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Celebrar; nos vemos a la salida. Por Jorge Norambuena

Allá por mayo, el oficialismo celebraba en el Congreso haber conseguido que el Ingreso Familiar de Emergencia fuese de 65 mil pesos. Hubo abrazos, aplausos y felicitaciones. Era su pequeño gran logro.

Por estos días, es a la oposición a la que hemos visto celebrando en el mismo lugar la posibilidad de que las personas puedan retirar un 10% de sus ahorros previsionales. La alegría nuevamente invadió la Cámara, y es probable que por estos días presenciemos escenas similares, con más supuestos motivos para celebrar.

Tal vez sea porque la dicha y el jolgorio nos recuerdan las muchas celebraciones que hemos ido acumulando en el cuerpo que solemos asociar la celebración con la alegría y con el festejo. Sin embargo, lo cierto es que dicha relación no siempre se da. De hecho, hoy parece haber alegría, pero no razones para celebrar. Ni 65 mil pesos ni el 10% deberían ser motivo de dicha. Por su parte, tampoco corresponde que el fin de las AFP y la caída del modelo sean motivo de festejo, porque se trata de temas serios. Y con temas serios no me refiero a graves, sino a la necesidad de, a lo menos, cuestionar qué hay en una “celebración” cuando su origen se haya en ellos.

¿No será que algunas celebraciones sirven justamente para no seguir conversando sobre lo que hay que conversar? ¿Acaso será posible que se utilicen más bien para acallarnos, para que no reflexionemos ni nos hagamos cargo de lo que pasa o nos pasa?

Desde niños aprendemos que cuando nuestro equipo vence a otro en esa guerra simbólica y lúdica que es un duelo deportivo, hay que celebrar, y esto nos da luces de algo bastante arcaico que habita en nosotros: la necesidad de medirnos en confrontaciones (más o menos sanas), pero también la de festejar los triunfos, incluso cuando esto implica enrrostrar al contrincante su derrota.

Celebrar, entonces, es algo enraizado en nuestra propia naturaleza. Pero ¿está para celebraciones nuestra vida política y ciudadana?

Los últimos días me han llevado a recordar las épocas de colegio, cuando una “inocente” burla abría el camino a una seguidilla de chistes que, en el peor de los casos, terminaba con alguien “picado”. Luego, de una escalada de manotazos más o menos directos se pasaba en algún punto a las agresiones. Y entonces aparecía la posibilidad latente de un amargo encuentro “a la salida”.

Hoy, tantos años después, cuando pareciera que los honorables políticos van celebrando sus pequeños avances en el rostro del otro, vuelvo a sentir el peligro de que alguien “se pique”. Y no: aunque lo parezca, no hablamos del colegio. Hablamos del Congreso.

Lo que vemos a diario en el hemiciclo puede ser un ejemplo más de cómo hemos perdido la capacidad de conversar, si es que alguna también vez la tuvimos. Allí, los dimes y diretes se han transformado en una práctica cotidiana, en un acontecimiento normal y hasta esperado, sin mucha diferencia con las calles o en las redes sociales. Y a todo ello, ahora han venido a sumarse festejos y celebraciones.

Soy franco al decir que no entiendo tanto aplauso y cántico en el Congreso durante las últimas semanas. No comprendo esas escenas festivas en medio de la tragedia. Como sociedad sumida en una pandemia, no hemos logrado más que sobrevivir a duras penas, teniendo incluso que rascarnos con nuestras propias uñas por la falta de un Estado mínimamente garante de lo humano.

Por eso me pregunto si algunas celebraciones no son más bien una forma de goce mortífero, como una droga, como comer “más de lo necesario”, como el tabaco que aunque nos hace mal lo fumamos con placer en pos de un “supuesto bienestar”, como todo aquello que en su exceso produce esa rara sensación que nos hace decir “sé que me hace mal, pero lo busco”. Me pregunto si algunos festejos no son sino una manera de hacer que mejor no hablemos, no conversemos de ciertos temas que deberíamos seguir conversando a fin de llegar a más y mejores acuerdos para nosotras y nosotros mismos, quizás para hacer algo diferente, para no seguir tropezando con la misma piedra de la cual ya parecemos enamorados.

Aunque sea una perogrullada, vale la pena recordar que de los pasos que vayamos dando dependerá el rumbo que tomemos, y por esto pienso que el ir de manotazo en manotazo no nos llevará muy lejos. ¿De verdad queremos caminar por esta senda en la que vamos celebrando en la cara del otro cada pequeño paso que damos?

Asumámoslo: la democracia está en crisis, y para bien, porque no hay cambios ni avances sin un grado fricción. Y para bien también, porque la democracia se siente viva, la ciudadanía está interesada en los temas que nos interpelan. Por eso, hoy es el momento de preguntarnos qué pasa con los espacios para tener conversaciones. ¿Alguna vez los tuvimos? ¿Podemos retomarlos o construirlos? Cualquiera sea la respuesta, debemos tomar consciencia de que, al parecer, hoy no estamos pudiendo conversar sobre nuestros temas vitales, y esto sí es grave. Si no, atendamos a Wislawa Szymborska, una de las poetas más importantes del siglo XX, quien nos plantea una pregunta sencilla, vital y atingente: “¿Acaso merecería la pena vivir si no podemos conversar?”.

¿Qué celebraciones vendrán ahora? ¿Serán necesarias? ¿serán por alegrías o por “simpáticos” manotazos? Si dejamos de tener esto presente, es muy probable que, a la usanza de los duros años escolares, terminemos viéndonos a la salida.

Jorge Norambuena M.

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