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Chile y la crisis climática: el desierto está en la puerta de su casa. Por Gustavo Gac-Artigas

Por alguna razón desconocida, cada vez que se habla de la crisis climática en Chile, que se dice que la desertificación avanza a pasos acelerados, que se muestran fotos de lagunas secas, de represas vacías, de tierras curtidas por el sol cual si fueran piel de campesino, me vienen a la mente los años en que fuera estudiante de veterinaria en una universidad en el sur de Chile.

En aquella lejana época, bajo las lluvias eternas, como eterna es una declaración de amor eterno, ya se pensaba en la actitud indolente con la cual enfrentábamos los problemas que aquejaban el campo chileno.

Me codeé con lustrosas vacas afectadas por la fiebre aftosa, aquella plaga que producía úlceras deformando sus labios, aquellos gruesos labios deseosos de ser besados, humedecidos, apretados por ásperas lenguas, y que eran rechazados con repugnancia por los poco caballerosos toros.

En el húmedo campo del sur de Chile, en Valdivia, las vacas enloquecían de amor, y para asegurar la supervivencia de la especie jóvenes estudiantes de veterinaria tenían que ofrendar sus inexpertas manos para sacar el jugo de la vida e inseminar unas tristes vacas locas.

Ya en aquella lejana época, decía, nos interrogábamos sobre el origen de nuestra alegre despreocupación frente a los problemas de nuestra tierra, quizás golpeados por los estremecimientos de la tierra, por lo que orgullosamente batíamos los records de las desgracias, entre ellos el de poseer el terremoto más grande registrado en el mundo, grado 9.4 o 9.6; quizás despreocupados por lo que nos habíamos acostumbrado a lo inmediato y grandioso, a las grandes tragedias y no a los sainetes, al retiro del mar y su avance incontenible en un maremoto a minutos de diferencia.

Nos acostumbramos en Chile a mirar lo desaparecido y no lo que estaba desapareciendo, aislábamos el animal enfermo o incinerábamos su cadáver, detrás, siempre detrás de los acontecimientos, nunca previniendo.

Lo segundo que viene a mi mente cuando se habla del desierto avanzando, es mi permanencia en la cárcel de Rancagua cuando corrió el rumor de que los militares estaban acumulando palas y picotas para construir un canal que llevaría el agua del sur al norte, obra faraónica en que la mano de obra gratuita sería proporcionada por el pueblo de Allende. Presos de malas costumbres, comenzamos a distribuirnos los cargos en tan gigantesca tarea, ejecutivos y supervisores reclamaron su derecho a mandar cuadrillas y no tener que palear, los músicos propusieron crear una pauta con el ruido de las picotas para crear una sinfonía popular, yo, hombre de teatro, veía surgir de la tierra una gigantesca escenografía que acompañaría el último acto, un amigo escultor gritó desde la celda número 29, “a mí me guardan la roca más grande para construir una escultura en homenaje al pueblo trabajador”.

Hoy, hoy el desierto está golpeando las puertas de su casa y mientras tanto seguimos esperando, esperando que la muerte golpee a las tristes vacas del sur de Chile, que la tierra, curtida su piel, deje de producir frutos, que el mar avance sin encontrar obstáculos para besar los pies de la cordillera y nosotros sigamos reuniéndonos y preguntándonos si hay alguna manera de combatir la sequía, en vez de preguntarnos cómo poner fin a nuestra indolencia.

Mientras tanto el desierto sigue avanzando, lentamente avanzando, hay tanto que hacer y tan poco tiempo que la sequía, al igual que la fiebre aftosa, secará nuestros labios.
— - Gustavo Gac-Artigas es escritor y director de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Reside en los EE UU.

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