En el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, en Santiago, dos jornadas de noviembre de 2025 reunieron a colectivos, archivistas y activistas bajo un título que vale la pena detenerse a mirar: Vestigio Futuro. A poco más de cien kilómetros, en Valparaíso, la Pontificia Universidad Católica inauguró meses después la segunda temporada de otra experiencia inmersiva bautizada Ecos del Futuro, dedicada esta vez a la historia ambiental de la palma chilena. Dos instituciones muy distintas coinciden, sin haberlo acordado, en nombrar el porvenir con palabras que designan lo que queda de algo que ya pasó. Un vestigio es un resto. Un eco es una repetición que se aleja de su origen y se apaga. Ninguna de las dos palabras describe una apertura: describen una permanencia degradada. Y, sin embargo, ambas se usan para hablar del futuro.
Esa pequeña incongruencia no es casual. Es un síntoma. Vivimos una proliferación curiosa de dispositivos culturales, muestras, ciclos, conversatorios, experiencias inmersivas, que toman el futuro como tema, en Chile y más allá. La hipótesis que quiero desplegar aquí es que esa abundancia no anuncia el regreso de la utopía, sino más bien lo contrario: cuanto más desolador se vuelve el presente, cuanta más impotencia política se acumula, más se moviliza el futuro como lenguaje institucional, estético y afectivo. No para proyectar una transformación, sino para volver habitable un presente que se percibe agotado. El futuro se ha convertido en el zeitgeist del presente —su clima emocional dominante— precisamente porque el presente ya no ofrece un relato en el que sostenerse.
El presente que no termina
El historiador francés François Hartog (2003/2015) propuso hace dos décadas una idea que hoy parece imprescindible: los regímenes de historicidad, es decir, las distintas maneras en que una época organiza su relación entre pasado, presente y futuro. En este sentido, la modernidad, vivió bajo un régimen futurista: el presente valía como tránsito hacia una promesa, el progreso, la revolución, el desarrollo. Ese régimen entró en crisis hacia el final del siglo XX y fue reemplazado por lo que él llama presentismo: un presente que se expande hasta devorar al pasado, convertido en patrimonio y memoria, y al futuro, convertido en riesgo y precaución. Bajo el presentismo, el futuro no desaparece; se transforma en una figura retórica del propio presente, una manera más de tomarse en serio a sí mismo.
Esto permite una primera lectura de los dos eventos con que abrimos: la abundancia actual de "futuro" en la cartelera cultural no es el retorno del régimen futurista moderno. Es el presentismo usando el futuro como disfraz sin abandonar su lógica. El sociólogo alemán Hartmut Rosa (2005/2016) añade una pieza complementaria: vivimos bajo una aceleración social tan intensa que la experiencia del tiempo se desincroniza de nuestra capacidad de narrarla. Rosa llama a esto "inmovilismo frenético", todo cambia demasiado rápido como para que ningún proyecto colectivo logre asentarse. Cuando el futuro real es ilegible, porque cambia más rápido de lo que podemos planificar, la cultura ofrece un sustituto: un futuro curado, exhibible, que cabe en un fin de semana de conversatorios (Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, 2025) o en una temporada museográfica (Paredes, 2026). Un futuro más manejable que el que efectivamente se aproxima.
La activista y teórica boliviana María Galindo, cofundadora de Mujeres Creando, ofrece un contrapunto necesario desde el sur andino. En Feminismo bastardo (2022), denuncia cómo las instituciones como museos, universidades y el propio Estado capturan las luchas disidentes y las convierten en contenido exhibible, vaciándolas de su carácter conflictivo: lo que fue calle, cuerpo y grito pasa a ser vitrina, ciclo de charlas, patrimonio. Su crítica a la institucionalización del feminismo y de las disidencias sexuales en América Latina puede leerse en paralelo con Vestigio Futuro: el mismo gesto que convierte la memoria disidente en "patrimonio" es, para Galindo, una forma de neutralización “la lucha se archiva antes de resolverse”. Incorporarla no solo añade una voz latinoamericana a un andamiaje teórico hasta aquí predominantemente europeo: también desplaza el diagnóstico. Lo que este ensayo llama presentismo o dispositivo cultural podría leerse, desde su perspectiva, como una operación colonial más precisa: la domesticación institucional de aquello que todavía podía ser peligroso.
Conviene relativizar, en este punto, el propio marco de este ensayo: todo lo dicho hasta aquí: el régimen futurista, el presentismo, la aceleración, pertenece a una genealogía occidental del tiempo, la que imagina al sujeto avanzando de cara al porvenir. Esa genealogía no es universal, por ejemplo, en el aimara, lengua andina hablada en Bolivia, Perú y el norte de Chile, se invierte la metáfora: nayra, "delante del ojo", nombra el pasado, lo ya visto, lo conocido, mientras que qhipa, "atrás", nombra el futuro, lo que no se puede ver porque todavía no ocurre (Núñez y Sweetser, 2006).
La estética del fin del mundo
Mark Fisher (2009) resumió el diagnóstico de una época en una frase que se ha vuelto casi un proverbio: "es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo". Su libro Realismo capitalista describe un cierre de la imaginación política: cuando no logramos concebir alternativas sistémicas al orden existente, el futuro se desplaza hacia dos únicas salidas disponibles: la catástrofe ecológica o la novedad tecnológica, pero nunca hacia la transformación de las relaciones de poder. Ecos del Futuro es, en ese sentido, un material casi de manual: una "experiencia inmersiva" sobre una especie vegetal amenazada por la crisis climática, diseñada explícitamente para generar "conexión emocional" con el entorno (Paredes, 2026). El futuro, aquí, se convierte en pedagogía afectiva. No en política ambiental.
El filósofo italiano Franco "Bifo" Berardi (2011) llevó esta idea un paso más allá en After the Future: sostiene que la creencia en el futuro entendida como expansión, progreso, promesa siempre renovada, fue una inversión ideológica propia del siglo XX, ligada a las vanguardias y al capitalismo industrial en expansión, y que esa inversión se agotó con la financiarización y la precarización del trabajo cognitivo. Lo que hoy se consume bajo el nombre de "futuro", sugiere Berardi, son sus propios ritos fúnebres, repetidos una y otra vez como contenido cultural. No hace falta compartir todo su pesimismo para reconocer algo cierto en la observación: un vestigio y un eco son, exactamente, ritos de duelo por algo que ya no está.
El cansancio como método
Byung-Chul Han (2012) ofrece la pieza que falta para entender por qué esa administración del futuro adopta, sistemáticamente, forma de experiencia positiva, envolvente, sin aristas. En La sociedad del cansancio, describe al sujeto contemporáneo como un sujeto de rendimiento que se autoexplota bajo el imperativo de la positividad, hasta el agotamiento. Un sujeto exhausto no puede sostener la negatividad, lo verdaderamente otro, lo no planificado que un futuro genuino exigiría. Por eso busca dosis seguras de futuridad: experiencias inmersivas, bienestar, inmersión sensorial. En su libro más reciente, Han (2024) traza una distinción que ilumina nuestro problema: la esperanza, a diferencia del optimismo, exige abrazar lo contingente, lo que no controlamos. Cabe entonces la pregunta, sin resolverla del todo: los dispositivos culturales que analizamos, ¿producen esperanza en ese sentido exigente, o apenas administran una positividad que clausura de antemano cualquier negatividad incómoda?
Lauren Berlant (2011) aporta el nombre exacto para ese apego: optimismo cruel, el vínculo con una fantasía de vida buena que termina siendo, ella misma, un obstáculo para alcanzarla. A escala colectiva, podríamos decir que una sociedad escenifica "futuro" precisamente porque las condiciones sustantivas para producirlo: redistribución, confianza institucional, capacidad de acción colectiva, están fuera de alcance. El apego a la imagen sustituye la persecución de la cosa. Y ese apego, insiste Berlant, puede incluso bloquear el duelo necesario para imaginar algo distinto.
El centro vacío
Hay una dimensión propiamente política en todo esto, que la politóloga belga Chantal Mouffe ayuda a nombrar. Para Mouffe (2013), la democracia necesita conservar su dimensión agonística: un conflicto legítimo entre proyectos hegemónicos adversarios. Cuando la política se reduce a la gestión moralizada de un consenso de centro, el "no hay alternativa" que también describe Fisher (2009) desde otro ángulo, las pasiones populares no desaparecen: migran hacia quien todavía sepa hablar el lenguaje del pueblo contra la élite (Mouffe, 2018). Una parte de la izquierda, al desplazarse hacia un moralismo cultural desconectado de la seguridad material y del pertenecer colectivo, dejó ese terreno disponible. La politóloga estadounidense Wendy Brown (2019) documenta, en En las ruinas del neoliberalismo, el mismo proceso desde otro flanco: la racionalidad neoliberal vacía al demos, convierte a la ciudadanía en capital humano y erosiona el vocabulario moral necesario para el autogobierno colectivo, preparando así el terreno para políticas abiertamente antidemocráticas.
Chile: del estallido al eco
Este marco encuentra en Chile un laboratorio particularmente nítido. En octubre de 2019 estalló la mayor movilización social desde el retorno a la democracia (Heiss Bendersky, 2021): el estallido social abrió, durante meses, un horizonte genuinamente futuro —un futuro todavía no escrito, disputado en las calles y, después, en una Convención Constitucional inédita. Entre 2020 y 2022, el proceso constituyente fue, en el sentido fuerte del término, un proyecto utópico. Pero en septiembre de 2022 la propuesta de nueva Constitución fue rechazada en plebiscito; un segundo intento, en 2023, corrió la misma suerte. Dos derrotas sucesivas de un proyecto de futuro colectivo dejaron una fatiga política difícil de exagerar. El 14 de diciembre de 2025, José Antonio Kast fue electo presidente con cerca del sesenta por ciento de los votos en segunda vuelta, derrotando a Jeannette Jara y consolidando un giro hacia la derecha radical que asumió el poder el 11 de marzo de 2026 (CNN en Español, 2025). ¡No hay futuro sin presente!
Leída con las herramientas anteriores, esta secuencia se ordena con bastante precisión: la ausencia de una articulación de izquierda capaz de sostener el agonismo que describe Mouffe, tras el rechazo de 2022, dejó el campo abierto; la erosión del imaginario democrático que describe Brown se profundizó con cada derrota constitucional; y el propio proceso constituyente, visto en retrospectiva, puede leerse como una forma de optimismo cruel a escala nacional —el apego al "Chile nuevo" quizás postergó, más que habilitó, el duelo que una derrota política real requiere.
Pero hay un dato que sostiene todo el argumento con la precisión que las generalizaciones teóricas no podrían ofrecer por sí solas: Vestigio Futuro ocurrió en noviembre de 2025, a semanas de la elección que consagraría a Kast (Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, 2025). La segunda temporada de Ecos del Futuro se lanzó en junio de 2026, tres meses después de que Kast asumiera la presidencia (Paredes, 2026). El lenguaje institucional del "futuro" se intensifica exactamente en el momento en que el futuro político —en el sentido sustantivo de un horizonte colectivamente disputable— acababa de cerrarse en las urnas. No se trata de establecer una causalidad mecánica entre un resultado electoral y una programación cultural que, además, se venía gestando desde antes. Se trata de algo más sutil y quizás más elocuente: la coincidencia temporal como síntoma de una época que necesita seguir hablando de futuro justo cuando menos dispone de él en términos políticos.
Nostalgia del porvenir
La historiadora Svetlana Boym (2001) legó, en The Future of Nostalgia, una distinción que nos ayuda a iluminar esta escena chilena. Esta separa una nostalgia restaurativa, que quiere reconstruir, sin ironía, la casa perdida, de una nostalgia reflexiva, que habita la ambivalencia y se detiene, precisamente, en las posibilidades que no se realizaron. El propio título de su libro ya contiene el argumento: nostalgia del futuro, o el futuro como modo operativo de la nostalgia.
Con esa distinción a mano, la escena chilena se vuelve doble. La derecha que hoy gobierna practica, casi en estado puro, una nostalgia restaurativa: promete devolver el orden y la seguridad de antes del estallido, sin ironía y sin ambigüedad. Las instituciones culturales y universitarias, mientras tanto, practican una nostalgia reflexiva del futuro: un vestigio, un eco, una experiencia inmersiva sobre memorias disidentes o sobre una palmera amenazada. Dos estéticas temporales rivales, respondiendo a la misma crisis desde orillas opuestas.
Futuridad sin futurismo
Si la hipótesis de este ensayo es correcta, el futuro que circula hoy por museos, universidades y programas culturales no es una utopía en el sentido fuerte del término —no proyecta un contenido determinado ni exige una transformación—. Es, más bien, un efecto de horizonte sin obligación cognitiva: una futuridad sin futurismo, más cercana a lo que Byung-Chul Han llamaría optimismo gestionado que a la esperanza que exige abrazar lo contingente y lo no planificado.
Queda, sin embargo, una pregunta que preferiría no cerrar. Berardi (2017), en un texto posterior y algo menos sombrío que After the Future, distingue la potencia de la posibilidad —lo que todavía no se actualizó— del poder ya consolidado. ¿Es este futuro estetizado únicamente el síntoma de una derrota, como sugerirían Fisher o Berlant? ¿O acaso, al mantener viva la práctica misma de imaginar otras temporalidades —aunque sea como archivo, aunque sea como eco—, conserva una potencia que todavía podría reactivarse? No lo sé con certeza. Pero sospecho que la respuesta, si existe, no se encontrará leyendo lo que dicen estos eventos sobre el futuro, sino observando qué hacen, en los años que vienen, quienes salieron de ellos.
Referencias
Berardi, F. "Bifo" (2011). After the Future. AK Press.
Berardi, F. "Bifo" (2017). Futurability: The Age of Impotence and the Horizon of Possibility. Verso.
Berlant, L. (2011). Cruel Optimism. Duke University Press.
Boym, S. (2001). The Future of Nostalgia. Basic Books.
Brown, W. (2019). In the Ruins of Neoliberalism: The Rise of Antidemocratic Politics in the West. Columbia University Press.
CNN en Español (2025, 14 de diciembre). Kast arrasa en las elecciones de Chile y el país da un giro a la derecha, que se consolida en la región. CNN. cnnespanol.cnn.com.
Fisher, M. (2009). Capitalist Realism: Is There No Alternative? Zero Books.
Galindo, M. (2022). Feminismo bastardo. Lavaca Editora.
Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio (A. Saratxaga Arregi, Trad.). Herder. (Obra original publicada en 2010)
Han, B.-C. (2024). The Spirit of Hope (D. Steuer, Trad.). Polity.
Hartog, F. (2015). Regimes of Historicity: Presentism and Experiences of Time (S. Brown, Trad.). Columbia University Press. (Obra original publicada en 2003)
Heiss Bendersky, C. (2021). Revuelta social y proceso constituyente en Chile. Revista de Ciencias Sociales Ambos Mundos, (2), 69–78. https://doi.org/10.14198/ambos.20981
Mouffe, C. (2013). Agonistics: Thinking the World Politically. Verso.
Mouffe, C. (2018). For a Left Populism. Verso.
Museo de la Memoria y los Derechos Humanos (2025, 4-5 de noviembre). Vestigio Futuro: Encuentro Internacional de Memorias y Patrimonios Disidentes [Cartelera de evento]. mmdh.cl.
Núñez, R. E., & Sweetser, E. (2006). With the Future Behind Them: Convergent Evidence From Aymara Language and Gesture in the Crosslinguistic Comparison of Spatial Construals of Time. Cognitive Science, 30(3), 401–450. https://doi.org/10.1207/s15516709cog0000_62
Paredes, S. (2026, 5 de junio). Inauguran segunda temporada de "Ecos del Futuro" con experiencia inmersiva sobre la historia ambiental de Valparaíso. Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. pucv.cl.
Rosa, H. (2013). Social Acceleration: A New Theory of Modernity (J. Trejo-Mathys, Trad.). Columbia University Press. (Obra original publicada en 2005)
