“El ser humano no puede tener necesidades, ni comprender la naturaleza, ni tener intereses puros o ninguna fuerza material si no se ha construido culturalmente”.
(Marshall Shalins)
La identidad chilena es un sueño en proceso, tejido con símbolos, ritos, paisajes y memorias que se resignifican con el tiempo. Vive en una búsqueda constante que se ha expresado en nuestras industrias culturales como el cine, en figuras históricas, en los sucesos impactantes y en los gestos cotidianos que nos vinculan al territorio. Aunque compitamos con modelos globales, el verdadero desafío es narrar lo propio con autenticidad. Porque aquello que somos -como país-nación- habita en nuestras emociones, preguntas abiertas y vínculos compartidos. Por tanto, en cada expresión -artística, social, económica, geopolítica o cultural- la identidad se construye escuchando lo que nos duele, nos une y nos transforma. “Sabemos lo que somos, pero no lo que podemos llegar a ser.” (Shakespeare).
Lo que habita en nosotros está en constante movimiento.
Cuando hablamos de la identidad chilena, sobre quiénes somos como nación, sobre lo que nos define, en ese instante pareciera que la desorientación nos envuelve sin mayor reparo… Y me pregunto: ¿qué es la identidad?
El concepto proviene del vocablo latino identĭtas y alude a los elementos, características y rasgos culturales que nos distinguen, tanto a nivel individual como colectivo. La identidad se configura a partir de una cosmovisión, una historia y un contexto de vida. Integra nuestras necesidades, gustos y conductas, y se vincula con creencias, ritos, mitos e hitos (memoria), así como con valores y convicciones. Todo ello se articula desde un profundo sentimiento de pertenencia, orientado hacia un propósito común. “Los recuerdos son la arquitectura de nuestra identidad.” (Anónimo).
Frente a estas distinciones emergen interrogantes fundamentales: ¿qué país somos realmente -en lo institucional, lo geográfico, lo político-?, ¿qué creencias nos definen?, ¿qué nos convoca?, ¿qué valores nos unen y empoderan?, ¿bajo qué creencias sentimos y nos emocionamos?, ¿cuáles son nuestras certezas culturales?, y ahora como nación -en lo simbólico, lo histórico, lo afectivo-,¿qué esperamos del futuro?, ¿cuáles son las preguntas aún no formuladas por nosotros mismos?, ¿qué narrativa tenemos de nuestra propia historia?, ¿qué nos urge aprender?, ¿qué debiéramos desafiar y transformar para potenciarnos?, ¿cuál es nuestra épica?
Estas y otras reflexiones se ponen al servicio de objetivos comunes, pues el reto es uno: habitar conscientemente el territorio. Asimismo, se reconoce que las identidades también mutan, se resignifican y, en ocasiones, se truncan. Lo que en un momento fue gravitante, con los años puede volverse irrelevante o perder sentido. Pese a ello, los esfuerzos e iniciativas por aquilatar nuestra identidad nunca se han detenido. Un ejemplo digno de destacar fue la editorial Quimantú.
La Unidad Popular (UP) del Gobierno de Salvador Allende (1970 - 1973) creó en su momento la editorial Quimantú (del mapudungún, sol del saber). El desafío estaba en masificar la lectura en Chile, logrando distribuir más de once millones de libros como iniciativa cultural y popular. Bajo este escenario, se creó “Nosotros los chilenos” -una colección de 49 libros que salían cada quince días, con 50 mil ejemplares por edición- que pretendía, quijotescamente, consolidar una identidad propia, compartida, consistente y coherente con nuestra realidad cotidiana.
Títulos como: “Quién es Chile”, “Así trabajo yo”, “Los araucanos”, “La historia de las poblaciones callampas”, “Chiloé, archipiélago mágico”, “Geografía humana de Chile”, “La mujer chilena”, “Grandes deportistas”, “Cuando Chile cumplió 100 años”, “Pampinos y salitreros”, “La nueva canción chilena”, “Leyendas chilenas”, “Novelistas chilenos”, entre otros, fueron obras que intentaban develar la identidad territorial de ese momento, descifrando nuestro ecosistema de creencias, con relatos sencillos, directos, genuinos y empáticos con el Chile de los 70. Ya con el golpe militar, Quimantú fue desmantelada y con esto, la tipificación de nuestra posible identidad/país-nación quedó trunca. “Sin dignidad, la identidad se borra.” (Laura Hillenbrand).
Los símbolos nos hacen interactuar y gestionar vida.
La identidad chilena se expresa en múltiples formas: para algunos, en la cercanía de la comida cotidiana; para otros, en la naturaleza y sus símbolos. Empanadas, marraquetas o humitas conviven con el copihue, el pudú, los lagos, los volcanes, la cordillera y la bandera, como representaciones afectivas del sentido de pertenencia. Esta misma identidad también se manifiesta en ritos culturales como la cueca, la rayuela, las fondas y las carreras de caballo (tradición campesina). Hay quienes vinculan a la identidad con los recursos naturales -el cobre, el salmón, la madera, el litio, las frutas, el vino, el salitre- y otros con nuestras culturas originarias y su impacto en nuestra cosmovisión: Mapuches, Atacameños, Rapanui, Huilliches. Pueblos históricamente invisibilizados, cuya exclusión revela una contradicción entre el orgullo simbólico y la negación estructural que atraviesa nuestra narrativa identitaria.
Igualmente, nuestra cultura identitaria se ha nutrido de figuras históricas emblemáticas como Prat, Mistral, Allende, Rodríguez, Lautaro, Neruda, Parra, entre otros, y también se ha expresado en parajes de turismo emergente que consolidan una identidad glocal (global y local): Valparaíso, Chiloé, Torres del Paine, Patagonia, Litoral Central y el Desierto Florido. La identidad también dialoga con eventos imborrables como el terremoto de Chillán, el rescate de los 33 mineros, la matanza de la Escuela Santa María, el Mundial de 1962, la dictadura cívico-militar, los clásicos universitarios, entre otros eventos. Esta disposición responde a una geografía extrema -el cono sur, la cordillera, el océano- que históricamente ha llevado a ver un país-nación como una isla donde “lo que somos” se cristaliza en industrias culturales: las revistas Mampato, el diario La Época, el libro Canto General, el cine (Machuca), la música (Gracias a la vida), el teatro (La Negra Ester), la televisión (La Manivela) y la radio (A esta hora se improvisa), junto a corrientes musicales como la Nueva Ola (Los Ecos), el Canto Nuevo (Schwenke & Nilo), el Rock (Los Prisioneros), el folclor (Violeta Parra) y lo clásico (Roberto Bravo), entre otros. Así, nuestra identidad ha habitado continuamente en la sensibilidad de emociones ¡vivas!
Es decir, hablar de la identidad chilena es comprender integralmente una serie de temas, experiencias y contextos que se entrelazan, dialogan e impactan sinérgicamente, al final del día, con nuestros propios sistemas de creencias. Y esta asimilación emocional es múltiple e interpretativa como la propia comprensión de nuestra historia de Chile, la cual ha sido resignificada por diversas plumas e ideas políticas a lo largo del tiempo. (Vitale, Salazar, Encina, Villalobos, Jobet, Góngora).
Cuento todo esto porque los chilenos cuando hablábamos de nuestra identidad, en tiempo pasado, nos auto percibíamos como los “ingleses de Latino América”, como los “jaguares de la región”, como el país estratégicamente “plataforma”, nación bien portada y muy diferente al resto del continente. Una “isla” como en algún momento lo definió un mandatario. Pero al final del día, no todo lo que brilla es oro… ¡lección aprendida!
Haber pasado de una sociedad de ciudadanos a una sociedad de consumidores (de mediados del 70 para adelante), también nos ha transformado ya que los valores que apalancaban nuestras acciones ya son otros (competencia, individualismo, lucro, etc.). Se suma el cruce de territorios, climas y tradiciones -desde un centro a veces excesivamente centralista- también moldea nuestra identidad, junto al diálogo constante entre mar, campo, montaña y ciudad: fragmentos que hacen sinapsis en un acuerdo común llamado Chile. La fusión -de esos elementos, especies y sabores, al enfrentarse al impacto radical de la tecnología en los últimos 30 años- ha generado una interconexión continua que transforma nuestros procesos identitarios y, como consecuencia, nos globaliza de forma inconsciente. “En la jungla social de la existencia humana, no hay sensación de estar vivo sin un sentido de identidad.” (Erik Erikson).
Creer que el crecimiento económico al 6% anual podía definir nuestra identidad como país revela una comprensión limitada de lo que significa pertenecer a un territorio. Chile, como país-nación fusionado, ha buscado su lugar en el mundo desde una historia común, confundiendo muchas veces la diferencia —como la migración— con una amenaza. Esta identidad, más que perdida, sigue buscándose con ahínco en nuestras conductas, recuerdos y creencias colectivas. El verdadero desafío está en reconocer nuestra gama de grises, más allá del blanco y negro de quiénes somos.
El siglo XXI es el siglo de las migraciones. Desde la independencia del país, Chile ha sido una mezcla tímida pero constante con algunas naciones (Alemania, Palestina, España, etc.), intensificada recientemente con la migración del conjunto de América Latina. Esta transformación, tanto simbólica como territorial, se tensiona cuando la identidad se extrema como trofeo excluyente, alimentando el chovinismo frente a lo diferente o “foráneo”. Estos énfasis, muchas veces recalcitrantes, distorsionan nuestras creencias y conductas hacia el migrante. Como advirtió en su momento Umberto Eco: “La identidad nacional es el último bastión de los desposeídos. Pero el significado de identidad ahora se basa en el odio, en el odio hacia aquellos que no son lo mismo.”
Ejemplo de cine e identidad con más de 100 años de búsqueda.
El cine llegó a Chile a principios del siglo XX, mostrando escenas cotidianas como la salida de los obreros de las fábricas, la llegada de trenes o desfiles militares. En 1902, se estrenó en Valparaíso la primera filmación local y, desde entonces, las proyecciones buscaban que los ciudadanos se reconocieran en pantalla y construyeran identidad. Sin embargo, entre 1900 y los años sesenta, el cine chileno no logró conectar con la realidad social del país: predominaban comedias livianas, relatos insulsos y producciones influenciadas por industrias extranjeras, especialmente mexicanas y estadounidenses, muchas veces dirigidas por cineastas trasandinos. Esta distancia entre lo proyectado y lo vivido nubló el propósito identitario de nuestro cine nacional.
En aquel tiempo nos desconocíamos como nación, solo contábamos historias inspiradas en otros, siempre evitando nuestra propia existencia forjada desde la pobreza y el subdesarrollo. Y esta intrascendencia cultural, identitaria, se consolidó en los años sesenta, cuando se supo que todo el material cinematográfico filmado en Chile, desde 1900 a 1960 se había vendido por kilo, en forma ilegal, a la industria del plástico para fundir el celuloide y transformarlo en peinetas. ¡Tal cual!
La crisis identitaria del cine chileno también se visualizó en los años veinte, durante el auge económico del salitre, cuando incluso se llegó a imaginar que Antofagasta podría convertirse en el “Hollywood de Sudamérica”, reflejando una cosmovisión ajena. Jacqueline Mouesca, en Plano secuencia de la memoria de Chile, señala que el país no estaba preparado para construir una industria cinematográfica con identidad propia, por falta de técnicos y, sobre todo, de claridad cultural. A lo largo del siglo, hubo intentos por corregir el rumbo -como la creación de la Corfo en los años cuarenta y el impulso de la UP en los setenta- que buscaron un cine más social. Tras el golpe de Estado, surgieron películas desde el exilio, y en los primeros años de la democracia, la autocensura paralizó la producción nacional. No fue sino hasta finales de los noventa, con la explosión de géneros como el cine político, costumbrista, documental y de animación, que se valoraron nuestras propias historias, personajes y locaciones. Solo entonces comenzamos a comprender el peso de nuestra identidad fílmica, como bien lo expresó en su momento el director de cine, Christian Galaz: “Los cineastas debemos hacernos cargo de las emociones del país.”
Desde 2005, con la creación de la Ley de Cine, Chile ha intentado fortalecer su industria fílmica, aunque ese mismo año el consumo de cine norteamericano alcanzaba un 98%. Hoy, el cine chileno compite con una maquinaria internacional consolidada, pero el desafío sigue siendo el mismo: generar identificación real entre el público y las historias locales proyectadas, desde una identidad verosímil y enraizada. Los retos del cine actual repiten los del cine mudo de los años veinte: falta de escucha, escasa empatía y desconexión con las realidades locales. Como señala Eliana Jara en Cine mudo chileno, las películas de esa época no lograron interpretar la compleja etapa que vivía el país —crisis salitreras, estallidos sociales, conflictos limítrofes, quiebre institucional y tensiones entre clases sociales—, ignorando los valores, costumbres y formas de vida que conformaban nuestra identidad. Hoy los desafíos se mantienen. Solo cuando el cine se hace cargo de las emociones de un país, como afirma Galaz, se puede comenzar a habitar verdaderamente el territorio tanto geográfico como humano con una dimensión identitaria más consciente. “La identidad de una persona no es el nombre que tiene, el lugar donde nació, ni la fecha en que vino al mundo. La identidad de una persona consiste, simplemente, en ser, y el ser no puede ser negado.” (José Saramago).
Por último: No tener identidad como territorio o simular una identidad ficticia, es vivir en la ceguera más absoluta cuando el reto es articular cohesión cultural, desde creencias compartidas y verosímiles. Son múltiples los espacios para consolidar arraigo y pertenencia/país, y esto sostenerlo en el tiempo. El desafío es alcanzar la claridad y la vocación de encuentro, bajo contextos diversos (culturales, económicos, generacionales, raciales, etc.), para así lograr un punto de conexión emocional y coexistencia con el territorio y sus habitantes. “Todos los caminos conducen a la misma meta: transmitir a los demás lo que somos.” (Pablo Neruda).
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Fernando Véliz Montero es Doctor y Magister en Comunicación, autor de Liderazgo Comunicativo (Océano).
