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Carola Wiff y Gilda Gnecco: Trabajo Social y pediatría social en la memoria de la justicia, la lucha y la dignidad. Por Maritza Ortega Palavecinos

El 25 de junio de 2025 se cumplieron cincuenta años del secuestro y desaparición de la Dirección Interior Clandestina del Partido Socialista, uno de los golpes más duros a la resistencia política durante la dictadura. No fue solo la caída de una estructura orgánica: fue un intento deliberado de desarticular proyectos colectivos, vínculos humanos y memorias incómodas. En ese operativo de la DINA no desaparecieron únicamente dirigentes visibles. También fueron detenidas y hechas desaparecer mujeres que sostuvieron la clandestinidad desde el cuidado, la organización y el trabajo silencioso. Entre ellas, una trabajadora social: Carolina Wiff Sepúlveda.

Para su familia y sus cercanos, Carolina fue siempre Carola. El diminutivo no es anecdótico: habla de cercanía, de afecto, de una manera de habitar el mundo sin estridencias, pero con una firmeza profunda frente a la injusticia. Oriunda de San Javier de Loncomilla, segunda de cinco hermanas, conoció tempranamente el trabajo como necesidad y como valor. Su camino hacia el Trabajo Social en la Universidad de Concepción no fue cómodo ni lineal, pero sí coherente con una sensibilidad social que marcaría toda su vida.

Ya instalada en Santiago, retomó sus estudios de Servicio Social en la Universidad de Chile y asumió tempranamente espacios de liderazgo estudiantil. No fue una profesional pasiva: participó, debatió, se posicionó. Sin embargo, hubo una experiencia que terminó de modelar su identidad profesional y ética: su práctica en una experiencia pionera de salud comunitaria en un sector popular de Quinta Normal.

Allí, el Trabajo Social no ocupaba un lugar secundario. Era parte del corazón del proyecto. La intervención se pensaba desde el territorio, con conocimiento profundo del entorno y una mirada integral de la salud. Las asistentes sociales recorrían calles, escuchaban historias familiares, identificaban condiciones de vida que incidían directamente en la salud y promovían formas de organización comunitaria. De ese trabajo surgieron centros de madres, grupos juveniles y espacios de acompañamiento para hombres con consumo problemático de alcohol.

Un rol clave en ese proceso lo tuvo la trabajadora social Lucía Sepúlveda Cornejo, quien coordinaba el trabajo comunitario y encarnaba una manera de ejercer el Trabajo Social profundamente situada, crítica y comprometida con la realidad social. Bajo su conducción, la profesión dejó de ser vista como una labor auxiliar para convertirse en una práctica estratégica, capaz de leer el territorio y generar transformación desde lo cotidiano.

En ese mismo cruce histórico se inscribe la vida de Carola. Y fue también allí donde nació una amistad decisiva con la joven médica Gilda Gnecco, conocida cariñosamente como la gringa. Pediatra, salubrista y profesora de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Chile, Gilda fue una referente de la pediatría social y comunitaria. Dirigió el Centro de Atención Integral Ismael Valdés Valdés entre 1967 y 1973, hasta ser removida de sus funciones - al igual que de su labor docente - por razones políticas tras el Golpe de Estado.

Desde disciplinas distintas, Carola y Gilda compartieron una convicción profunda: no hay salud posible sin justicia social, ni intervención profesional sin responsabilidad ética. La pediatría social que impulsaba la gringa y el Trabajo Social que ejercía Carola dialogaban en el territorio mucho antes de convertirse en discurso institucional.

Durante el gobierno de la Unidad Popular, Carola trabajó en programas dirigidos a la infancia y a mujeres de sectores populares. Tras el golpe, fue exonerada. Comenzó entonces una etapa marcada por la precariedad, el ingenio y la resistencia cotidiana. Distintas formas de autoempleo permitieron sostener la vida familiar mientras, en paralelo, se rearticulaban redes de cuidado y apoyo en la clandestinidad.

En esos mismos años, Gilda desarrolló una destacada labor en la Vicaría de la Solidaridad, donde creó un programa de salud que permitió dar trabajo a numerosas trabajadoras y trabajadores de la salud despedidos del sistema público. Más tarde, continuó formando generaciones de profesionales en gestión de calidad en salud y gestión del cuidado, siempre desde una mirada ética, pública y profundamente humana.

En ese período, la consulta pediátrica impulsada por la gringa se transformó en mucho más que un espacio de atención médica. Fue refugio, contención y cuidado para hijos e hijas de personas perseguidas. Carola trabajaba allí, articulando tareas visibles e invisibles, combinando ejercicio profesional y compromiso político. La vida cotidiana y la clandestinidad se superponían sin épica, pero con una convicción profunda.

Carola se integró activamente a las tareas de reorganización política en la clandestinidad. No desde la épica armada, sino desde la logística, el cuidado y la generación de espacios seguros. Tareas feminizadas, muchas veces invisibilizadas, pero imprescindibles para cualquier red de resistencia.

El 25 de junio de 1975, Carolina Wiff fue detenida junto a Carlos Lorca. Fue asesinada en Villa Grimaldi. Su ausencia se transformó en una herida abierta que atraviesa a su familia, a su profesión y a la memoria colectiva. Su historia no es solo la de una militante política. Es la de una trabajadora social desaparecida por ejercer su profesión con consecuencia ética. Las dictaduras no persiguen oficios al azar: persiguen prácticas que construyen comunidad, que hacen visibles las desigualdades y que cuestionan la naturalización del sufrimiento social.

Y aquí, la figura de la gringa vuelve a cobrar centralidad. La médica que no soltó. La amiga que sostuvo el nombre de Carola durante toda su vida, incluso en el acto más cotidiano y político que tiene la democracia: votar. En cada votación chilena repetía un gesto que era memoria viva, denuncia y amor profundo: “Yo voto, en voz alta, en nombre de Carolina Wiff Sepúlveda, trabajadora social detenida desaparecida, asesinada en Villa Grimaldi, mi mejor amiga. Vamos, Carola.” No era una consigna. Era un acto ético. Un recordatorio incómodo de que la democracia sin memoria es una forma de abandono.

Gilda Gnecco falleció el 31 de diciembre de 2025, sin cansarse nunca de alzar la voz por su amiga. Gilda murió también con la tristeza de constatar que el país - el mismo por el que su amiga entregó la vida - no siempre estuvo a la altura de esa memoria. No como reproche individual, sino como constatación amarga de una memoria frágil, intermitente, demasiadas veces traicionada por el olvido, la comodidad y el negacionismo.

Para el Trabajo Social chileno, Carola no es pasado. Es identidad profesional. Es herida ética. Es advertencia. En tiempos donde se intenta reducir la profesión a indicadores, formularios y gestión de casos, su historia recuerda que el Trabajo Social nació del territorio, del compromiso con la vida digna y de una ética que no separa técnica de humanidad.

Hablar hoy de determinantes sociales de la salud, calidad y pediatría social parece evidente. Sin embargo, hubo un tiempo en que comprender que la enfermedad, la desnutrición infantil, el alcoholismo, el sufrimiento psíquico o incluso la muerte estaban profundamente vinculados a las condiciones de vida, al territorio y a la desigualdad social era una mirada disruptiva. Antes de que estos conceptos se institucionalizaran en políticas públicas o estándares de calidad, ya había profesionales que los practicaban en el terreno. El Trabajo Social y la pediatría social fueron parte de esa incomodidad temprana: no solo atendían síntomas, sino que interrogaban causas; no reducían la calidad a eficiencia técnica, sino que la entendían como dignidad, acceso, continuidad y cuidado integral.

Recordar a Carola Wiff y a Gilda Gnecco no es un ejercicio nostálgico ni un gesto simbólico vacío. Es una toma de posición frente al presente. Es afirmar que la salud, el Trabajo Social y la democracia no pueden existir sin memoria, sin justicia y sin dignidad. Es reconocer que hubo - y hay - profesiones que incomodan porque se niegan a separar técnica de humanidad, cuidado de política, ética de acción. Mientras sus nombres sigan pronunciándose, mientras sus historias sigan incomodando, mientras sus convicciones sigan orientando decisiones cotidianas y colectivas, no habrán sido vencidas. Porque la memoria, cuando se ejerce con consecuencia, también es una forma de resistencia.

Carola Wiff y Gilda Gnecco no están en vida. Pero siguen estando. En los determinantes sociales que aún incomodan a la salud pública. En la pediatría social que resistió incluso en la clandestinidad. En la calidad entendida como dignidad y no como cifra. En la enseñanza ética que no se transa. En la lealtad que no claudica.

Y desde hoy, también, en cada decisión cívica que el Trabajo Social no puede mirar como neutra. Porque votar no es un trámite. Es memoria en acto. Es responsabilidad histórica. Es dignidad. Recordarlas en cada voto no es partidismo: es ética. Es preguntarse si esa decisión honra la vida digna, la justicia social y la memoria de quienes fueron perseguidas por ejercer su profesión con consecuencia.

Recordarlas no es mirar al pasado.
Es negarse, una y otra vez, a traicionarlo.

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