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Chile, Síntoma Particular de la Enfermedad Universal. Por Nicol A. Barria-Asenjo

La desvalorización con frecuencia creciente que se le dio o se le da al discurso del sujeto, tuvo su climax en proceso histórico relativo a la biologización de la patología, el paso del siglo XIX al siglo XX, trajo consigo una verdadera revuelta de lo objetivo por sobre lo subjetivo. En este sentido, el síntoma, la palabra, la normalidad, anormalidad, la cura, la escucha y otros tantos significantes comenzaron a quedar en un campo minado donde el paso de la historia les ha ido quitando un poco del polvo bajo el cual dormían. Es junto con la llegada del concepto “biopsicosocial” (Borrell, 2002) que la palabra, la subjetividad y el discurso del sujeto toma nuevamente un espacio efímero entre el voraz modelo biomédico dominante.

Es menester esclarecer que si bien el paso del siglo XX al siglo XXI trae consigo algunos atisbos de esperanza frente a la problemática, tampoco es razón de ser optimistas pues, todos los fenómenos que guardan relación al ser humano siguen siendo principalmente entregados con mayor potencia a la medicina, prevaleciendo la negativa ante cualquier inclusión de lo subjetivo.

Pese al paso del tiempo, es el discurso medico el discurso hegemónico, el que finalmente termina determinando los criterios de normalidad o anormalidad, y por tanto, es el discurso medico, científico y especializado el mejor aliado al modelo neoliberal, pues, reestructura una y otra vez sus limites para acoger las exigencias ideológicas que el mundo contemporáneo tiene.

La división de los individuos según los parámetros impuestos por este discurso genera problemas socio-políticos y es otra variable importante a considerar frente al fenómeno de la inequidad social y la segregación.

Desde la ruptura histórica, teórica y practica que tuvo lugar con el giro de paradigma medico o psiquiátrico hacia una forzada incorporación del método psicoanalítico[1], comenzaron a aparecer nuevos elementos y perspectivas que propiciaron antagonismos en todas las esferas que componen el quehacer profesional y humano que en aquella época tenia lugar y no solo en aquella época sino también en la nuestra. La cuestión es definida por Roberto Aceituno (2001) de la siguiente manera:

La praxis freudiana supone una interrogación crítica sobre el sujeto en la cultura. Ya sea que se plantee en una perspectiva metapsicológica, antropológica o nosológica, la clínica psicoanalítica implica una aproximación a lo que en cada sujeto, y en el contexto socio-cultural donde éste existe, se produce como discurso. Este estatuto, a la vez singular y social de la práctica del análisis, ha sido retomado por diversos autores postfreudianos, y alcanza una expresión específica en el privilegio otorgado por Jacques Lacan a la función  de la palabra en la estructura inconsciente, así como al carácter discursivo de la relación al Otro relación definida como búsqueda de un saber que encuentra ahí sus propios límites. Decir que la teoría psicoanalítica es una teoría critica sobre el sujeto en su alteridad fundamental, acarrea consecuencias para la manera como puede ser considerado el trabajo clínico, que es su soporte específico (P. 112)

En la actualidad, podemos encontrar las mismas resistencias que el dispositivo tuvo desde el momento de su fundación, resistencias que el mismo Freud analizo como parte de la misma existencia y persistencia de su enfoque psicológico.

En este breve comentario no pretendemos realizar un recorrido histórico exhaustivo sobre los debates constantes que el movimiento psicoanalítico tuvo y tiene, sino más bien, ha salido a colación a la luz de la necesidad de incorporar el concepto “síntoma” desde una matrix teorice-conceptual que sea capaz de sostenerlo, porque, en retrospectiva, podemos asegurar que el psicoanálisis[2] tuvo su nacimiento gracias al síntoma, para ser mas específicos al síntoma que Freud descubrió e indagó en sus histéricas.

Por ejemplo, en el texto “Pacientes policonsultantes: ¿un síntoma del sistema de salud en Chile?” (Miranda y Saffie, 2014) encontramos una indagación rigurosa a propósito de los retos actuales que el sistema de Salud chileno tiene y mantiene. Este escenario nacional se caracteriza por un aparente vacío asistencial que tiene su nido, quizás, en los alcances y limites que el modelo biomédico incorpora en tanto perspectiva censuradora de la subjetividad.

La capacidad excluyente de dividir cuerpo y mente, cuerpo y discurso, síntoma[3] y evidencia, es uno de los conflictos que se presentan al tratar de entender la realidad de los pacientes “policonsultantes”, variables subjetivas e inalcanzables para el modelo medico hegemónico en nuestro país.

Sin duda, este conflicto responde a una realidad particular y especifica. Sin embargo, también es capaz de extrapolarse a la realidad universal que subyace en los rincones de los sistemas de salud a nivel global. A propósito de lo expuesto, encontramos en palabras de Brown (1995) lo siguiente:

      La construcción social del diagnóstico y la enfermedad es un tema central de organización en la sociología médica. Al estudiar cómo se construye socialmente la enfermedad, examinamos cómo las fuerzas sociales dan forma a nuestra comprensión y acciones hacia la salud, la enfermedad y la curación. Exploramos los efectos de la clase, la raza, el género, el lenguaje, la tecnología, la cultura, la economía política y las estructuras y normas institucionales y profesionales en la conformación de la base de           conocimientos que produce nuestras suposiciones sobre la prevalencia, la incidencia, el tratamiento y el significado de la enfermedad (Traducción personal, Brown, P. 1995, p.34)

Tal como menciona el autor esta problemática no es un fenómeno aislado, está enlazado con las fuerzas sociales y, por tanto, con el complejo entramado ideológico imperante que es finalmente el ente encargado de producir los espacios de movimientos que los modelos pueden o no tener.

Esta perspectiva teórica concerniente a la variabilidad de síntomas que se pueden encontrar en un paciente, puede a su vez enlazarse con una problemática de índole socio-política, siendo este el objetivo que hemos de tener en esta reflexión.

Ese intento de dividir cuerpo y mente, ese intento desesperado por extinguir cualquier comprensión holística del individuo es lo que también se ve en los intentos de fragmentación y división popular, social, cultural, política y económica. La unidad de las masas sociales es un proyecto que las fuerzas políticas, la elite económica y la política misma intentan evitar.

Por ejemplo, en el caso chileno el reciente estallido social del 18 de octubre del 2019, respondió a un cumulo de síntomas, en el climax de la insurrección popular era imposible generar un diagnostico certero, no es que había un síntoma, un problema especifico que podría ser sometido a una operación particular y desde allí sanar al país, habían síntomas físicos, psíquicos, orgánicos, cognitivos y sociales fuertemente enlazados que generaban un resultado.

Aparentemente, de forma general podemos afirmar que el gatillante fue el alza del metro, pero , recordemos que cuando los analistas intentaron dar marcha atrás en relación a esta alza, la situación había mutado a otro fenómeno donde colisionaron todos los engranajes sociales reprimidos. La enfermedad muto, el síntoma ya no respondía a un síntoma participar y especifico, sino que era un síntoma con núcleo universal.

En este sentido, la descarga social, contiene la misma mixtura y complejidad sintomática que se puede encontrar en el terreno de la salud. Rastrear un síntoma, es tan complejos porque cualquier intento de identificación contiene en sí mismo encriptado antagonismos, situación similar ocurre con el intento de diagnóstico a propósito de los síntomas “médicos”[4].

Por lo tanto, hemos de afirmar que el síntoma, es una efervescencia de algo más allá de lo objetivizable, medible o identificable, incluso puede significar algo que general como el psicoanálisis, el psicoanálisis es desde una perspectiva historicismo un síntoma de una época histórica determinada.

Conviene preguntarnos si los procesos sociales que en nuestros tiempos inminentemente políticos responden o no a un síntoma socio-político que tiene un núcleo traumático no elaborado, recordado o re-significado, la pregunta que nos interpela es: ¿Cómo salvar la identidad de nuestra época sin que solo sea un síntoma de la época pasada?

Referencias.

Aceituno M., Roberto (2001). El síntoma psicoanalítico: clínica y cultura. Revista de Psicología, X(1),111-130.[fecha de Consulta 8 de Octubre de 2021]. ISSN: 0716-8039. Disponible en: https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=26410109

Cañal, J. (2011). El valor en psicoterapia del término grecolatino “Epimeleia Heautou”. Docta Ignorancia, Año II, N° 2, pp. 55 – 64 [online

Miranda, G. Saffie, X. (2014). Pacientes Policonsultantes: ¿un síntoma del sistema de salud? Acta Bioéthica. Vol 20(2): 215 – 223 [online]

Carrasco, Jimena, & Yuing, Tuillang (2014). Lo biomédico, lo clínico y lo comunitario: Interfaces en las producciones de subjetividad. Psicoperspectivas, 13(2),98-108.[fecha de Consulta 8 de Octubre de 2021]. ISSN: 0717-7798. Disponible en: https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=171031011010

Brown, P. (1995). Naming and Framing: The Social Construction of Diagnosis and Illness. Journal of Health and Social Behavior, 34–52. https://doi.org/10.2307/2626956


1] Respecto de la praxis psicoanalítica encontramos que para Roberto Aceituno (2001) “La praxis psicoanalítica, ya sea entendida en su dimensión teórica o cómo una práctica clínica particular (oposición, por lo demás, relativa), surge en un contexto cultural específico. La relación a la ciencia, invocada por Freud a lo largo de toda su obra, define parte importante de ese contexto, en la medida que el discurso científico es, paradójicamente tal vez, tanto el ideal al cual intenta aproximarse, como el reverso de la racionalidad en la que Freud se situó para definir al sujeto, como sujeto del inconsciente. Dicha dependencia/diferencia de la teoría freudiana con respecto al ideal científico y a la práctica médica que es, para este caso, su representante particular es visible en la relación que Freud establece con la histeria” (p. 112)

2] En este caso, específicamente la teoría freudiana, pues, el psicoanálisis en la actualidad contiene dentro de si una amplia gama de perspectivas teóricas, dispositivos y practicas que se insertan en el cada vez más expansivo campo del psicoanálisis, respecto de la praxis freudiana Aceituno (2001) nos señala: “La teoría freudiana hizo del síntoma un asunto subjetivo, desplazando la relación puramente epistémica al cuerpo o a la conciencia hacia un territorio de otro orden, donde ambos cuerpo y conciencia mostraban sus límites naturales para ofrecerse como territorios de lenguaje y de pulsión” (pág, 113)

3] Respecto de la noción de síntoma es menester considerar lo siguiente: Aun cuando el término “síntoma” tiende a desaparecer de los diccionarios especializados, algunos medios de divulgación de los conceptos médicos aún rescatan su valor. He aquí un ejemplo intere- sante: “cuando usted está enfermo, por lo general tienen síntomas —cambios que le permiten saber que algo no está bien. Al relatar a un médico sus síntomas, usted puede ayudarlo a averiguar lo que está mal. Piense en los síntomas como pistas que necesita para resolver un misterio” Miranda, G. Saffie, X. (2014). Pacientes Policonsultantes: ¿un síntoma del sistema de salud? Acta Bioéthica. Vol 20(2): 215 – 223 [online] (p. 217)

4] Idea que se desprende cuando Miranda y Saffie (2014) señalan: “Ciertamente, los policonsultantes viajan por los distintos niveles del sistema y son estudiados a través de exámenes de laboratorio, radiografías, escaner, etc., intentando encontrar el origen de su padecer. Sin embargo, las más de las veces se hace imposible encontrar alguna evidencia que permita justificar las quejas” (p.216)

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