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Chile: del mercado al autoritarismo. Por Fabián Bustamante Olguín y Javier Romero Ocampo

¿Es posible que los ejes constitutivos del neoliberalismo puedan poner en colapso el sistema político democrático de Occidente?, con esta pregunta iniciamos la presente reflexión para poner de relieve lo que la humanidad se juega en el tiempo actual y poner en valor la democracia moderna. Para hacernos cargo de la pregunta inicial nos ayudaremos con las reflexiones del filósofo español Luis Sáez Rueda, en su libro publicado el año 2015, titulado El ocaso de Occidente. Sáez Rueda plantea que la sociedad occidental moderna atraviesa una profunda crisis cultural y política (crisis que el autor denomina génesis autófaga). Esta tesis sirve para comprender la génesis autófaga que está padeciendo la sociedad occidental, Esta génesis autófaga es entendida como un sistema que se destruye a sí mismo, guiado por la insatisfacción y el vacío. La filosofía, dice Sáez Rueda, debe aportar luces y preguntas para hacer visible ese problema. Y para poder enfrentar esta crisis propone tres, entre comillas, luces o herramientas fundamentales.

La primera sería un nuevo espíritu barroco o neobarroco; es decir, la capacidad de reinventarnos y crear sin sentir que siempre debemos algo o que estamos incompletos. La segunda es el espíritu trágico, que consiste en tener el valor de aceptar los conflictos profundos de la vida, asumir la responsabilidad colectiva y aprender del dolor. Y, por último, una ética de la lucidez; es decir, mantener la capacidad de asombrarnos y dudar de nosotros mismos —lo que él llama autoextrañamiento— para no caer en la necesidad ni en el egoísmo.

El autor señala:

Verter luz sobre ellos, o mejor, refractar luces varias, irreductibles a unidad, es la mejor respuesta que puede buscar el filósofo. Porque, si a lo encubierto disimuladamente se le procura, al menos, una luminiscencia, por débil que sea, se le está restando el poder de gobernarnos, ese poder que otorga el estar en trastienda, fuera del campo de mira y del extrañamiento. Si la crisis y la enfermedad de Occidente son fuente de un nuevo malestar en la cultura, mirar a este de frente es ya ponerlo al servicio del levantarse erguidamente (p.351-352). Sin perjuicio de lo anterior, la segunda parte del libro, titulada La crisis y enfermedad de Occidente, se desarrolla el apartado Totalitarismo democrático y política de los desechos (pp.328-350). El autor plantea que, en lugar de buscar la creatividad, la libertad real y el desarrollo de ideas valiosas, los gobiernos y el sistema económico en Occidente, especialmente en esta fase neoliberal, han reducido la política a una mera administración de la supervivencia y del miedo. La situación descrita es denominada “política de los desechos” (p.399), con ello explica que existe en la sociedad la tendencia a generar constantemente productos, ideas y personas efímeras que rápidamente se vuelven inservibles o marginadas. Entonces, bajo el pretexto de resolver las continuas crisis continuas y ofrecer “seguridad”, el sistema ejerce un control autoritario disfrazado de democracia, que él denomina como totalitarismo democrático, cuyo objetivo fundamental es aislar o desechar a todo aquel que no encaje en la lógica de la productividad o del consumo. A partir de esta concepción la política se reduce a la mera supervivencia económica. Sáez dice: “El momento de clausura en la dialéctica perversa de la enfermedad occidental consiste en una parálisis de los fines políticos en la única meta de la supervivencia.” (p.329). Y luego añade: “Al neoliberalismo imperante solo le importa la recuperación económica que nos devuelva la bonanza y el bienestar perdidos. El pueblo, mientras tanto, se ve obligado a centrar su rebeldía en la defensa contra la precarización…” (p.331).

En el Chile actual se ha ido configurando un escenario de transformaciones culturales que han puesto en el centro la idea de la competencia, desde los postulados neoliberales de los chicagos boys en los años setentas hasta el tiempo actual se consolida una forma de ver el mundo donde prima la lógica de la competencia como motor del desarrollo, donde el mercado es el principal mecanismo de coordinación social y, por lo tanto, todo se resolvería mejor compitiendo. En ese sentido, lo que hace el actual gobierno de José Antonio Kast, todos sus ministros, voceros y, además los personeros del Partido Republicano, no es más que profundizar aquello que en algún momento estos economistas de Chicago ya habían pensado en la década del setenta.

Con está esta lógica se reduce al individuo a una empresa, donde cada persona debe gestionarse, competir y ser eficiente. Está esta idea del autoemprendimiento que, al final, termina siendo una forma de justificar la desigualdad social y la desigual distribución de la riqueza. También aparece la métrica del éxito, esta lógica del desempeño y la eficiencia, donde todo aquello que no es competitivo simplemente no vale y no tiene lugar. Se hace coherente y coadyuvante la lógica que hemos descrito la desconfianza, tanto de unos hacia otros, como la desconfianza en lo colectivo, en ello inscribimos el declive de las adhesiones a los organismos colectivos propios de la democracia moderna como lo han sido los partidos políticos y los sindicatos, todo esto redunda en la desconfianza hacia la mayor consolidación del mundo moderno: El Estado. Todo este panorama genera el desquiciamiento de la democracia, se duda y se sospecha de ella, y paralelamente se genera confianza hacía los designios económicos del mercado como asignador eficiente de lo que a cada ciudadano le corresponde, colonizando con ello el campo político y social.

¿Qué vemos entonces? Una crisis de representación, donde la política pasa a entenderse únicamente como gestión y deja de ser un espacio de conflicto y de acuerdos. Los partidos tradicionales pierden sentido y la gente termina votando por, entre comillas, antisistema, influencers o tecnócratas. La competencia se traslada al interior de la política y los actores compiten, cuál más y cuál menos, por destruir al establishment.

Es funcional a este entorno la banalización de la política y del quehacer político, se hace política denostándola como ejercicio ciudadano, en los medios de comunicación masiva se instalan forma de hacer política que enfatizan la vulgarización y la denostación del otro como lógicas admisibles para el desarrollo de las ideas. En definitiva se instala la idea de que el conflicto democrático y los acuerdos no son posibles, y que lo único posible es destruir al adversario político, ante esto el diálogo es visto como un elemento fútil y solo como parte de un espectáculo, no como generador de ideas y valores democráticos, socavando los valores sustentados por el desarrollo de sociedades democráticas dialogantes y en creciente apertura e integración.

Todo ello también conduce a la polarización y al populismo, que generan ganadores y perdedores muy marcados. Los perdedores buscan precisamente a alguien que los pueda, entre comillas, salvar. Empiezan a aparecer estas figuras salvíficas, como José Antonio Kast, quien prometía expulsar a todos los inmigrantes venezolanos del país, terminar con la delincuencia y hacer crecer la economía. Ninguna de esas cosas ha ocurrido. También han surgido liderazgos con amplia repercusión pública que enarbolan discursos que atentan contra el desarrollo del Estado moderno, y lisa y llanamente producen discursos que enfatizan la destrucción del Estado proponiendo privatizaciones que dejarían a Chile sin la mayor riqueza y sustento como lo es el cobre, deslegitimando la gestión del Estado, ensalzando la gestión privada como panacea de la generación de riqueza.

Pero sin un Estado fuerte, el sistema democrático pierde su capacidad de garantizar bienes comunes. Paradójicamente, el gobierno actual va justamente en la dirección contraria: está recortando el Estado y deslegitimándolo desde dentro. Ese, a nuestro juicio, es el problema más grave de todos.

El contexto que hemos descrito es coherente con lo que Sáez Rueda plantea en el sentido de que todo queda subordinado a los valores económicos y neoliberales, el sistema político ha dejado de lado la gran política, con ello la función de la política de crear valores culturales, enriquecer la sociedad y ampliar los espacios de libertad, se reduce ahora a la supervivencia material y el bienestar básico. Al neoliberalismo solo le interesan la recuperación económica y el consumo, dejando la cultura relegada a un segundo plano. Es incapaz de innovar culturalmente, cuestión que queda meridianamente clara si observamos los “recortes” llevados a efecto en el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.

Este tipo de política termina administrando el miedo y obsesionándose con la seguridad. Para mantener el control y ocultar la falta de proyectos realmente valiosos, el poder fomenta el miedo y la inseguridad cotidiana. Se enarbolan discursos que instalan la lógica de la crisis en todos los aspectos de la vida cotidiana, se enfatiza la idea de reconstrucción, se busca con ello “ofrecer” seguridades, pero esto es a cambio de la obediencia de los ciudadanos, no es posible disentir o expresar el descontento ya que se criminaliza la protesta social como medio de expresión política.

La CRISIS instalada en la esfera pública permite imponer medidas extraordinarias y restrictivas como si fueran temporales. El “gobierno de emergencia”, por ejemplo, fue uno de los eslóganes de campaña de José Antonio Kast, al igual que la idea de una megarreforma. Siguiendo a Luis Sáez, estas políticas convierten la excepción en una regla permanente y permiten avanzar lentamente hacia un régimen autoritario que se camufla bajo la apariencia de una democracia, una democracia, por cierto, iliberal.

Ahí tenemos, entonces, un tema que vale la pena seguir reflexionando a la luz de una contingencia que cambia constantemente. Pero, desde mi punto de vista, la llegada de José Antonio Kast está acelerando no solo la consolidación de los valores neoliberales de la competencia, sino también el desquiciamiento del sistema político chileno.

Bibliografía

Sáez Rueda, L. (2015). El ocaso de Occidente. Herder Editorial.

Fabián Bustamante Olguín. Doctor en Sociología, Universidad Alberto Hurtado. Académico del Departamento de Teología, Universidad Católica del Norte.

Javier Romero Ocampo. Profesor de Historia y Geografía, Psicólogo, Sociólogo, Doctor en Estudios Americanos, especialidad Pensamiento y Cultura, Universidad de Santiago de Chile.

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