UNA PREGUNTA LEGÍTIMA, PERO MAL FORMULADA
En las últimos semanas se ha instalado una pregunta importante en el debate público: ¿cómo hacer que la investigación científica se transforme en encadenamiento productivo? La pregunta es legítima. Más aún: es una pregunta necesaria. Un país que invierte recursos públicos en ciencia tiene el derecho y el deber de preguntarse qué obtiene a cambio. Pero la forma en que se plantea la pregunta también importa. Si se reduce la investigación a cuántos empleos directos produce un proyecto en tres o cuatro años, o si se caricaturiza su resultado como un libro bien empastado que queda en una biblioteca, entonces no estamos discutiendo seriamente sobre desarrollo. Estamos confundiendo la naturaleza del conocimiento, sus tiempos, sus mecanismos de maduración y las responsabilidades del Estado. La ciencia no debe ser defendida como un privilegio corporativo de quienes investigamos. Tampoco basta con repetir, como una frase casi ritual, que “la ciencia es importante” o que “la ciencia es la palanca de la tecnología y la tecnología nos saca del subdesarrollo”. Esa frase contiene una parte de verdad, pero es insuficiente. Hay países con capacidades científicas y tecnológicas muy superiores a las de Chile que mantienen desigualdades profundas. La ciencia y la tecnología no garantizan por sí solas justicia social, distribución de la riqueza ni bienestar. Para que el conocimiento se transforme en desarrollo se requiere algo más: instituciones, política industrial, estrategia de largo plazo, infraestructura, empresas capaces de absorber conocimiento, institutos tecnológicos y de investigación públicos, compras públicas expeditas, regulación adecuada, formación de personas, colaboración internacional con sentido soberano y una decisión política explícita sobre qué país queremos construir.
NO EXISTE UNA RECETA ÚNICA PARA EL DESARROLLO
Por eso, la pregunta sobre el encadenamiento productivo no tiene una respuesta única. Si existiera una receta simple, todos los países la aplicarían y todos serían desarrollados. No es así. La relación entre ciencia, tecnología, economía y sociedad depende de la historia de cada país, de su cultura institucional, de su estructura productiva, de su posición geopolítica, de sus recursos naturales, de sus capacidades humanas y de la forma en que organiza el poder público y privado. Hay modelos muy distintos. Estados Unidos construyó buena parte de su liderazgo tecnológico combinando universidades de excelencia, agencias públicas poderosas, defensa, industria, capital de riesgo y una enorme capacidad estatal para financiar investigación de alto riesgo. Corea del Sur y Japón articularon educación, industria, Estado y planificación tecnológica de largo plazo. Alemania ha desarrollado una red de institutos aplicados, como los Fraunhofer, que conectan conocimiento avanzado con necesidades industriales. China ha hecho de la ciencia y la tecnología un eje estratégico de soberanía nacional. Ninguno de estos modelos es trasladable mecánicamente a Chile. Pero todos muestran algo común: el desarrollo científico-tecnológico no ocurre por generación espontánea ni por simple fe en el mercado. Se construye institucionalmente.
DOS INGENUIDADES CHILENAS
Sin querer caer en caricaturas, Chile ha tendido a moverse entre dos ingenuidades. La primera es suponer que basta con financiar proyectos científicos individuales para que, casi por decantación natural, aparezca innovación productiva en algún futuro indefinido. La segunda es creer que basta con atraer grandes empresas extranjeras para que Chile se transforme en un país tecnológico. Ambas visiones son incompletas. La primera no desconoce el valor de la investigación científica; al contrario, lo afirma. Pero subestima la necesidad de contar con sistemas de transferencia, escalamiento, ingeniería, propiedad intelectual, financiamiento tecnológico y demanda productiva. La segunda puede terminar reproduciendo una forma moderna de extractivismo: ya no sólo de cobre, litio, tierras raras, o agua, sino también de datos, talento, energía y territorios, sin que necesariamente queden en Chile capacidades tecnológicas propias.
EL MINISTERIO DE CIENCIA NO ES CORFO
En este punto conviene distinguir roles institucionales. Chile creó en 2018 el Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación no para reemplazar a CORFO ni para convertirse simplemente en una agencia de atracción de inversiones. Para eso ya existe una institucionalidad de fomento productivo, con décadas de historia. La misión del Ministerio de Ciencia es más amplia y más delicada: orientar estratégicamente la generación de conocimiento, fortalecer la investigación en todas las áreas, articular el sistema científico-tecnológico, promover la formación de capacidades humanas avanzadas, impulsar la innovación de base científico-tecnológica y contribuir al desarrollo sostenible, territorial, cultural, social y económico del país. La propia Ley 21.105 señala que el Ministerio debe fomentar un balance adecuado entre investigación inspirada por la curiosidad e investigación orientada por objetivos de desarrollo del país o sus regiones. Esa distinción no es burocrática. Es conceptual. No toda innovación nace de la ciencia, y no toda ciencia se transforma directamente en innovación. Pero cuando la innovación nace de la ciencia suele requerir tiempos largos, inversión paciente y capacidades sofisticadas. Un emprendimiento digital puede crecer con rapidez si encuentra mercado, capital y talento. Una tecnología basada en nuevos materiales, biotecnología, energía, medicina nuclear, inteligencia artificial avanzada, semiconductores, astronomía instrumental, fusión nuclear o tecnologías espaciales requiere laboratorios, equipamiento, regulación, ensayos, certificaciones, escalamiento industrial y equipos humanos altamente especializados. En esos casos, pedirle a un proyecto científico de tres años que “genere empleos” de manera inmediata es no entender la cadena completa.
EL VALLE DE LA MUERTE ENTRE EL LABORATORIO Y LA SOCIEDAD
Aquí es útil hablar de los niveles de madurez tecnológica, conocidos como TRL, por su sigla en inglés: Technology Readiness Levels. En términos simples, un TRL bajo corresponde a una idea, principio científico o prueba inicial de concepto. Un TRL intermedio implica prototipos, validaciones en laboratorio o ambientes relevantes. Un TRL alto significa tecnología demostrada, validada y cercana a su aplicación real o comercial. Pasar de un nivel al siguiente no es automático. Requiere dinero, ingeniería, gestión, infraestructura, propiedad intelectual e industrial, validaciones, pilotos, regulación y mercado. Además, el costo aumenta fuertemente a medida que la tecnología avanza. Entre el descubrimiento científico y el producto final existe un tramo difícil, costoso y riesgoso, conocido como “valle de la muerte”. Muchos conocimientos prometedores mueren allí, no porque sean inútiles, sino porque no existe el sistema que permita llevarlos desde el laboratorio hacia la sociedad. Ese es uno de los problemas centrales de Chile. No tenemos un sistema robusto para apropiarnos, en Chile, del conocimiento generado con recursos públicos chilenos y transformarlo en valor cultural, social, sanitario, ambiental, tecnológico y económico. Durante décadas se habló de “fuga de cerebros”. Hoy enfrentamos además una “fuga de conocimiento”. Formamos personas, financiamos investigaciones, producimos resultados, publicamos artículos, desarrollamos capacidades, pero muchas veces el valor de ese conocimiento es capturado fuera del país o queda desconectado de nuestras necesidades estratégicas. No por culpa de los investigadores e investigadoras, sino porque el sistema no está diseñado para completar el ciclo. Por eso, si un proyecto FONDECYT, un Anillo, un Instituto Milenio, un centro de investigación o un instituto tecnológico y de investigación público produce artículos, libros, tesis, datos, métodos, prototipos, nuevas preguntas, formación de personas y capacidades científicas, eso no es un fracaso. Es una parte esencial del proceso. El fracaso ocurre cuando el país no dispone de los mecanismos posteriores para conectar ese conocimiento con institutos y centros tecnológicos, empresas públicas o privadas, ministerios sectoriales, gobiernos regionales, hospitales, escuelas, defensa, medio ambiente, agricultura, minería, energía o cultura. El problema no es que la ciencia no produzca valor. El problema es que Chile todavía no ha construido suficientemente las instituciones que permiten capturarlo y multiplicarlo.
LA CIENCIA CHILENA ESTÁ DEMASIADO SOLA
La actividad científica produce más resultados de los que puede absorber y manejar una universidad. Impacta en la economía, la salud, la educación, los recursos naturales, el medio ambiente, la defensa, las relaciones internacionales, la libertad de los ciudadanos, la soberanía popular y la soberanía nacional. Esto lo entendieron hace mucho los países desarrollados. Allí la ciencia no vive sólo en las universidades. Vive también en institutos estatales, laboratorios nacionales, centros tecnológicos, empresas públicas y privadas, hospitales, agencias espaciales, organismos regulatorios, fuerzas armadas, museos, escuelas, municipios y sistemas de protección civil. En Chile, en cambio, la investigación científica se concentra abrumadoramente en las universidades. Esa concentración ha permitido sostener una productividad notable con pocos recursos, pero también revela una debilidad estructural: la ciencia chilena queda demasiado sola. Chile invierte del orden de 0,4% del PIB en investigación y desarrollo, muy por debajo del promedio de los países OCDE. Aun así, la comunidad científica chilena ha construido capacidades reconocidas internacionalmente. Eso no debería usarse como argumento para exigirle más con menos, sino como evidencia de que existe una base valiosa sobre la cual construir un sistema más ambicioso. Recortar instrumentos de formación avanzada, cooperación internacional, investigación asociativa, centros de excelencia o programas de inserción no es simplemente ajustar una planilla. Es debilitar los eslabones iniciales de una cadena que después se exige convertir en desarrollo.
LA GRAN CIENCIA COMO MOTOR INDUSTRIAL
Un ejemplo relevante es la Gran Ciencia. Los grandes proyectos científicos internacionales, como observatorios astronómicos, aceleradores de partículas, instalaciones de fusión nuclear o laboratorios espaciales, no sólo producen conocimiento. También impulsan industria avanzada. Requieren óptica, criogenia, electrónica, software, mecánica de precisión, vacío, superconductividad, sensores, materiales, comunicaciones, control, construcción especializada, logística, datos y formación de personas. Cuando un país participa inteligentemente en estos proyectos, sus empresas aprenden, compiten, se certifican y se insertan en cadenas de valor sofisticadas. El caso de ITER, el gran experimento internacional de fusión nuclear en construcción en Francia, muestra esta dimensión industrial de la ciencia. Empresas españolas han obtenido cientos de contratos en el proyecto por montos superiores a los mil millones de euros, compitiendo en un mercado tecnológico altamente exigente. Esto no ocurre porque la física de plasmas “genere empleo” al año siguiente de publicar un artículo, sino porque existe una estrategia de Estado, una industria capaz de responder, instituciones que conectan ciencia e ingeniería, y una política de participación en grandes proyectos internacionales.
QUE LA CIENCIA Y LA TECNOLOGÍA OCURRAN EN CHILE NO BASTA: DEBEN OCURRIR CON CHILE
Chile tiene una experiencia ambivalente en Gran Ciencia. Durante décadas, el país ha albergado una parte fundamental de la astronomía mundial gracias a sus cielos excepcionales. Sin embargo, no siempre hemos logrado convertir esa posición privilegiada en desarrollo tecnológico local proporcional a la magnitud de las instalaciones presentes en nuestro territorio. Hemos sido, muchas veces, el lugar donde otros instalan grandes instrumentos. Hemos ganado ciencia, formación, prestigio y acceso observacional, pero no siempre hemos construido una política industrial y tecnológica asociada a esa presencia. Esa historia comienza a cambiar, lentamente, con una mayor conciencia sobre transferencia tecnológica, participación local, formación de proveedores y proyectos como SWGO, el futuro observatorio de rayos gamma de campo amplio que avanza hacia su construcción en Chile. La lección es clara: no basta con que la Gran Ciencia ocurra en Chile. Debe ocurrir también con Chile. No basta con ofrecer cielos, minerales críticos, energía renovable, conectividad, datos o talento humano. Debemos exigir, negociar y construir participación tecnológica local, contratos para empresas chilenas, formación de capacidades, laboratorios asociados, propiedad intelectual e industrial compartida, programas de educación técnica, encadenamientos regionales y transferencia real de conocimiento. De lo contrario, podemos pasar del extractivismo de recursos naturales al extractivismo de infraestructura, talento y datos.
ATRAER EMPRESAS NO ES LO MISMO QUE CONSTRUIR SOBERANÍA TECNOLÓGICA
Esto es especialmente relevante en la actual revolución digital. Atraer empresas tecnológicas globales puede ser positivo si se hace con estrategia. Puede generar empleo, inversión, conectividad y oportunidades. Pero no debe confundirse con soberanía tecnológica. Que una gran empresa instale servidores, centros de datos o servicios en Chile no significa necesariamente que Chile domine la tecnología, controle los datos, desarrolle algoritmos propios, fabrique hardware, forme profesionales, técnicos e investigadores avanzados, o que participe en las decisiones estratégicas. La pregunta no es sólo cuántas empresas vienen. La pregunta es qué capacidades quedan. Una política científica soberana debe preguntarse: ¿qué parte de la cadena de valor queremos dominar? ¿Qué tecnologías son estratégicas para Chile? ¿Qué capacidades necesitamos en energía, agua, alimentos, salud, minería, océanos, astronomía, inteligencia artificial, cambio climático, defensa, educación y cultura; y también para una infancia y una vejez saludables, felices y seguras? ¿Qué instituciones públicas deben desarrollarlas? ¿Qué empresas chilenas pueden participar? ¿Qué alianzas internacionales nos fortalecen y cuáles nos hacen más dependientes? ¿Qué conocimiento debe ser abierto, qué conocimiento debe protegerse y qué conocimiento debe transformarse en capacidades productivas nacionales?
LA CIENCIA TAMBIÉN PRODUCE CULTURA, DEMOCRACIA Y LIBERTAD
La ciencia tampoco puede justificarse sólo por su utilidad económica inmediata. Sería un error tan grande como negarle toda utilidad económica. La ciencia produce valor en muchas escalas. Hay investigaciones que salvan vidas. Otras mejoran cultivos, reducen consumo de agua, anticipan desastres naturales, optimizan procesos industriales, desarrollan vacunas, fortalecen políticas públicas, comprenden ecosistemas, explican desigualdades sociales, preservan patrimonio, mejoran la educación o amplían nuestra comprensión del universo. También hay investigaciones que no sabemos todavía para qué servirán. Eso no las hace inútiles. Muchas de las tecnologías que hoy sostienen la vida moderna nacieron de preguntas que en su momento parecían abstractas. El conocimiento tiene además un valor cultural y democrático. Una sociedad que entiende mejor el mundo en que vive es una sociedad menos vulnerable a la manipulación, al miedo y a la superstición. La ciencia no es sólo laboratorios y papers. Es una forma de hacer preguntas, de discutir con evidencia, de aceptar la crítica, de corregir errores, de construir memoria pública. Por eso las humanidades, las ciencias sociales, las artes y las ciencias naturales no deben enfrentarse como si compitieran por migajas presupuestarias. Todas forman parte de la inteligencia colectiva de un país.
EL DEBER DE COMUNICAR LA CIENCIA
Pero la comunidad científica también tiene deberes. Quienes investigamos con recursos públicos debemos explicar mejor qué hacemos, por qué lo hacemos, qué preguntas nos mueven, qué resultados obtenemos y cómo esos resultados pueden contribuir al país. No basta con hablar entre especialistas. Tenemos que comunicar a la ciudadanía la belleza del conocimiento, pero también su impacto potencial. Desde enero de 2023 he tenido la oportunidad de participar semanalmente en un espacio de ciencia en televisión abierta. En más de cien programas hemos conversado sobre investigaciones realizadas en Chile: desde el origen de las galaxias, los agujeros negros y problemas matemáticos profundos, hasta variedades de arroz que ahorran agua y reducen emisiones de metano, levaduras para mejorar la producción de vino, desarrollos de vacunas contra el cáncer de piel o investigaciones sobre virus respiratorios. Algunas de esas investigaciones fortalecen nuestra cultura, nuestro orgullo y nuestra identidad. Otras tienen impacto directo en la agricultura, la industria alimentaria, la salud o la biotecnología. Todas contribuyen a algo mayor: a que Chile dependa menos de respuestas importadas y confíe más en su propia capacidad de pensar, crear y resolver. La ciudadanía tiene derecho a evaluar la ciencia que financia. Pero para evaluarla necesita conocerla. Y para conocerla, los científicos debemos salir de nuestros laboratorios, salas de clases y congresos. Debemos hablar con claridad, sin arrogancia, sin tecnicismos innecesarios y sin miedo a mostrar que la ciencia es también una actividad humana, llena de incertidumbres, fracasos, belleza y perseverancia.
EVALUAR NO ES DESMANTELAR
Por lo mismo, la discusión presupuestaria sobre ciencia no debiera reducirse a una pugna entre austeridad y privilegios. Nadie razonable puede oponerse al buen uso de los recursos públicos. La transparencia, la evaluación y la rendición de cuentas son indispensables. Pero evaluar no es desmantelar. Priorizar no es improvisar. Exigir impacto no es desconocer los tiempos del conocimiento. Y buscar eficiencia no puede significar cortar justamente los programas que forman personas, sostienen colaboración, descentralizan capacidades o permiten investigación de largo plazo. Si Chile quiere que la ciencia genere encadenamientos productivos, debe construir los eslabones que hoy faltan. Necesitamos fortalecer la investigación básica y aplicada; crear y consolidar institutos tecnológicos públicos; conectar universidades con empresas, Estado y territorios; diseñar instrumentos para escalar tecnologías; financiar prototipos y plantas piloto; usar compras públicas para impulsar innovación nacional; incorporar a las regiones; vincular ciencia con defensa, salud, energía, agricultura, minería, océanos y educación; proteger conocimiento estratégico; formar técnicos, ingenieros, científicos y gestores tecnológicos; y participar en grandes proyectos internacionales no sólo como anfitriones, sino como socios con capacidades propias.
TOMAR EN SERIO LA PREGUNTA
Nada de esto se resuelve en un año ni en un gobierno. Requiere política de Estado, acuerdos amplios y una comprensión más profunda del papel del conocimiento en el desarrollo. Requiere reconocer que la ciencia no es un gasto suntuario, pero tampoco una varita mágica. Es una infraestructura del desarrollo: cuando está, parece natural; cuando falta, se nota tarde. Por eso, la pregunta inicial debe ser tomada en serio. ¿Cómo hacemos que la investigación científica se transforme en encadenamiento productivo? Es una gran pregunta. Pero su respuesta no consiste en pedirle a cada proyecto científico que genere empleos inmediatos, ni en suponer que atraer inversión extranjera equivale a tener soberanía tecnológica. La respuesta exige investigar, diseñar instituciones, aprender de otros modelos, reconocer nuestras condiciones locales y decidir qué lugar quiere ocupar Chile en el mundo. La ciencia chilena no pide inmunidad frente a la evaluación pública. Pide que se la evalúe con inteligencia, con perspectiva histórica y con comprensión de sus mecanismos reales. Y el país no necesita una defensa corporativa de la ciencia. Necesita algo mucho más exigente: una conversación nacional seria sobre conocimiento, desarrollo, democracia y soberanía. Porque si en Chile no invertimos en comprender quiénes somos y el mundo que habitamos, no sólo arriesgamos nuestro futuro económico. Arriesgamos también la libertad de decidir qué futuro queremos construir.
Leopoldo Soto Norambuena. Doctor en Ciencias Exactas con Mención en Física y Doctor en Procesos Sociales y Políticos en América Latina con Mención en Sociología. Investigador en física de plasmas y fusión nuclear. Autor de más de 130 artículos publicados en revistas internacionales. Premio Cátedra Presidencial en Ciencias en 1999. Galardonado como “Fellow of the Institute of Physics of United Kingdom” en 2007. Actualmente es Presidente de la Sociedad Chilena de Física.
