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Chile: el plebiscito de salida y la encrucijada de la izquierda. Por Raúl Espinoza Muñoz

El resultado del plebiscito de salida (61,87% vs 38,13% en favor de la opción Rechazo) con la más alta participación histórica del pueblo chileno (13 millones de personas, para un 85% de participación con voto obligatorio) es un hito crucial en el actual ciclo de la lucha de clases, abierto en 2006 con la llamada “Revolución pingüina”.

 La derrota del Apruebo pone fin a la aspiración de un proceso revolucionario encabezado por las fuerzas más radicales, que emergieron con el estallido social de 2019 y que llevaron al proceso constituyente cerrado este domingo. También ponen en cuestión la capacidad del gobierno de avanzar en su programa de cambios que prometió al pueblo de Chile.

 Las evidentes debilidades de la más radical dirección política del movimiento social que se expresó en el estallido quedaron en evidencia cuando no tuvieron plan B para presentar una alternativa o disputar la conducción de la salida a la crisis establecida en el acuerdo del 15 de noviembre de 2019. Expresión de ello fueron las crisis en el FA y todas sus organizaciones después de ese acuerdo, la derrota de Jadue en las primarias, la crisis de la Lista del Pueblo en la Convención y en las primarias de 2021, la disolución de la opción Jiles, la impotencia en que se debatió la alianza PC- ex-LP-otros movimientos en la etapa sustantiva del trabajo de la CC fueron expresión de esa debilidad y de su progresiva disolución en el curso de la etapa que abrió el estallido del 19-oct. Los resultados del plebiscito de 2020 y de las elecciones de constituyentes enmascararon estas debilidades y el proceso de disolución que vivían. Sin embargo, su acción logró teñir el proceso constituyente (y el texto final) de un radicalismo vacuo que dañó mortalmente al Apruebo y que fue muy bien aprovechado por la derecha para capturar y movilizar el sentido común de los chilenos.

 Mucho antes del estallido, al calor de las movilizaciones sociales que emergieron en 2006 y que alcanzaron expresiones nacionales en 2011, empezó a construirse la dirección política de un nuevo bloque histórico que comenzaba a gestarse para ocupar el vacío político que dejaba la crisis del bloque histórico que dirigió la transición desde la dictadura pinochetista a la “democracia de los acuerdos”. Parte de esta nueva dirección fue el FA (y toda su prehistoria desde 2006 y antes), sectores del PC que hicieron una experiencia de lucha común con los cuadros que iban a formar el FA y otros sectores independientes, que permanecieron ligados a los movimientos sociales (por ej. Iskia Siches). La trayectoria de este sector desde las luchas de 2006 hasta hoy (15 años) es, probablemente, una de las más fulgurantes en la historia de Chile para una dirección política revolucionaria. 15 años para llegar a la Presidencia y tener importantes representaciones en el Parlamento y en los gobiernos locales (municipalidades). Ni la historia del PC y del PS en Chile se parecen a este proceso del FA. Esto implica el riesgo evidente de la soberbia política y moral que a veces trasuntamos (por ej. Las declaraciones de GJ o actitudes de IS en sus gestiones en el gobierno).

 Al estallido de 2019, la única dirección política que superó el vendaval fue la decisión del ahora presidente Boric de firmar el acuerdo del 15 nov 2019 que dió un espacio para disputar la dirección de las luchas aceleradas por esa explosión. La autoexclusión de los sectores radicales de la lucha institucional dejó sin contrapeso al FA en la izquierda (salvo en la elección de los constituyentes, verdadero canto del cisne para ese sector). De ese espacio en disputa es tributario el actual gobierno, que habla de la capacidad de rehacerse cuando parecía que el FA no tenía las fuerzas (recordar las mofas de Jiles durante la inscripción para las primarias de 2021) y el realismo del PC para evaluar su eventual alianza con el FA. Esta trayectoria desde las luchas sociales hasta el gobierno del presidente Boric generaron la soberbia de la generación de cuadros que forman el FA sobre “lo correcto” de sus decisiones, en circunstancias que la principal de ellas fue resistida mayoritariamente (firma del acuerdo del 15 de nov 2019). Hasta hoy, el presidente Boric sigue siendo quien más conciencia tiene sobre la necesidad de buscar alianzas hacia otros sectores de la izquierda y el centro. Todavía tenemos resistencias internas a esos cursos de acción.

 El resultado de hoy es una prueba, una más, de que la sociedad chilena se parece más a las sociedades descritas por Gramsci cuyo poder es un conjunto de “trincheras y casamatas” que requiere ser enfrentado con una “guerra de posiciones” para construir una nueva hegemonía previa a la toma del poder, a diferencia de sociedades donde la toma del poder precede a la construcción de la nueva hegemonía (como la Rusia zarista). Esta realidad, y los resultados del plebiscito de hoy, requiere que NUESTRA caracterización de la sociedad chilena y de sus correlaciones de fuerza actuales sean precisadas al máximo para fundar una política revolucionaria eficaz, que permita realizar la victoria del estallido social de 2019 y que hoy se frustró con la masiva derrota del Apruebo.

 Es posible pensar que la derrota de hoy revierte el proceso de flujo de la lucha de clases que vivimos desde 2019 y que nos enfrentaremos a un proceso de retroceso donde es la reacción (la alianza del Rechazo) la que impone la iniciativa, sobre todo cuando el gobierno comprometió parte importante de su programa a la victoria del Apruebo, al tiempo que los sectores populares abandonen la palestra política y se sumen en la lucha individual por la sobrevida. Afortunadamente, el adversario aún debe consolidar su nueva alianza y acordar un programa que se haga cargo de la crisis para aspirar a un nuevo gobierno en 2026. La disputa por el centro, partiendo por el PS y llegando hasta el PDC, será un elemento central de la política en los próximos años donde los avances de estos años (paridad, estado social de derechos, ecologismo, descentralización y pueblos originarios) puedan aún materializarse en una nueva propuesta constitucional, pero en fórmulas desprovistas de la radicalidad rimbombante que le imprimió la propuesta de la CC.

 La necesidad de revisar el programa de gobierno y la gestión de los años por delante es una tarea urgente para foguear a nuestros cuadros en la flexibilidad y humildad frente a las realidades de la correlación de fuerzas y mantener nuestros lazos con el pueblo. Construir un recuerdo en la gente como el que generaron los gobiernos radicales de Aguirre Cerda y Ríos o el de Allende, que “hicieron algo por los desposeídos de este país”. Ese es un mínimo para fortalecer nuestros lazos con los sectores populares en una perspectiva de largo plazo.

 La de hoy es un dura derrota para el proyecto de un nuevo bloque histórico de carácter popular y revolucionario, cuyas aspiraciones de cambio pueden verse frustradas si es que no somos capaces de construir un aprendizaje honesto y sincero de las debilidades que la provocaron, y que hunde raíces en nuestras políticas como FA y como CS.

 No desarrollar este proceso es facilitar la reconstrucción del bloque histórico Derecha/Concertación y que seamos relegados a un espacio de lucha testimonial identitaria (minoritario) y no por la construcción de una nueva hegemonía y, por lo tanto, por el poder material y moral de las mayorías para llevar adelante un proceso revolucionario verdadero que favorezca a los trabajadores y pobres de Chile.

Raúl Espinoza Muñoz, comunal Providencia CS

Domingo, 4 de septiembre de 2022

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