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Chile: un llamado de atención al progresismo, a la izquierda radical y a la derecha radical. Por Gustavo Gac-Artigas

Un movimiento de esperanza, una visión que se pensaba de futuro recorría el mundo. La juventud remozaba la política, todo indicaba la apertura de las persianas de sociedades que, anquilosadas, no respondían a las necesidades de sus pueblos, dando paso a la luminosidad de un cambio.

Nuevos himnos recorrían el mundo, los cantos y discursos llenaban las páginas, las ondas, buscando inflamar los corazones, y de pronto...

de pronto comenzaron a levantarse voces que se pensaban del pasado, política antigua, derecha superada, derecha radical, pero derecha que se remozaba, nave fantasma que nuevamente insuflaba aire a sus velas.

Otros vientos se desataron en el mundo —la realidad remeció la esperanza, de esperanzas no vive el hombre—, la realidad volvió pesados, ralentizó los audaces pasos de los voceros de la esperanza.

¿Faltó audacia?, ¿sobró la audacia?, ¿faltó realismo?, ¿se soñó con un paraíso terrenal?, ¿se soñó con sueños ya soñados?, ¿lo nuevo era lo viejo?, ¿lo nuevo era conducido por lo viejo?, ¿el hombre nuevo caminaba con bastones?, ¿lo viejo impedía el nacimiento de lo nuevo?

La calle golpeó al progresismo, los ojos triunfaron sobre el pensamiento. No se pensó en sueños, se pensó en la violencia cotidiana, no se pensó en la necesidad de una vivienda, se vio la fila insoportable de los sintecho durmiendo en las calles, bajo los puentes, afeando los parques, ocultando la fragancia de las flores con el olor de la miseria; la miseria destruye el paisaje urbano, clamaron, y así la miseria golpeó al progresismo; es el paisaje, no las causas, la mirada y el voto dan vuelta la cara.

El aumento de precios en cada producto en el supermercado determina el por quién se vota, no se trata de alimentos para todos, se trata de mi bolsillo.

La derecha radical cambia su discurso, habla de estómagos vacíos, toma como bandera de lucha el cambio de precios en una lechuga, en un pedazo de carne, mide con un metro la distancia que toman los precios, infla la inflación y la inflación al igual que el hambre, duele.

La inflación, la falta de trabajo, la inseguridad, desinflan los sueños e inflan la cólera. La rabia se acumula, la desesperanza se acumula, se buscan los culpables, no los verdaderos, los culpables que están al alcance de la mano, al alcance de los ojos: los inmigrantes, aquellos que vienen a quitarnos lo nuestro, aunque lo nuestro sean las migajas.

El progresismo ofrece lo moral, el bien común, pero de moral no vive el hombre; todos somos iguales en este mundo, pero el individuo no quiere la igualdad, quiere lo suyo.

La derecha cambia el discurso, retoma las banderas del populismo, tú, primero tú, lo que posees está en peligro, tu seguridad está en peligro, las armas son para defenderse, no para atacar, no somos iguales, hay "otros" que quieren lo tuyo, que te amenazan, queremos regresar a los buenos tiempos, todo tiempo pasado fue mejor, repiten, y la memoria es corta, la sociedad padece de Alzheimer.

Se pueden votar los sueños, pero no se gobierna de sueños, se gobierna de realidad, ¿faltó la audacia, o la audacia no cuenta a la hora de votar?, la hora de la realidad.

Hoy no es necesario un dictador, a la derecha le basta con la dictadura de la realidad, y esa es más difícil de derrotar.

¿El progresismo se bate en retirada en el mundo, o será que no sabemos cómo enfrentar la realidad, no logramos conjugar sueño y realidad, valores y necesidades?

Cuando la sociedad hiere al individuo este deja de ser social y pasa a ser uno y su realidad, el pensamiento se estrecha, se encierra, y se deja de pensar en el bienestar del otro.

Estamos enfrentados a una nueva derecha, o a un nuevo discurso de la elite; quitaron el sueño y aficharon la realidad, y la realidad golpea, sobre todo por lo que no se piensa en sus causas.

El progresismo también está inmerso en esta realidad y debe proponer soluciones. Si está en el gobierno debe implementar soluciones, debe gobernar para cambiar esa realidad que duele a una mayoría. No se trata de repetir consignas o vanas promesas, lo concreto, y lo concreto duele, no es fácil, duele, nos obliga, exige audacia, pero audacia real no en el discurso, en las acciones, aunque las acciones duela.

Exige no estar con dios y con el diablo, exige no creer en paraísos perdidos, exige “fuerza canejo”, como diría Martín Fierro, exige apartar los corruptos, exige quitarse la venda y ver la realidad más allá de nuestras puertas puesto que el resultado puede ser la dictadura del bolsillo, el populismo, la autocracia, sea esta de derecha o de izquierda, y la tentación es grande.

Vivimos en una sociedad en que se vota pensando dónde me encuentro yo al interior de esta realidad y cómo me salvo. Se vota pensando: ¿me conviene o no me conviene?, ¿pondrá fin a mis temores?

La moral no cuenta, los inmorales nos han igualado, la democracia no cuenta, los dictadores se han camuflado, la democracia baila al compás de la billetera.

Una mayoría vota pensando: cuento yo, no importa quién gobierne, siempre y cuando construyan un muro protector alrededor mío y me garanticen la paz, a mí, a los míos, a mis bienes, y ello socava las bases de la democracia.

El autor es escritor, poeta, dramaturgo y hombre de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Reside en los EE. UU.

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