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Chile, No Alineamiento Activo y los desafíos del tiempo presente. Por Carlos Fortin, Jorge Heine y Carlos Ominami

El 5 de agosto de 2026 la Cancillería anunció que Chile se retiraba del Movimiento de Países No Alineados (NOAL), fundado en 1961, integrado por 120 estados miembros, y al cual Chile pertenece desde 1971. La razón aducida para ello fue que la entidad se habría creado “en otro contexto global y no responde a los nuevos desafíos y a la nueva realidad actual”. Esto hace surgir más preguntas que respuestas.

Dados los enormes cambios ocurridos en el nuevo siglo, en que confluyen profundas alteraciones en el orden global, en la geopolítica y la geoeconomía, así como en la tecnología, la gran mayoría de los organismos y entidades internacionales existentes están teniendo dificultades en adaptarse a estos cambios. Lejos de ser razón para dejarlos, ello debería ser motivo para reforzar la participación de Chile en ellos para contribuir a superar lo que se ha denominado la policrisis que afecta al sistema internacional. Esto es especialmente cierto para Chile, cuya economía abierta y modelo de desarrollo exportador lo hacen depender decisivamente de su inserción internacional y de los avatares de la economía mundial.

Dicho eso, poca duda cabe que el NOAL no es lo que fue en la época de su apogeo en las décadas de los sesenta y setenta. Chile tampoco ha jugado un papel especialmente significativo en el movimiento después de su reincorporación al mismo como miembro pleno en 1990. De hecho, la sugerencia de varios miembros que Chile hiciera de anfitrión de la cumbre de 1992 no fue acogida, y Chile ha expresado sus reservas respecto de numerosas resoluciones de las cumbres de la entidad.

Sin embargo, el minimizar sin más el papel del NOAL refleja una miopía digna de mejor causa. Uno de los principios básicos de la política exterior de Chile ha sido vincularse con la mayor cantidad de países. Con 120 miembros, en su mayoría de Africa y Asia, el NOAL, continentes en los que el número de embajadas de Chile es limitado. En el Africa subsahariana Chile tiene apenas dos embajadas (en Pretoria y el Nairobi), en un continente de 54 estados. En Asia del Sur, una región de 1700 millones de habitantes, una. En Asia Central, ninguna. Para estos efectos, el NOAL provee un “club” ideal para interactuar con los países emergentes del planeta. Salirse del mismo es darles una bofetada en la cara.

El auge del Sur Global

Como si esto fuese poco, nos encontramos en pleno auge del Sur Global, esto es, de los países de Africa, Asia y America Latina. Según varias proyecciones, en 2050, siete de las economías Top Ten serán no-occidentales, y solo una europea. Como señala un informe reciente de la CEPAL, si en el año 2000, el G7, el club de países más desarrollados representaba un 44% del PIB global (medido en términos de paridad de poder adquisitivo), esto bajó al 30% en 2024; en cambio, en el Sur Global subió de 43% a 61%. Algo similar puede decirse de las exportaciones de bienes y servicios, en que la cuota de participación del G7 cayo de 48% en el 2000 a 31% en 2024, mientras y la del Sur Global aumento de 31% a 42%.

Todo eso ha llevado a una reconfiguración de los flujos internacionales de comercio e inversión. Mientras en 1970 el comercio Sur-Sur era apenas un 20% del comercio total, hoy representa más del 50%. Lo mismo puede decirse de los flujos de inversión extranjera directa (IED). En materia de población, desde luego, las cifras son aun mas decidoras. Mientras la población del G7 representa hoy apenas un 10% del total, la del Sur Global es de un 87%. En 2050 se proyecta que la población de África llegará a los 2500 millones, y uno de cada cuatro seres humanos será africano.

En ese sentido, el pretender que los países del Sur no cuentan, que es el mensaje que transmite el retiro de Chile del NOAL, es mirar el mundo por un espejo retrovisor. Irónicamente, va también en contra de los anuncios de diversificar nuestras relaciones exteriores. El salirse del NOAL hace todo lo contrario: concentrar nuestros lazos con los socios tradicionales de siempre, EE. UU. y Europa. Por otra parte, en esa supuesta política de diversificación de nuestras relaciones exteriores se habla mucho de estrechar lazos con India, destino de uno de los primeros viajes al exterior del canciller Pérez Mackenna. India, desde luego, es el país cuna del NOAL, cuyo campeón fue el primer ministro Jawaharlal Nehru y que hasta hoy aplica una política no alineada. ¿Es salirse del NOAL la mejor manera de estrechar lazos con India? La paradoja no podría ser más evidente.

Un alineamiento no correspondido

Todo indica que las razones para salirse del NOAL responden a un malentendido afán de congraciarse a como dé lugar con Estados Unidos e Israel, países indicados por el gobierno del presidente Kast como sus grandes prioridades de política exterior. EE. UU. e Israel siempre han tenido en la mira al NOAL, y el que Chile lo abandone es una señal de aun mayor acercamiento a los gobiernos del presidente Trump y el primer ministro Netanyahu. El problema es que este enfoque, lejos de promover el interés de Chile, es contraproducente.

Después de una visita a Washington en que se reunió con el secretario de Estado Marco Rubio, y que el canciller Pérez Mackenna declarase que EE. UU. era “el principal socio estratégico de Chile”, el 23 de julio el gobierno de EE. UU. le impuso a Chile un arancel de un 12.5%. Este es superior al impuesto a Argentina y a Ecuador, países que no tienen TLC con EE. UU., y que Chile si tiene— ya por más de veinte años, y el más antiguo de Sudamérica. Las razones esgrimidas para ello—que Chile no tendría mecanismos legales para prevenir el trabajo forzado (presumiblemente para proscribir las importaciones de países con esas prácticas laborales, ya que en Chile no existen) — no resisten mayor análisis y van en contra de las disposiciones de la Organización Mundial de Comercio.

Al desconocer la vigencia del TLC con Chile, EE. UU. dispara un cañonazo bajo la línea de flotación de nuestra economía. Durante ya más de tres décadas, Chile ha descansado en el libre comercio y en la firma de estos tratados para promover el crecimiento económico y el desarrollo. Esto ha estado anclado en un modelo de desarrollo exportador que depende del acceso preferencial a los principales mercados. De hecho, es el país que más TLCs ha firmado—35 de ellos, con 65 países—algo que ha dado un gran impulso a las exportaciones, que han pasado de 9 mil millones de dólares en 1990, a una cifra récord de 107 mil millones en 2025. Ello le ha permitido a Chile constituirse en el país mas desarrollado de la región, de acuerdo con el Índice de Desarrollo Humano (IDH) de la ONU. El desconocer el tratado, y sustituirlo por un tipo de acuerdo absolutamente unilateral como un Acuerdo Reciproco de Comercio (ARC) que es lo que han planteado los negociadores del Representante de Comercio de los EE. UU. (USTR, en la sigla en inglés), significaría desmantelar todo el aparataje de comercio exterior construido por Chile a lo largo de décadas. Y como si esto fuese poco, el 13 de agosto, un informe de la Oficina de Comercio y Política Manufacturera (OTMP, en la sigla en inglés) del gobierno de los EEUU, titulado “La Gran Estafa del Transbordo”, incluye a Chile en una lista de 40 países que serían parte de una red internacional supuestamente usada por empresas chinas para eludir aranceles estadounidenses, informe respecto del cual jamás se le hizo consulta alguna al gobierno de Chile, ni incluye ejemplos concretos de ello.

Las razones para este trato a Chile por parte de la administración Trump no son difíciles de adivinar. Aun desde antes de asumir la presidencia, como presidente-electo José Antonio Kast manifestó su apoyo incondicional a las políticas de Trump, algo que ha continuado después de haber llegado a La Moneda. Endoso el ataque de EEUU a Venezuela el 3 de enero de 2026 y el secuestro del presidente Maduro y su esposa; respaldo la revocación por parte del Departamento de Estado de las visas de tres autoridades del Ministerio de Transportes de Chile, por el mero hecho de considerar una solicitud de la empresa China Mobile para instalar un cable de fibra óptica entre Valparaíso y Hong Kong; se expresó a favor del ataque de EEUU e Israel a Irán el 28 de febrero, diciendo que siempre respaldaría “la libertad”; asistió a la cumbre Escudo de las Américas realizada en Miami el 7 de marzo, como único presidente no en funciones en hacerlo. El declarar a EE. UU. como “socio estratégico principal” (y hacerlo en el mismo Washington), y el retiro del NOAL son parte del mismo libreto.

Esto tiene un nombre: es alinearse con EE. UU. “contra viento y marea”. Y los resultados están a la vista. Una vez que la política exterior de un país se subordina a la de una gran potencia, solo le queda seguir instrucciones. El entreguismo no blinda contra medidas arbitrarias. Por el contrario, solo despierta el apetito por mayores exigencias. A los subordinados no se les consulta, simplemente se les ordena.

El No Alineamiento Activo como alternativa

Lo que requiere la actual coyuntura internacional, marcada por una policrisis de múltiples dimensiones, pero en la cual la fuerza motriz de la política mundial sigue siendo la pugna entre EE. UU. y China, es algo muy distinto. Nos referimos a lo que hemos denominado No Alineamiento Activo (NAA). Con ello aludimos a una política exterior que pone el interés nacional en el centro y se niega a abanderizarse con alguna de las grandes potencias en pugna. El NAA provee una guía para la acción, una brújula para navegar las turbulentas aguas de un mundo en cambios acelerados.

El NAA toma una pagina del Movimiento de Países No Alineados, pero lo adapta a las realidades del nuevo siglo. En este, el auge de los gigantes asiáticos (China e India) y del Sur Global en su conjunto han llevado a reemplazar la diplomatie de cahiers des doleances del antiguo Tercer Mundo por la “diplomacia financiera colectiva” de entidades como el Banco Asiático de Inversión e Infraestructura (BAII), del cual Chile es miembro, y el Nuevo Banco del Desarrollo (el así llamado “Banco de los BRICS”).

El NAA, sin embargo, no implica neutralidad, un término derivado del derecho internacional que se refiere a una cierta posición de terceros ante un conflicto bélico, con una fuerte connotación de pasividad. El NAA tampoco significa equidistancia entre ambas grandes potencias. En ciertos temas se puede estar más cerca de una potencia, en otros de otra. Por ejemplo, en materia de democracia y derechos humanos es posible (aunque algunos dirían que cada vez menos) estar más cerca de EE. UU., mientras que en materias de comercio y tecnología para un país como Chile se estaría más cerca de China. El énfasis esta en el calificativo “activo”, que alude a una permanente búsqueda de oportunidades en el escenario internacional para maximizar las mejores condiciones que se pueden generar en el mismo. Esto lo diferencia del antiguo no alineamiento, que tenía un carácter más bien defensivo, ante los peligros que encarnaba la competencia entre capitalismo y comunismo en los albores de la era nuclear.

En contra de lo que sostiene la sabiduría convencional, la pugna entre los EE. UU. y China por la primacía mundial ofrece oportunidades no menores a los países en vías de desarrollo. Es cierto que hay similitudes entre la situación actual y lo ocurrido en la Guerra Fría, en la segunda mitad del siglo pasado, en la pugna entre EE. UU. y la URSS. Sin embargo, hay al menos dos diferencias cruciales: mientras la economía soviética era una economía cerrada y de tamaño muy inferior a la estadounidense, ello no es el caso de la economía china, en varios aspectos más abierta que la estadounidense, y que hoy representa un 19% del PIB mundial versus un 25% de la de EE. UU. A su vez, la economía global es hoy mucho más interdependiente que la de la época de la Guerra Fría.

El “momento unipolar” de predominio exclusivo de los EE. UU., propio del periodo de la post Guerra Fria, ha cedido el paso a uno en que prima una mayor dispersión del poder, pero no sin una cierta dinámica bipolar, de competencia entre EE. UU. y China. Tanto Washington como Beijing compiten por los corazones y las mentes de los pueblos y los gobiernos del mundo, lo que abre posibilidades insospechadas para los países del Sur Global. Al mismo tiempo, estos sienten que el orden global existente no responde a sus necesidades, y a la urgencia de impulsar el multilateralismo en áreas como los derechos humanos, el medio ambiente y la gestión de los bienes públicos globales.

Estrategia y táctica

Mas allá de sus principios orientadores, ¿en qué se traduce el NAA? Lejos de quedarse en la mera retórica, se trata de una doctrina que entrega instrumentos para su aplicación y enfrentar así de mejor manera las difíciles situaciones propias de un mundo cada vez más turbulento e impredecible.

Lo que podríamos llamar la “gran estrategia” del NAA radica en “tantear el terreno”. Esto significa explorar las alternativas que presentan cada una de las grandes potencias para determinados proyectos o iniciativas. Y esto dice relación con las diferentes prioridades de las grandes potencias y las de los países en desarrollo. Para las primeras, su mayor prioridad es su capacidad y poderío militar, para lo cual la principal amenaza proviene otras grandes potencias. Para los países en desarrollo, como Chile, la mayor prioridad es su progreso y avance económico, que le permita subir el nivel y la calidad de vida de su población. En situaciones de competencia entre una potencia que ve amenazada su hegemonía (como es el caso de EE. UU. hoy) y otra en ascenso (como China en la actualidad) lo que se suele dar es que la primera, frustrada ante sus retrocesos a nivel global, se vuelca hacia adentro, abandonando los deberes propios de la hegemonía. Ello la lleva a erigir barreras proteccionistas, a políticas antiinmigrantes y a dejar de contribuir a los bienes públicos globales, que es exactamente lo que EE. UU. está haciendo durante la segunda presidencia de Donald Trump.

La potencia en ascenso, a su vez, tiene todos los incentivos para ocupar los espacios que con ello se van desocupando. Esto abre oportunidades para los países en desarrollo. Prueba al calce es la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Este es el mayor proyecto de la política exterior china en este siglo. China invirtió más de un billón de dólares en su primera década (2013-2023) en proyectos de infraestructura y conectividad física y digital, en gran parte en el Sur Global, Desde hacía varias décadas, tanto EE. UU. como Europa habían abandonado la cooperación internacional en áreas “duras” como la infraestructura, prefiriendo áreas “blandas” como salud, educación y el combate a la pobreza.

Y si la “gran estrategia” del NAA es “tantear el terreno”, la táctica de esta doctrina es el “buscar cobertura” (hedging, en inglés). Este consiste en un punto intermedio entre las dos respuestas clásicas señaladas en la literatura de las Relaciones Internacionales sobre el cómo interactúan los estados: el “balanceo” (esto es, el resistir) y el “seguidismo” (el “subirse al carro” del otro, y dejarse llevar). El “buscar cobertura” es la mejor manera de lidiar con situaciones de alta incertidumbre como la del mundo de hoy, en que el fantasma de la guerra nuclear ha vuelto a levantar su fea cabeza. No constituye un rechazo frontal a las políticas de las grandes potencias (lo que sería muy peligroso), ni tampoco darles el amen en todo. Significa “cubrirse las espaldas”, emitir señales contradictorias, de ser necesario, dar un paso adelante y luego dos atrás, y ser ambiguo. Esto es, desde luego, todo lo contrario del accionar diplomático de Chile en el gobierno del presidente Kast. Este se ha identificado en cuerpo y alma con la política exterior de los Estados Unidos, con las consecuencias del caso.

Chile en la hora de los hornos

El problema es que una vez que se toma este camino es muy difícil dar marcha atrás, dado el efecto “trayectoria de ruta”. Así, la cumbre “Escudo de las Americas” presidida por Donald Trump y realizada en Miami en marzo pasado, a la que Kast asistió con tanto entusiasmo, pese a las prevenciones expresadas en Chile, fue seguida en agosto en Panama por una reunión de ministros de defensa de las Américas, con la participación de 19 países, incluyendo a Chile. En ella el secretario de defensa de los EE. UU. Pete Hegseth, les leyó la cartilla a los ministros presentes. Sin quedarse en chicas, sus exigencias incluyeron el inicio de operaciones cinéticas conjuntas de las FFAA de EE. UU. y los países de la región contra el narcotráfico; un aumento exponencial en el gasto de defensa, del promedio actual entre el 1 y 2% del PIB, a niveles entre el 3 y el 5%; y que los países de la región se retiren del Tribunal Penal Internacional (TPI).

Como es evidente, ninguna de estas demandas sería fácil de cumplir para el gobierno de Chile. Las Fuerzas Armadas se oponen a participar en el combate al narcotráfico, y más aún a hacerlo en operaciones cinéticas como las realizadas por la Marina de los EE. UU. en el Caribe y el Pacifico Oriental en meses recientes, con el hundimiento de 67 embarcaciones y 220 muertes. Si hay algo que el gobierno de Chile presumiblemente no le gustaría ver es el bombardeo de barcos pesqueros chilenos frente a las costas de Iquique y Antofagasta. Y habría que preguntarle al ministro de Hacienda Jorge Quiroz su opinión acerca de asignar entre 7 y 10 mil millones de dólares adicionales anualmente al sector defensa y el efecto que ello tendría en el déficit fiscal. A su vez, el salirse del TPI, (para entrar al mismo, Chile modificó la Constitución) son palabras mayores, que no tienen relación alguna con el sector defensa, pero sí con la vigencia de la justicia penal internacional, que EE. UU. parece decidido a borrar del mapa. En todo caso, su mero planteamiento refleja la escalada de demandas de la administración Trump, que parecieran no tener límite.

Dicho esto, la reacción del ministro de Defensa de Chile, Fernando Barros, a la invocación de la Doctrina Monroe por el secretario Hegseth, diciendo que “no somos el patio trasero de nadie”, y sus reservas respecto del uso de las Fuerzas Armadas en el combate al narcotráfico, y sobre el aumento en el gasto de defensa, son reveladoras. Ellas reflejan el grado al cual en el propio gobierno se han dado cuenta que este alineamiento no correspondido con EE. UU. ha significado que les salga el tiro por la culata. Lejos de traer beneficios a Chile, ha conllevado solo perjuicios, comprometiendo el interés nacional.

Hay buenas razones por las cuales una política de No Alineamiento Activo, que por lo demás corresponde a las mejores tradiciones de la política exterior chilena, sería tanto más adecuada para los tiempos que corren.

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