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Cambia todo cambia: la izquierda después del gobierno. Por Francisco Javier Flores y Hernán García Moresco

El 11 de marzo no marca solo el fin de un gobierno. Señala el cierre de un ciclo para la izquierda chilena en la conducción del Estado, con sus tensiones y logros, y la apertura de otro en que deberá volver a interrogar su sentido histórico y su visión de sociedad. No está en juego únicamente una gestión, sino una mutación más profunda en la relación entre sociedad, subjetividad y política.

Algunas anécdotas, pese a su apariencia menor, permiten entrever transformaciones más profundas. En 2025 no se realizó el sorteo anual “La suerte de ser chileno”, vigente desde 2015 y cuyo título condensaba un clima de época marcado por optimismo y confianza en la pertenencia común. Su ausencia importa menos por la desaparición del concurso que porque ese lenguaje ha dejado de expresar con naturalidad la experiencia social presente. Entre el momento en que decir “la suerte de ser chileno” evocaba expectativas de progreso compartido y este tiempo atravesado por desconfianza e inseguridad se dibuja la distancia subjetiva que separa dos ciclos históricos. Como ocurre con otros gestos públicos, cuando la ciudadanía deja de reconocerlos como propios, su desaparición evidencia la distancia entre el Estado y la vida cotidiana.

Ese debilitamiento no puede comprenderse solo en clave local: la crisis actual del neoliberalismo, tal cual lo conocemos. Conviene precisar: no se trata de una crisis inducida por una alternativa progresista capaz de disputarle su hegemonía, sino a un reacomodo producido de tensiones internas del propio sistema y debido a presiones externas —geopolíticas, tecnológicas y fiscales— que lo empujan a reorganizarse. Más que su término, lo que asoma es una etapa post-neoliberal que, sin dejar de serlo del todo, implica ajustes en el movimiento de los capitales, una búsqueda renovada de protección estatal y nuevas formas de legitimidad. La historia del capitalismo muestra que estos desplazamientos no son excepcionales: el propio neoliberalismo fue una respuesta a la crisis del capitalismo industrial, tensionado entonces por conflictos sociales y movimientos culturales que hoy no encuentran equivalentes claros. Pero lo decisivo es la emergencia de una subjetividad social que desordena las categorías tradicionales de derecha, centro o izquierda, a la hora del análisis.

Algunas señales ya se han manifestado en los últimas eventos electorales. No estamos solo ante un electorado distinto, sino, en términos generales, ante un tipo social más replegado sobre lo propio, con menor cercanía al Estado y profunda desconfianza institucional. Que se refugia en el emprendimiento y el mérito propio. No rechaza al Estado por ideología, sino por ineficiencia: lo que busca no es ausencia de reglas, es certeza de que su esfuerzo individual no será expropiado por la incertidumbre.

Un sujeto ambivalente: que desconfía de las mediaciones colectivas, pero que exige protección; afirma la autonomía individual, pero vive en condiciones persistentes de inseguridad. Esa ambivalencia constituye quizá el rasgo más decisivo del presente y ayuda a comprender por qué proyectos colectivos de largo plazo pierden adhesión, frente a respuestas inmediatas y pragmáticas.

Entonces, aquí se advierte una dificultad central para la izquierda. Algo que desde la tradición crítica parecía evidente — que las condiciones materiales moldean la conciencia social— lo que ha resultado difícil de asumir, en la práctica reciente. Mientras la derecha ha sabido validar esa experiencia ambivalente, incluso reconfigurando el neoliberalismo en torno a un Estado protector y a la promesa de orden; la izquierda no ha logrado todavía ofrecer una lectura capaz de disputar la hegemonía de sus sentidos, desde sus tradicionales espacios. De allí su desajuste: una derecha transformada frente a una izquierda que aún busca su lenguaje.

Mientras sectores de la derecha —desde el liberalismo de seguridad hasta el conservadurismo social— han logrado reconocer y validar esta demanda simultánea de autonomía y protección, una parte significativa de la izquierda gubernamental persistió en un lenguaje centrado en ampliaciones de derechos simbólicos o transformaciones institucionales de largo plazo, subestimando la urgencia material de seguridad, estabilidad económica y control del desorden. El resultado no fue solo una seguidilla de derrotas políticas, sino una pérdida de sintonía cultural con la experiencia cotidiana de amplios sectores sociales.

El problema, sin embargo, no se resuelve con administrar mejor el presente ni con esperar el desgaste del adversario. Lo que está en juego es la posibilidad de un nuevo horizonte emancipador que no solo pueda imaginarse, sino también habitarse. Un horizonte que parta de un diagnóstico real de la sociedad y de los sujetos que la componen, traduciendo igualdad, dignidad y seguridad en experiencias concretas de vida común. En un tiempo donde el capital, vuelve a solicitar protección estatal, la pregunta decisiva es si la política será capaz de ofrecer la misma protección a quienes viven de su trabajo. Dicho sin rodeos: si se protege al capital, entonces también sería, al trabajador.

Al dejar el gobierno, la izquierda debe entender que, no pierde su responsabilidad histórica sino cambia de lugar. Ya no le corresponde administrar el presente, sino comprender la subjetividad que emerge desde la sociedad. La izquierda debe tener a la vista la protección a quienes viven en la incertidumbre y a su vez elaborar un proyecto capaz de devolver sentido a la vida colectiva. Solo desde esa tarea podrá volver a mostrar ser una fuerza histórica y no en un recuerdo de sí misma.

Lo que se ha abierto, entonces, no es solo un período fuera del gobierno, sino una contradicción más profunda entre las demandas reales de la sociedad y las categorías políticas disponibles para interpretarlas. Mientras esa tensión no encuentre una traducción creíble, la disputa por el poder será secundaria frente a una pregunta más decisiva: si la izquierda aún dispone de un lenguaje capaz de articular, al mismo tiempo, protección y autonomía. Tal vez por eso hoy repetimos, entre el orgullo y la ironía, que somos “el mejor país de Chile”: no como celebración, sino como la forma en que una sociedad reconoce que todavía no logra comprender del todo la experiencia que está viviendo.

Francisco Javier Flores, psicólogo y magister en psicoanálisis. Escritos sobre subjetividad y política.

Hernán García Moresco. Diplomado en Big Data, Universidad Católica. Diplomado en Ciencias Políticas y Administración Pública, Universidad de Chile. Licenciado en Educación en Matemáticas y Computación, USACH

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