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“Cabros viene barco”. En memoria de Luis Briones Morales, ilustrado habitante del Desierto de Atacama. Por Calogero Santoro Vargas

Y setenta años más tarde, parafraseando a García Márquez, Luis Briones Morales recordaría frente a un selecto grupo de estudiosos de rutas caravaneras de distintos Desiertos del Mundo, la fascinación que causaba en niños y niñas de Pica el avistamiento de caravanas de llamas, burros y mulas que luego de más de 100 km de travesía desde el altiplano andino, se asomaban a los pies de esta montaña, lo que ellos imaginativamente visualizaban como un barco que navegaba sobre la arena. Esta atracción por sumergirse y conectarse con mundos lejanos y desconocidos, a través de hurgar los elementos que seguían transportando los caravaneros, en los años cuarenta, para intercambiarlos por productos del oasis y del puerto de Iquique, llenaban su imaginación y curiosidad. Esta atracción de enfrentar nuevos desafíos y abrir ignorados derroteros, como los antiguos caravaneros que conectaban mundos distantes y exóticos a lo largo y ancho de los territorios de los países andinos como Perú, Bolivia, Argentina y Chile, marcó su personalidad hasta su muerte.

Luis Briones nació en una oficina salitrera, pero creció en Pica, un típico oasis de la Pampa del Tamarugal en pleno Desierto de Atacama. Tenía más de 80 años, pero físicamente representaba muchos menos. Mentalmente era un personaje mayor por sus conocimientos y sabiduría que fue adquiriendo a través de su incansable e inalcanzable tranco para caminar, observar y registrar en su prodigiosa memoria y sus cuadernos de campo, vívidas expresiones de lo que se escondía en pequeños rincones medio tapados por las arenas del desierto; todo lo cual lo transformó en un ilustrado habitante de este territorio. A su casa, ubicada en un esquina arenosa y soleada entre Pica y Matilla que bautizó como Poromita, llegaba todo tipo de gente, me comentó más de una vez Ani Valentin quien lo acompañó por más de 50 años en esta aventura espacial. Estudiantes, arqueólogos, arquitectos, músicos, políticos, productores de TV, entre otros, venidos desde distintas partes del país y del exterior, incluyendo al suscrito, nos acercabamos a Poromita para escuchar y aprender de su sabiduría y experiencia, que relataba de manera cinematográfica, con gestos y sonidos, o dibujando en el suelo y apuntando hacia distintas direcciones en el horizonte, para dar respuesta a las consultas de los visitantes. De esta manera, Lucho o Lalo, como lo conocía todo el mundo, se transformaba sin ostentación en una especie de verdadera “Luchopedia”, un libro que siempre estaba abierto, interactivo, para el que no se necesitaban claves, ni citas especiales. El respaldo de su enciclopedia, se encontraba en sus cuadernos de campo, con apuntes, croquis y dibujos a escala, hechos a mano alzada, de miles de paneles con geoglifos que registró minuciosamente desde los años sesenta. Esto significó que su retiro de la universidad, más que sacarlo de la vida académica, lo mantuvo activo y creativo, llevándolo continuamente a seguir descubriendo o revisitando las huellas de los antiguos habitantes del Desierto, materializadas en senderos, geoglifos y apachetas milenarias o centenarias. Hace pocos meses atrás había comenzado la tarea de reproducir, siguiendo la vieja escuela del papel diamante o mantequilla, los dibujos de sus cuadernos, unos verdaderos calcos en miniatura que además guardaba en su envidiable memoria fotográfica.

Intentaba con ello ordenar “Luchopedia”, pero en realidad, en este proceso podía revisitar lugares a los que ya no podía volver físicamente; una evocación que le permitía repasar y refrescar en su memoria figuras que había registrado en el siglo pasado; una manera también de acercarse a los caravaneros que posiblemente repasaban o reparaban geoglifos que habían dibujado en viajes anteriores. Como los viejos caravaneros este ilustrado habitante del Desierto de Atacama emprendió un último viaje, desde Poromita, al que volverá en alma, pero no en cuerpo por lo que seguiremos cultivando por él y con él la pasión por el desierto y para que su legado, “la Luchopedia”, no quede tapada por las arenas que el viento sopla sobre la pampa. Este sabio de Pica fue profesor de la Universidad de Chile, sede Arica y luego profesor de la Universidad de Tarapacá, su dedicación a la defensa y difusión de los geoglifos y del patrimonio arqueológico en general, lo hicieron merecedor del Premio Nacional de Conservación del Patrimonio Cultural de Chile, destinado a quienes “contribuyen significativamente al rescate y puesta en valor de la memoria patrimonial del país”. Cómo fue su deseo, sus cenizas serán esparcidas en la pampa frente a alguno de los “cerros pintados” de geoglifos.

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