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Chile, país de tribus: por qué nadie quiere a los libre pensadora/es. Por Mónica Vargas

En Chile ocurre algo curioso: quienes intentan pensar fuera de la caja, fuera de bandos, políticos, territoriales, temáticos, etc. terminan incomodando a todos. No importa si quien discrepa se sitúa más bien a la izquierda o de la derecha, o entre conservadores o de progresistas; el problema es no pertenecer claramente a ninguna tribu. En un país que se describe a sí mismo como plural y democrático, el espacio para los divergentes parece sorprendentemente estrecho o están situados más bien en la periferia.

Una forma de entender este fenómeno es mirar cómo operan las ideologías en la vida social. No funcionan solo como sistemas de ideas, sino también como mecanismos de pertenencia y prácticas sociales. El texto Proceso de segregación, tribalización: ideología como doxa y/o hegemonía que escribí hace ya algunos años, plantea que las ideologías pueden transformarse en marcos culturales que organizan la vida colectiva y definen lo que se considera legítimo o inaceptable. Cuando esto ocurre, las ideas dejan de verse como posiciones discutibles y pasan a percibirse como “sentido común” inapelable, pero por ello con pocas posibilidades de establecer consensos entre diversos. Las posturas se convierten en trincheras y los otros se dividen entre aliados y enemigos, la situación se polariza y la legitimidad de la democracia se fractura, dado que su esencia es justamente la diversidad de miradas y la posibilidad de consensos. Estos elementos que cada tribu considera como “obvios” inapelables”, de “sentido común” lo que Piere Bourdieu llama doxa: prácticas naturalizadas, y de tan naturalizadas incuestionadas. En ese punto, la ideología se vuelve invisible, pero extremadamente poderosa. Define qué discursos son razonables y cuáles resultan desviados. En términos políticos, esto se relaciona con la hegemonía cultural, es decir, la capacidad de ciertos grupos para instalar su visión del mundo como el marco dominante de interpretación social.

Cuando las sociedades se organizan en torno a hegemonías en disputa, aparece un fenómeno que he denominado “tribalización de la sociedad”. Cada grupo desarrolla sus propios relatos, identidades y enemigos simbólicos. Lo que importa no es tanto el contenido de las ideas como la fidelidad al grupo. Las identidades políticas comienzan a funcionar como comunidades de pertenencia más que como espacios de deliberación, este fenómeno nos recuerda la película “La Ola” de Deninis Gansel, si no la ha visto se la recomiendo.

En Chile esta lógica no solo está en el plano simbólico sino además una dimensión territorial. Mi tesis doctoral sobre la estructura social urbana muestra que la segregación espacial en ciudades como Santiago contribuye a la formación de lo que se denomina un “habitus territorial”: prácticas y percepciones que reproducen la separación entre grupos sociales. Esta dinámica genera incluso una “doxa de la segregación”, donde la desigualdad espacial se naturaliza y pasa a ser parte del orden cotidiano. En ese mismo trabajo propongo el concepto de “capital territorial” para explicar cómo el lugar donde se vive puede funcionar como un recurso de poder social. No se trata solo de ingresos o educación: el territorio también define redes, oportunidades y legitimidad social, reforzando las fronteras simbólicas entre élites y no élites. Pero dentro de los territorios, también se establecen diferenciaciones, edad, género, ingresos, etc.

En otras palabras, la tribalización de nuestra sociedad no es únicamente ideológica. También es espacial y cultural. Las tribus no solo piensan distinto: habitan espacios distintos, consumen medios distintos y construyen relatos distintos sobre el país.

En ese contexto, el divergente resulta problemático. El que no se alinea con una narrativa clara rompe la lógica tribal. No confirma los prejuicios del propio grupo ni encaja en las categorías del adversario. Es incómodo porque introduce ambigüedad en un entorno que exige definiciones rápidas: “¿de qué lado estás?”.

Paradójicamente, en sociedades altamente polarizadas el divergente suele ser percibido como sospechoso por todos los bandos. Para unos es tibio; para otros, cómplice del enemigo. Al no pertenecer a ninguna tribu claramente identificable, queda fuera de los circuitos de reconocimiento político.

Pero la historia intelectual sugiere algo distinto: muchas transformaciones culturales han surgido precisamente desde esos márgenes. Los heterodoxos, los disidentes y los inconformistas, los libre pensadores, suelen ser quienes cuestionan las certezas dominantes y abren nuevas formas de pensar. Quizás la pregunta no es por qué Chile rechaza a los divergentes, sino qué revela ese rechazo sobre nosotros mismos. Tal vez muestra que seguimos siendo una sociedad donde la pertenencia pesa más que la argumentación, donde las identidades colectivas sustituyen al debate.

Si es así, el desafío no consiste en eliminar las tribus —algo probablemente imposible por lo consolidadas que hoy están—, sino en ampliar el espacio de intersección entre ellas de modo tal de hacer funcionar un verdadero sistema democrático. El desafío es entonces construir ese espacio incómodo donde la gente puede pensar, dudar y disentir y sobre todo llegar a consensos civilizatorios mínimos que permitan la convivencia pacífica, sin que nadie sea obligado a escoger bando.

Porque una democracia madura no se mide por la fuerza de sus tribus, sino por la libertad que concede a quienes no quieren pertenecer a ninguna y por el logro de consensos.

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