La inteligencia artificial suele presentarse como un fenómeno técnico, un asunto de algoritmos y centros de datos. Sin embargo, lo que está en juego en Chile y Latinoamérica va mucho más allá de la capacidad de cálculo: se trata de soberanía, de modelos de desarrollo y de la manera en que nuestras sociedades deciden relacionarse con una tecnología que, a la vez que promete eficiencia, amenaza con consolidar dependencias.
Durante décadas, el destino tecnológico de nuestra región estuvo atado a lo que ocurría en Silicon Valley, Shenzhen o Múnich. Hoy, por primera vez, Chile está dando pasos concretos para construir capacidades propias. No se trata de autarquía, sino de asegurar que las decisiones sobre cómo usamos la IA respondan a nuestros contextos culturales, normativos y sociales.
Supercómputo para el bien común
El Centro de Supercómputo e Inteligencia Artificial Aplicada (CSIAA), con sede en Valparaíso, es quizá la apuesta más ambiciosa en esta dirección. Más que un conjunto de servidores de alta gama, el proyecto busca levantar un ecosistema donde universidades, pymes, startups, instituciones públicas y grandes empresas puedan acceder a cómputo avanzado en condiciones seguras y acompañadas.
El CSIAA nació de una convicción simple: la potencia de cálculo no puede quedar monopolizada por un puñado de corporaciones extranjeras. La infraestructura que entrará en operación en 2026 apunta a que investigadores de regiones, municipalidades y empresas medianas tengan la posibilidad de experimentar y escalar proyectos de IA sin quedar atrapados en contratos opacos con proveedores externos.
El riesgo de que la IA se convierta en un nuevo extractivismo —donde lo que exportamos no son minerales sino datos— está sobre la mesa. La respuesta pasa por generar entornos locales de experimentación, gobernados con criterios públicos y diseñados para fortalecer a las comunidades que los utilizan.
Comunidades que se piensan a sí mismas
La infraestructura sin comunidad es solo un cascarón. Por eso, en paralelo, surgió LATAM AI, una red abierta con más de 1.700 miembros que intercambian recursos, resuelven dudas y comparten aprendizajes en torno a la inteligencia artificial. El valor de este espacio no es la espectacularidad, sino la cultura que promueve: colaboración en lugar de competencia ciega, inclusión en lugar de elitismo tecnológico.
En Chile, la articulación tomó forma también con la creación de la Cámara Chilena de Inteligencia Artificial (CCHIA), de la que fuimos impulsores fundadores. Su misión no es solo representar intereses sectoriales, sino conectar talentos, capital e infraestructura bajo un marco ético compartido. El Co-Lab 2025 —un encuentro en formato World Café— reunió a actores públicos, privados y académicos para co-diseñar la hoja de ruta del primer año, explorando incluso la posibilidad de un Pacto Ético de IA – Chile.
Que la Cámara haya nacido con esa vocación ética no es un detalle. En un campo dominado por promesas de eficiencia y crecimiento económico, poner la ética al centro es, en realidad, un gesto político.
Latam-GPT y la soberanía de los datos
Un tercer frente clave es el de los modelos de lenguaje. El proyecto Latam-GPT, coordinado por el Centro Nacional de Inteligencia Artificial (CENIA) junto a más de 30 instituciones de la región, busca entrenar el primer gran modelo abierto de y para Latinoamérica. La idea es sencilla y a la vez revolucionaria: si los modelos globales alucinan cuando se les pregunta por nuestra historia o cultura, ¿no deberíamos construir uno que sí comprenda nuestros matices?
La primera versión del modelo está prevista para 2025 y su desarrollo se apoya en un corpus de más de 8 terabytes de texto proveniente de bibliotecas, universidades y organismos civiles de la región. No es un intento por competir con los gigantes de Silicon Valley; es un acto de soberanía cultural y científica.
En este punto la dimensión política se vuelve ineludible: ¿seguiremos usando sistemas que desconocen nuestras realidades o construiremos herramientas que nos representen de manera justa? Latam-GPT es una respuesta colectiva a esa pregunta.
Trabajo y formación con reglas claras
La expansión de la IA no solo impacta en infraestructura o modelos de datos. También transforma el mundo laboral. En Chile, gracias al trabajo de ChileValora, se aprobaron cinco perfiles ocupacionales en IA: Auditor(a) de Ética, Consultor(a) de Transformación, Especialista de Datos, Especialista en Interacción con IA Generativa y Programador(a) de IA.
Que el país cuente con estos perfiles es un avance mayor. No hablamos de cursos sueltos ni de promesas de “capacitación exprés”, sino de estándares nacionales que fijan competencias, ámbitos normativos y condiciones de desempeño. Desde JhedAI hemos participado en las mesas que dieron origen a estos perfiles y nos hemos acreditado como evaluadores, convencidos de que sin evaluación independiente la ética queda en un plano meramente retórico.
El reconocimiento formal de competencias no solo protege a las y los trabajadores; también da certezas a empresas, organismos públicos y a la sociedad en su conjunto.
Ética: más que un apéndice
Hablar de ética en inteligencia artificial no puede reducirse a un par de buenas intenciones. Implica definir metodologías para evaluar riesgos, mitigar sesgos, monitorear el desempeño y garantizar transparencia. Implica también reconocer que la ética no es un lujo académico, sino un requisito para que la tecnología sea legítima.
En la CCHIA hemos impulsado la idea de un pacto ético transversal, elaborado de forma colaborativa, como un marco de principios orientadores que trascienda a gobiernos de turno y a intereses de corto plazo. Porque lo contrario —dejar la ética a discreción de cada empresa— equivale a privatizar la noción misma de responsabilidad.
Lo que está en juego
El camino que Chile tome en inteligencia artificial no es neutro. Si reducimos la conversación a “adoptar rápido” y aplaudir cada novedad importada, corremos el riesgo de ser simples usuarios pasivos. Pero si apostamos por cómputo accesible, modelos propios, comunidades inclusivas, perfiles laborales sólidos y estándares éticos verificables, podremos decidir en qué dirección queremos caminar.
La IA no es un destino inevitable: es un campo de disputa. Y de cómo se resuelva dependerá que se convierta en herramienta de emancipación o en un nuevo mecanismo de dependencia.
Epílogo: una invitación
Escribo estas líneas no solo como parte de JhedAI, sino como ciudadano convencido de que Chile y Latinoamérica deben tener voz propia en la era de la inteligencia artificial. Invito a universidades, sindicatos, gremios, municipios, pymes y organizaciones sociales a sumarse. A cuestionar, a auditar, a co-crear.
La soberanía tecnológica no significa cerrar fronteras, sino abrir espacios de decisión democrática sobre qué IA queremos y bajo qué principios la vamos a construir.
Julio Hofflinger es Director de Operaciones de JhedAI
