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Ciudad, Educación y Covid-19. Por Mario Vega

Basta observar el mapa de las comunas de Santiago bajo la reciente cuarentena dictada por la autoridad sanitaria en el marco del Estado de Excepción Constitucional de Catástrofe, especialmente en la Región Metropolitana que concentra el 85% de los nuevos contagios a nivel nacional hecho que nos permite apreciar la complejidad socio-espacial de los efectos de la pandemia de COVID 19 en nuestro país y, a partir de ello, de las múltiples fragilidades que este fenómeno es capaz de translucir hoy, con su mayor dramatismo.

Así es porque tras la cobertura de esta restricción a la circulación de personas y del cierre de las actividades productivas no indispensables, se develan alarmantes cifras de prevalencia de contagios, especialmente preocupantes en comunas populares, en donde fenómenos como el hacinamiento y la imposibilidad de modificar su régimen laboral, dada la informalidad en que se desenvuelven, impidiéndoles resguardar su salud debidamente.

El fenómeno recrudece en su complejidad en los municipios con mayores indicadores respecto de la proporción de habitantes pertenecientes a la tercera edad como Independencia, Recoleta, Quinta Normal y Santiago (INE, 2017) y cuya esperanza de vida ya presenta una brecha considerable respecto de aquellas del Sector Oriente de la capital que alcanzan los 88 años en mujeres (Unholster, 2019) y en donde, de no mediar una intervención contundente de parte del Gobierno, se puede crear un frente epidemiológico de difícil abordaje dadas las fragilidades socioeconómicas y socio-afectivas que rodean a este grupo etéreo.

Por el contrario, comunas como Vitacura, Las Condes y Vitacura, en donde se registraron algunos de los focos iniciales de la enfermedad, hoy en día presentan indicadores más bien razonables y las medidas de precaución son posibles de acatar dadas la mayor amplitud de las viviendas lo que reduce su densidad de uso por cada metro cuadrado así como la mayor vinculación a los sistemas de pago y trámites electrónicos que facilitan el cumplimiento de las recomendaciones de aislamiento social.

Son esas polaridades, las que se observan al constar el modelo de crecimiento inorgánico experimentado por la ciudad de Santiago en las últimas décadas, dada la tardía implementación de instrumentos de ordenamiento territorial, así como de la reiteración de procesos de gentrificación en ella. Estos hechos, se constatan al observar los desiguales volúmenes de población que exhiben los distintos sectores y que se eleva, especialmente, en algunas comunas alejadas de las áreas con mayor equipamiento, cuya elevada densidad demográfica hace indispensable la necesidad de extremar las políticas de información sanitaria a su población, sino también, las medidas de apoyo para enfrentar las vulnerabilidades de carácter social ahí existentes.

Por otra parte, el anuncio de un retorno gradual de las actividades escolares realizado hace algunas semanas por parte del Ministro de Educación, Raúl Figueroa y que hoy ha asumido un carácter abiertamente menos urgente a la luz de las ascendentes cifras de contagiados, es un asunto que es necesario observar con detención, no solo por la complejidad que pudieran representar las múltiples interacciones entre estudiantes y docentes en un sistema que privilegia la asistencia como principal vía de financiamiento de este servicio, independientemente de la provisión de este, municipal o particular, mediante el pago de subvención mensual. Así también, ante los múltiples desplazamientos que niños y jóvenes deben realizar a través de una ciudad que no posee condiciones de equidad en el equipamiento de este servicio y en donde, la llamada “movilidad diaria de estudiantes” (Donoso; Arias, 2013) se constituye en una adicional eventualidad de riesgo bajo las actuales condiciones.

Desde el punto de vista migratorio, la preferente inserción laboral de estos en el ámbito de los servicios, y el casi simultáneo cierre preventivo de las fronteras, los ha expuesto al desempleo así a como a la imposibilidad de un eventual retorno. Algunos de ellos, particularmente la comunidad de origen haitiano, ha sido objeto de tratos vejatorios ante la sospecha de ser portadores de la enfermedad.

Sin duda, la experiencia vivida hasta ahora a partir de la crisis sanitaria, ha dejado entrever otros complejos fenómenos socioculturales, al parecer transversales en sus diversos estratos y que dice relación con cierta displicencia en relación cuidado propio y de los demás, especialmente ante la opción de fines de semana largos y que la prensa ha difundido ampliamente.

Nuestras escuelas, sin embargo, tendrán una importante tarea al momento de retornar la normalidad y es la de aportar a la comprensión de los desafíos que la humanidad afronta respecto del ecosistema planetario y cuyas alternaciones explican, plausiblemente, la recurrencia de pandemias (Shah, 2020), tal como ha ocurrido con el SARS, N1H1 y Zika, por mencionar algunos ejemplos. El impacto de lo sucedido, sin duda debe mover a un diálogo en las comunidades educativas que permita construir en el mediano plazo una simbiosis entre nuestra dependencia de la naturaleza y su propia dinámica de sustentación.

Lo anterior, no hace más que mostrarnos las condiciones de segregación socio- espacial existentes en nuestras ciudades y, especialmente, en la metrópoli santiaguina y que se explican a partir de las condiciones que el modelo económico ha impuesto históricamente sobre su superficie, restándole funcionalidad social y perspectivas de integración estableciéndolo solo como parte de los bienes transables en el mercado. Se hace necesaria otra forma de construir y de habitar en su espacio que no solo atienda a la necesidad de justicia respecto de la calidad de vida, sino también que considere cómo abordar nuevos flancos de su vulnerabilidad como, en este caso, la posibilidad de nuevos contagios pandémicos masivos.

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