico que tenga raíces en los problemas que están afectando la Tierra en la época del Antropoceno.

Para situar el argumento en Chile he decidido buscar cuánto, y si, los temas medioambientales están presentes en el mundo de las artes visuales.

¿Mi postura? En este ámbito de estudio desempeño un rol dual: soy parte y observadora de los “otros” observados. Como artista visual, llevo años convencida de que el medio ambiente y la crisis climática deben integrarse en el relato del mundo artístico. Esta convicción nace, por un lado, de una preocupación personal por la materia y, por otro, de una línea de reflexión que, desde hace más de una década, me ha llevado a especializarme en el problema de los residuos plásticos y trabajar en la CEPAL sobre el mismo argumento.

En mis expectativas, obviamente, no pretendo que el tema medioambiental colonice el mundo de las artes, sino que sea considerado y contextualizado. Desde luego, existen dos ámbitos complementarios que deberían ser tomados en cuenta. En primer lugar, artistas, infraestructuras y prácticas del mundo artístico deberían evaluar su impacto ambiental. ¿Cuánta contaminación genera la producción y la exhibición de las obras? ¿Es posible reducir ese impacto? Aunque los pintores reciclan telas de manera habitual, ¿qué ocurre por ejemplo con instalaciones que no pueden reinstalarse? Mucho se puede hacer. Por ejemplo, el sitio web de los artistas visuales irlandeses mantiene actualizada la página de las buenas prácticas de cuidado medioambiental, abordando el tema del consumo energético, de la recuperación de materiales y de la reducción del impacto de las exhibiciones (visualartists, 2025). La problemática ambiental debería integrarse en la conceptualización que sustenta y se desarrolla en las obras, como se ha mostrado en los ejemplos anteriores.

Considero, entonces, necesario investigar cómo y dónde se configura la sensibilidad ambiental en el mundo artístico, qué espacios existen para su desarrollo y mejora, y cómo se manifiesta en las prácticas. ¿Se habla de medio ambiente en el medio artístico chileno?

Según Elisabeth Noelle-Neumann, una espiral del silencio impide tomar partido en aquellos temas que la sociedad considera controversiales y se necesita una fuerza disruptiva para que la espiral se rompa (Noelle-Neumann, 1985). Para la vida sobre el planeta, así como la conocemos, es necesario y urgente que esa cortina de pudor se disuelva en todos los ámbitos.

Tal como Renato Rosaldo, antropólogo, bien explica, “[l]as ciencias humanas deben explorar la fuerza cultural de las emociones, con miras a delinear las pasiones que animan ciertas formas de la conducta humana” (Rosaldo, 2000). Soy una defensora de esa postura, sin embargo, tengo que admitir que en mis primeros intentos exploratorios de esa posibilidad de unir los dos ámbitos culturales y de trabajo, pasé por momentos de crisis.

Quienes comparten estas preocupaciones ambientales no tendrán dificultades en sumarse, pero ¿qué pasa con los demás?

Mi observación inicial ha mostrado que, dentro de las artes visuales, el tema del riesgo medioambiental no siempre alcanza la importancia que debería y se manifiesta de maneras diversas y, algunas de las circunstancias que se me ofrecieron para el análisis, se han revelado ambiguas. Consciente del limitado peso científico que tienen pocos ejemplos, los ofrezco para la reflexión y el debate. En el texto que les presento, desarrollado relatando episodios y entrevistas cuyos protagonistas son artistas y galeristas, omitiré sus nombres. De algunos, por la decisión unilateral de escribir el relato; de otros, por uniformidad literaria. Iré in crescendo, de menos a más, no solo por el gusto de la lectura, sino por su progresión alentadora.

Antes de tener la certeza de poder investigar el argumento, en mi inclinación de “casi activista”, no he dejado de intentar sumar a mis inquietudes medioambientales a representantes de las artes. Así lo hice con una figura destacada de la crítica, en la inauguración de una exposición de una muestra colectiva. Era uno de esos eventos en los que se abren muchas conversaciones de intensidad desigual y donde, casi inevitablemente, los diálogos quedan a mitad de camino por la atmósfera fluctuante. En mi caso no fue así. La propuesta que le estaba haciendo de considerar como objeto de análisis el medio ambiente en las artes recibió una respuesta tajante y concluyente: “no me interesa el argumento, principalmente porque estoy dedicado a otros aspectos de las artes”. La consideré legítima y comprensible. En otra ocasión similar, meses después, sin muchas expectativas le comuniqué que había empezado mi doctorado sobre el tema y, para mi sorpresa, mostró interés. Supuse que elevarlo a nivel académico había sido la motivación de su “mándame algo, así para saber”. La ilusión duró poco y terminó estrellándose contra un muro de concreto. Tan es así que, en el tercer encuentro, al verme llegar, él y el artista expositor, en voz alta y con tono casi teatral, construyeron una frase en voces alternadas: “acá de medio ambiente… no hablamos… ¡por favor!”.

James Clifford, historiador crítico de la antropología, afirma que “[e]l sujeto ficticio, inventado, se ubica siempre con referencia a su cultura y a sus modos codificados de expresión, y a su lenguaje” (2010). ¿Cuál es la cultura medioambiental chilena y en qué lenguaje se expresa?

Una ventana de esperanza se me abrió con uno de los artistas chilenos más destacados, no solo por su obra, sino también por su capacidad de creación y gestión de proyectos culturales ampliados. Entre las más de cien obras expuestas en su personal, entre pinturas, esculturas y ready made, me encontré con algunas obras pictóricas de clara denuncia de daños medioambientales que, sin embargo, aclaró: “son parte de mi crítica al modelo de desarrollo”.

Otra oportunidad que vale mencionar en este escrito, vino del breve curso sobre arte y medio ambiente que organicé el año pasado en la Universidad Alberto Hurtado y en colaboración con APECH (Asociación de Pintores y Escultores de Chile). Se inscribieron alrededor de 50 alumnos. A pesar de que alguien expresó sus dudas y la convicción de que no hay nada que hacer porque el sol se está calentando, en líneas con la línea teórica de los negacionistas del cambio climático (Ciencia.Nasa.com, s.f.), en una de las clases se encendió un debate apasionado sobre la transformación de la Quebrada Honda en Puerto Varas para evitar inundaciones. Permítanme dedicar algunas líneas para explicar de qué se trata, pues solo así se puede entender la animosidad de la discusión. El proyecto se enmarca en una nueva línea de respuesta urbana a las inundaciones, definida como “ciudad esponja”. El sector de la ciudad de Puerto Varas afectado por el problema de las inundaciones (un fenómeno fisiológico del territorio) es parte de un humedal que fue bonificado y urbanizado, del cual queda solo la porción que el proyecto pretende intervenir.

Frente a esa posibilidad, la clase se dividió: “debemos dejar de proteger a los humanos”, “tenemos que devolver a la naturaleza lo que es suyo”, “¿y dónde vivirán las personas que llevan años allí?”. Y “¿por qué siguen construyendo en los caudales de los ríos cuando saben…?”. A esas preguntas les sucedieron 15 minutos de lluvia de propuestas, entre simbolismos artísticos, miradas utópicas y pragmática ingenieril y, en ese intercambio, vi el cumplimiento de mis expectativas: un potencial creativo pragmático y una conciencia ambiental en acción.

Me pareció evidente que esos dos polos, el artístico y el ambiental, pueden dialogar y generar un pacto de saberes que mantenga viva la esperanza de que vale la pena intentarlo. En mi objetivo, que se sitúa en equilibrio entre la investigación epistemológica y la aspiración de sensibilizar a mis interlocutores, percibí que se puede encender la pasión necesaria para enfrentar los desafíos. Con esa idea en mente decidí dar el otro paso y, al enfrentar el mundo de las galerías, este dualismo de mi figura se manifestó en el debate.

¿Por qué las galerías? Lo más importante, según mi perspectiva, es porque se sitúan en el intercambio e interdependencia entre artistas y operadores. Finalmente, son puentes entre la cultura y el pragmatismo del mercado que, aunque no debiera, juega un papel relevante en las decisiones artísticas, debido a que es casi imposible prescindir de él. Son lugares donde las sensibilidades subjetivas se cruzan con las colectivas.

Realicé tres entrevistas en las que participaron uno o más interlocutores. El nivel de interés fue distinto y, en uno de los casos, el argumento reveló ser de casi absoluta novedad.

Eso se dio con la primera galería. El típico espacio expositivo situado en el sector acomodado de la capital. Un ambiente aséptico, muros pintados de blanco, amplios ventanales que dan hacia la calle. En las afueras, algunas esculturas se mezclan con la presencia de arbustos bien cuidados. Una estética orgánica y controlada, que acoge al visitador para introducirlo en la experiencia artística que la galería provee a su público y coleccionistas. Encontré una exhibición de obras de arte abstractas, pertenecientes al mundo conceptual que se define como “arte por el arte”, es decir, un arte que busca dentro de su propia materialidad, estética y belleza las razones de desarrollo de obras (TA&A.cl, s.f.). En la conversación que tuvimos, mi interlocutor admitió que no había absolutamente considerado el tema medioambiental, y que, sin embargo, tenía la certeza de que alrededor suyo solo había personas que tienen bien claro el deber de no tirar basura en la calle, “para que todo quede limpio y estéticamente agradable”. Según su percepción, “los artistas están muy pendientes del tema medioambiental” y del impacto que tiene la producción de sus obras. Lo que más me dio esperanza se plasmó en pedirme que le enviara un correo con informaciones, con las cuales empezar a familiarizarse con el argumento.

Los otros dos espacios que visité se pueden reunir en un solo relato.

El primer punto por destacar es que, aunque sus gestores sean referentes de relevantes coleccionistas, ambas galerías se ubican en sectores más populares de la capital: la más antigua en un barrio bohemio. Con una trayectoria de más de 50 años de historia, ocupa una casa de dos pisos de fachada continua; es galería, pero también un taller de enmarcación. Su interior es un laberinto de salas de diferentes tamaños, pasillos y escaleras. Se encuentra arte por todos lados y el flujo de gente que la visita es continuo.

La otra, que se abrió hace poco más de dos años, está ubicada en un barrio de casas antiguas, todavía olvidado por el desarrollo inmobiliario. Representa una realidad cultural que podría dar lugar al típico caso de gentrificación, que sus gestores no ven de buen ojo por respeto a la identidad del barrio. Se trata de una casa de un solo piso con patio interior. Se ha pintado de negro y ese color hace que se perciba, entre las demás casas muy similares, como un espacio de arte. Sin embargo, no es solo una galería: algunos artistas arriendan las piezas transformadas en espacios de taller. Ha sido remodelada con material de reciclaje, puertas, ventanas, vigas, que hacen que se mantenga el estilo original. Aunque el uso del material reciclado tenga razones principalmente estéticas, es relevante la inmediata asociación con el propósito medioambiental. En la conversación, en un comienzo somos cuatro, luego quedamos tres, en el patio interno lleno de árboles floridos, conversando sentados en un sofá muy cómodo recogido en la calle. El suelo está cubierto de pétalos rojos y nosotros también.

Abriendo el diálogo sobre el tema medioambiental, el primer argumento que se tocó en ambas galerías fue el reciclaje y, en ambos casos, surgió de sus dueños. En Chile, la ley 20.920, obliga al retiro por separado de los residuos que se puedan reciclar (BCN, 2016). Si una galería ya se ha sumado al plan de la comuna, “las botellas de vidrio son las que más se reciclan, debido a eventos e inauguraciones”, la otra está preocupada porque todavía no tiene claro cómo hacerlo. En este segundo caso se añade un tema de seguridad: del taller de enmarcación salen retazos de vidrios que, además de “ser reciclables y una lástima botar, son peligrosos”. En tema de enmarcación, surge otro argumento: la significativa cantidad de película de plástico que sirve para entregar las enmarcaciones terminadas. Se me explica que, el envolver las obras en plástico, se ha transformado en costumbre “sobre todo por razones de tiempo”, pero se admite también sentir una cierta responsabilidad “por no haber buscado alternativas”. Se añade que el plástico ha sustituido el papel y que solo un uno por ciento de los clientes pide específicamente evitarlo.

A la fecha de la entrevista, ninguna de las dos galerías había pensado incluir el tema del medio ambiente en las exposiciones, o elegir artistas u obras basadas en ello. En una de las dos, se habló de la necesidad de reutilizar y reparar. Quien me hablaba, con mucho asombro, mencionó el desastre ambiental del desierto de Atacama, añadiendo una reflexión general sobre la desproporción entre la producción constante de bienes de consumo y la real posibilidad de reciclar sus residuos. Al preguntar si, alguna vez, con los artistas había salido el tema del medio ambiente, la respuesta fue tajante: “jamás”, junto con una carcajada. “La verdad —añadió— no conozco ningún artista que sea activista del medio ambiente. Pero sí, algunos grabadores se han preocupado de buscar alternativas a las técnicas que ocupan ácidos y otros artistas retiran los retazos de nuestros marcos para crear sus obras. Finalmente, los reciclan”.

A pesar de que estaba recogiendo buenas noticias, todavía no escuchaba lo que esperaba. Bajo los pétalos rojos, sentados en el sofá reciclado, muchas dudas generacionales. Se me aclara que, “si bien podemos entender la necesidad del cuidado medioambiental, a nosotros, que pertenecemos a otra generación, nos cuesta incorporarlo en nuestro día a día”.

“Mi día a día está centrado en el bienestar que me ha dado este sistema, un sistema de ocio, en que uno consuma cosas”. “Y crea desechos”, se escucha de otra voz entre los presentes. “No me estoy justificando - sigue la primera voz- estoy tratando de entender hacia dónde van estos conceptos, si bien sé que artistas más jóvenes los están planteando”. En fin, la pregunta de fondo que me parece percibir es: ¿cómo podemos influir nosotros, con nuestra limitada capacidad, cuando hay un sistema entero que contamina? Mi intento de sensibilizar ante los millones de gestos pequeños que hacen la diferencia parecía no lograr enganchar.

“Obviamente hemos recibido y expuesto obras hechas con materiales reciclados. Libros de artistas cocidos a mano, hechos con cartones y papeles que claramente no lucían como comprados. Pero son cosas que acontecen más que ser diseñadas por nosotros”.

Pero, de repente, algo se abrió y, con esta esperanza, quiero cerrar mi escrito. “La verdad es que no lo hemos analizado, ni conversado como política de cómo trabajamos con los artistas. Sin embargo, una de las posibilidades que tenemos nosotros como galería es permitir que los artistas, a través de su discurso, hagan que la gente empiece a reaccionar de alguna manera. El arte es una forma de pensar la humanidad y el espíritu de una época, y son los artistas los que lo cuestionan”. Entonces “¿por qué no el medio ambiente?”.

Con esto por ahora me quedo. Seguiré en el camino.

Bibliografía

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2 de abril 2025

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