A medida que se aproxima la elección presidencial emerge una sensación de inquietud anticipatoria. Las encuestas anuncian un eventual triunfo de José Antonio Kast aunque las ciencias sociales recuerdan que la conducta electoral nunca se somete del todo a la predicción. La experiencia reciente resulta elocuente. La consulta de La Cosa Nostra dirigida por Alberto Mayol anticipaba un desempeño menor para el Partido de la Gente (PDG); sin embargo, Franco Parisi terminó encarnando un voto de protesta frente a la desafección política generalizada sin ofrecer una doctrina reconocible más allá de su carisma digital.
En este escenario Kast enfrenta una encrucijada significativa. Su apelación a la expulsión masiva de migrantes recibe un respaldo fervoroso en parte de su electorado, aunque resulta evidente que tal medida sería extremadamente onerosa para un Estado que él mismo aspira a reducir. Asimismo, el gobierno de Nicolás Maduro no recibe de vuelta a ciudadanos venezolanos, lo que genera un nudo práctico difícil de desatar. Esto abre la posibilidad de una frustración anticipada entre quienes esperan una solución drástica. La paradoja se acentúa cuando se constata que algunos migrantes de oleadas previas han respaldado a Kast por su rechazo a la inmigración irregular, configurando un escenario atravesado por tensiones identitarias y percepciones volátiles.
A esta contradicción se suma otra de carácter estructural. Kast proviene del mundo chicago gremialista y su ideario sitúa al mercado como principio ordenador absoluto. En consecuencia, su proyecto carece de una dimensión proteccionista del trabajo nacional. Sus críticas se concentran en la irregularidad migratoria y en la asociación entre migración y delito, pero rara vez abordan la relación entre trabajadores chilenos e inmigración en el plano productivo. Las razones son claras. El modelo económico chileno se sostiene hoy en parte por mano de obra migrante. Antonio Walker, presidente de la Sociedad Nacional de Agricultura, lo expresó sin rodeos al afirmar que el campo requiere migrantes para funcionar. Este reconocimiento desarma cualquier ilusión de expulsiones masivas y evidencia la brecha entre el discurso encendido y la realidad material del mercado laboral. En esta línea, el intelectual Hugo Herrera advertía en su columna En política y economía no pisamos tierra firme, publicada en El Mostrador el 12 de octubre de 2025 (https://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/columnas/2025/10/12/en-politica-y-economia-no-pisamos-tierra-firme/), que Chile arrastra una crisis de productividad desde comienzos del siglo veintiuno. Señalaba que la economía se ha desacelerado porque la productividad apenas crece y porque un país dependiente de la exportación de recursos naturales posee un techo estructural muy difícil de superar. Si Kast profundiza ese legado sin introducir transformaciones de fondo, la situación permanecerá estancada. Herrera describía una crisis vertical cuya superación exige cambios de hábitos, renovación intelectual, sustitución de élites y modernización institucional. Bajo esa perspectiva, el proyecto de Kast parece inclinarse a administrar la inercia antes que a enfrentar sus causas.
La supuesta derechización de la sociedad chilena, siguiendo la línea interpretativa de Cristóbal Bellolio (https://www.elmostrador.cl/noticias/pais/2025/10/29/el-viraje-a-la-derecha-que-definira-el-mapa-politico-chileno/ ), no responde tanto a un viraje profundo en las convicciones colectivas como a una reacción conservadora frente a una izquierda que movió los límites especialmente en el ámbito cultural. Esta dinámica se inserta en lo que suele denominarse batalla cultural, donde cuestiones postmateriales como el lenguaje inclusivo, los derechos sociales emergentes y diversas transformaciones simbólicas impulsadas por sectores progresistas chocan con demandas más inmediatas vinculadas a la economía, la seguridad y el orden público. La derecha ha capitalizado con astucia este desplazamiento aprovechando un momento histórico marcado por la incertidumbre y el aumento del crimen organizado, mientras el gobierno de Gabriel Boric tardó en asumir la seguridad como prioridad. Su llegada al poder aún impregnada por la inercia afectiva del estallido social contrastó con una realidad que mutaba aceleradamente bajo la presión de la violencia y la expansión de organizaciones criminales como el Tren de Aragua. Cuando el gobierno rectificó su rumbo ya había cedido el terreno discursivo y emocional a sus adversarios.
Todo ello ocurre mientras Kast evita debates públicos y se mantiene en un silencio estratégico que alimenta tanto expectativas como desconciertos. Tal retraimiento puede profundizar el desencanto entre sus seguidores más vehementes sobre todo frente a imágenes de personas agolpadas en la frontera con Perú temerosas de una deportación que probablemente no se concretará. La situación venezolana agrega un componente dramático. Mientras no exista una salida política, los flujos migratorios seguirán presionando a los países de la región y miles de personas permanecerán en un limbo administrativo y humano. De hecho, este cuadro se vuelve aún más complejo si se considera lo expuesto en un reportaje de investigación publicado en El Mostrador el 24 de agosto de 2025, titulado La frontera norte de Chile: una puerta abierta que parece imposible de cerrar (https://www.elmostrador.cl/unidad-de-investigacion/2025/08/24/la-frontera-norte-de-chile-una-puerta-abierta-que-parece-imposible-de-cerrar/) . Allí se desarrolla la tesis de que las fronteras chilenas, especialmente en el norte, son intrínsecamente porosas debido a una combinación de factores geográficos, legales e institucionales que las vuelven prácticamente imposibles de controlar y facilitan el ingreso y egreso de personas y mercancías ilícitas. Entre los elementos señalados destaca la falta de potestad legal de los militares, quienes no pueden detener a alguien por el solo hecho de intentar salir del país, pues no constituye delito alguno, y la fragilidad del mecanismo de reconducción, dado que los países vecinos aceptan únicamente a sus propios nacionales, dejando a la autoridad chilena sin herramientas efectivas cuando se trata de migrantes provenientes de terceros países.
El éxito de Kast se vincula con su comprensión de un clima afectivo profundamente transformado. El neoliberalismo chileno produjo individuos aislados y vulnerables mientras las redes sociales instauraron un régimen de posverdad que desdibuja los hechos y magnifica emociones como miedo, rabia y desconfianza. En este terreno la derecha radical (concepto introducido por Seymour Lipset) logra capitalizar esas pulsiones con notable eficacia. En contraste, el progresismo insiste en un llamado racional a la defensa institucional que no logra perforar el espesor emocional del momento político.
Kast no irrumpe desde la novedad. Representa una versión depurada del postpinochetismo que recoge la tradición de la UDI de los años noventa. Su horizonte privilegia el mercado, demoniza al adversario e idealiza la arquitectura institucional heredada de la dictadura. Surge así una interrogante inevitable. ¿Qué implica para la política chilena que un defensor del legado de Augusto Pinochet pueda convertirse nuevamente en figura dominante del poder ejecutivo?
La respuesta exige considerar el campo completo. La derecha chilena opera dentro de un marco que ella misma diseñó durante la transición. No necesita oponerse a él porque le resulta funcional. Su radicalismo se despliega en la disputa cultural, en la restricción de derechos y en la defensa de valores tradicionales, no en la negación frontal de la institucionalidad vigente. Por ello no encaja plenamente en la categoría de extrema derecha, aunque moviliza elementos discursivos propios de ella. La paradoja es evidente. Mientras Chile mantiene un modelo neoliberal robusto, algunos dirigentes y electorado derechistas insisten en denunciar un imaginario comunista inexistente. Basta observar las cifras económicas y los flujos migratorios para advertir que el país sigue siendo atractivo para quienes buscan oportunidades.
En suma, lo que está en juego es la capacidad del sistema político para conducir una sociedad fatigada emocionalmente y polarizada simbólicamente. Kast capitaliza ese malestar mientras el progresismo no consigue articular un relato capaz de reorganizar afectos y expectativas. El desenlace permanece abierto, aunque el clima cultural parece inclinar la balanza. Y si algo enseñan estos ciclos es que las emociones suelen adelantarse a las instituciones con una velocidad que ningún sondeo logra anticipar. En este marco resulta sugerente lo que propone el economista Carlos Mladinic en una columna de opinión titulada La derecha dura promete abundancia, pero deja estancamiento (https://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/columnas/2025/09/13/la-derecha-dura-promete-abundancia-pero-deja-estancamiento/). Allí desarrolla la tesis de que la derecha dura —o derecha radical, como prefiero llamarla— ofrece prosperidad económica y menos carga tributaria, pero en la práctica sus políticas derivan en estancamiento, aumento del déficit fiscal y captura del Estado por intereses particulares. Este último punto adquiere una resonancia particular al observar el círculo asesor de José Antonio Kast: Jorge Quiroz, asesor económico involucrado en colusiones de empresas (https://interferencia.cl/articulos/los-errores-se-pagan-distinto-asesor-de-jara-renuncia-por-frases-y-el-de-kast-se-mantiene), y Bernardo Fontaine, financiado por las AFP y hoy integrado a su campaña. El panorama descrito por Mladinic muestra, además, que pese a la retórica antiinmigración y al discurso de cierre de fronteras, la economía que estos sectores administran sigue dependiendo de mano de obra extranjera. Polonia —gobernada por una derecha dura— multiplicó el ingreso de inmigrantes en la última década, mientras Italia, bajo Meloni, autorizó medio millón de nuevas visas laborales. El mercado lo exige.
Por lo mismo, las promesas de Kast no logran sostenerse frente a la realidad económica. A ello se suma el riesgo de una profundización del capitalismo de amigos: gobiernos de este signo, como el de Sebastián Piñera en su momento, y previsiblemente uno encabezado por Kast, tienden a favorecer a grupos empresariales cercanos, debilitando la competencia y reforzando intereses corporativos que hoy no solo financian su proyecto, sino que buscan consolidar su influencia sobre el Estado.
Fabián Bustamante Olguín. Doctor en Sociología. Académico asistente del Instituto de Ciencias Religiosas y Filosofía, Universidad Católica del Norte (Coquimbo)
