“Toda elevación de la vida intensifica
la fuerza de comunicación, asimismo
la fuerza de comprensión del ser humano”.
(Nietzsche. Fragmentos póstumos)
No es desconocida la visión de que el arte se relaciona con la dimensión espiritual, de ahí que mucho de lo producido por los artistas de todos los tiempos sean una apertura de experiencia con el misterio e incluso con lo sagrado. El arte en distintos momentos y en distintas épocas toma conciencia de su posibilidad espiritual, esto lo defendieron varios de los filósofos modernos que integraron lo estético como parte de su reflexión. La invitación que nos he hecho “Omni Soundlab” es conciente de esta posibilidad para el arte utilizando tecnologías sonoras, realizando la integración de lo lumínico jugando con el espacio.
La puesta en escena de este fin de semana tuvo lugar en la Basílica de Lourdes, un espacio urbano que aparece como parte del entorno del Parque Quinta Normal, desde este se puede acceder directo por una de sus entradas que da a calle Santo Domingo, sector en otras épocas recorrido por ciudadanos curiosos que además buscaban encontrarse con el edificio del IMBA y la casa del Toni Caluga. Un Santiago, un poco olvidado, considerando que la ciudad se ha desplazado olvidando parte de su historia. Sin embargo, ahí sigue el Parque, el Santuario y la Basílica de Lourdes, magnánimos, donando una experiencia especial para la contemplación, gracias al trabajo de los arquitectos Andrés Garafulic y Eduardo Costabal; las esculturas de LiLy Garafulic y los vitrales de Gabriel Loire.
Espacio, sonido y luz, constituyeron la trama para la contemplación de la obra musical de Arvo Pärt titulada “Tabula Rasa” compuesta en 1977, siendo una notable muestra de música sacra en un lenguaje contemporáneo. Elementos de esta pieza son el silencio, la repetición y la resonancia (importancia de las campanas), ligándose de una manera íntima al espacio. Estamos aquí ante una metodología musical que se ve amplificada por una metodología sonora que es parte de quienes elaboraron esta propuesta aprovechando ese tránsito en el ocaso de la tarde, con la belleza luz aportada por los vitrales franceses que destacan al interior del templo, hasta la aparición de la sombra de la noche haciendo que la luminosidad tecnológica se apropie del espacio.
Las campanas despedían la tarde para dar un inicio solemne a esta experiencia que aportó una religazón con lo espiritual. Reencontrarse con el espíritu permite un estremecimiento de ser tomando conciencia de una forma de estar que no aparece inmediata en nuestro cotidiano. Además se dio la posibilidad de la memoria urbana sacándonos de esa tendencia que “expande” la ciudad hacia el oriente, estrechando los márgenes de lo urbano. En este lugar que quizá actualmente veamos como periférico se dio lugar a la vinculación entre música, espacio sagrado, y lo humano. La ciudad de Santiago suele estar bella en las noches de verano, con sus calles mucho más amigables para transitarlas, en donde incluso sus escasas tormentas se hacen amigables.
