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Ciudad enmascarada. Por Jorge Leal Labrín

El momento presuroso ha llegado. Debo guardarme, esconderme como una hormiga en los bosques, entre bloques de cementos, en los adoquines impasibles. Dejarme atrapar en las intimidades, bajo las sábanas, en algún barco a la deriva… El silencio y la voz de los ojos habitando el cuerpo, sin poder escapar a las horas lentas. Soy como una rata, atrapado en mi guarida…

Pero el confinamiento no es mi enemigo, no le tengo miedo. Pensaré en otra cosa, en mis 5 sentidos, ¿saber cuál de ellos es mi cómplice aliado? Creo que es el olfato y, en segundo lugar, la vista. Me dispongo a hacer un ejercicio entre el color y el olfato, me apropio de un color, busco ser un color. Es muy cierto lo de la temperatura de los colores, van del calor al frío, pero también, cuando profundizamos en nuestra consciencia emotiva, el color nos transporta, nos sugiere un olor. Ello me conecta con Kandinsky, para quien el color es como una paleta de helados y comunica espiritualmente, así como tiene temperatura, y también nos sugiere un olor, un perfume. El encierro me conduce a una mayor consciencia emotiva, sobre las sutilezas de los olores y colores. Es como abrir la ventana a la luz, al sol, o a la lluvia. En cada uno de esos momentos, las moléculas aromáticas nos llegan y producen en nosotros sensaciones, unas mejores que otras, de esas diversas esencias aromáticas que vienen de la tierra, de las flores y plantas que las expulsan… El olor y el color están siempre presentes, perduran más tiempo en nuestra memoria; una de las cosas que mejor se guardan en la memoria sensorial es el olor. Los aromas de la cocina de la abuela no se olvidan, también conservamos el color de nuestra habitación cuando pequeños. De pronto un olor que nos llega, despierta nuestra memoria olfativa, revive en nosotros un recuerdo, una experiencia vivida mucho tiempo atrás.

El poeta Baudelaire, en sus escritos “Curiosidades Estéticas”, escribe sobre el color: «No es sólo durante el ensueño, ni en el ligero delirio que precede al sueño, sino también despierto y cuando oigo música, que encuentro una analogía y una íntima relación entre perfumes, colores y sonidos. Me parece que todas esas cosas han sido engendradas por un mismo rayo de luz, y que todas ellas deben reunirse en un maravilloso concierto. Sobre todo el olor de las caléndulas, rojas y castañas produce en mi ser un mágico efecto. Me hace caer en profunda meditación y oigo entonces, como en la lejanía, los sones profundos y graves del oboe.» El olfato es uno de los sistemas sensoriales presentes desde el inicio de nuestra primera edad, por lo que es ancestral. En nuestra vida tendremos un abanico de olores, fragancias, perfumes. De los alimentos, podemos reconocer sus olores por un sistema de vibración olfativa, para luego degustarlos. Con el color pasa un fenómeno similar, lo que se acopla mágicamente por medio de esa vibración sensorial que aviva la sensualidad del color, en el sentido que éste evoca olores y sabores, sus perfumes.

El color es entendido en la tradición ocultista como hijo directo de la luz. Desde el inicio de la historia de la humanidad, hemos vivido entre lo que es la luz y el color, pero solo después de Newton sabemos que el prisma puede descomponer la luz solar en una gama infinita de colores que forman el arcoíris. Como dice Johannes Ittens, maestro de la teoría del color y de la Bauhaus, “El color es vida, por ello un mundo sin color parecería muerto”.

No lo pensamos, pero funciona, en nuestro consciente como inconsciente, la atracción animal; se hace posible por las feromonas que secretamos todos los seres vivos. Así en los humanos, independiente de nuestra intención o acto, lo que segregamos hace posible que se produzca en otros un olor, un perfume irresistible, despierta la pasión y la sexualidad, y todo queda en nuestra memoria olfativa, lo que nos hace funcionar positiva o negativamente. Esto también funciona con el color. Un cierto color nos puede provocar atracción como rechazo; los labios pintados de rojo nos provocan; más allá que una atracción, despiertan nuestro sentido olfativo, sugieren un olor. Ahora, en situación de Pandemia mundial, tenemos que recuperar algunos sentidos perdidos, los menos usados como el olfato, volver a encantarnos con los olores amigables del cotidiano. La hiperexplotación de la naturaleza, la sobre industrialización, el consumismo desmesurado y sin control, contaminan a todo los seres vivos, destruyen el paisaje. Los químicos usados en los cultivos nos envenenan el aire; es lo que nuestro sentido olfativo rechaza. Es el momento de volver a recuperar lo que se pueda del sentido primitivo de la vida, donde el olor nos lleva a la imaginación. Podemos protegernos amplificando nuestros sentidos. Todos podemos sentir los colores y entender los olores. Existen personas quienes tienen más olfato que otras, pero esa facultad se cultiva.

La aromaterapia y el uso de esencias naturales, como el juego libre del automatismo del color, potencian nuestro ser espiritual. Nos hacen percibir los más variados matices en los colores como en los olores, por lo que tiene mucho sentido experimentar ambas emociones. La sutileza olfativa puede detestar diversos olores, al igual que el ojo puede ver en las aguadas y manchas libres de colores, variadas tonalidades que se esparcen. De esta manera podemos activar, o mejor dicho, tocar el fondo en el centro de nuestro cerebro, donde se encuentra la trama de redes neuronales del sistema Límbico que permite hacer fluir la memoria emotiva. Esta región del cerebro que, en la era primitiva, fue el lenguaje original y tiene la facultad de restituir en nosotros la energía corporal y psíquica por medio de nuestras emociones.

En mi confinamiento, abrí mis placodas olfativas, y comencé a sentir… Como una rata con su aguda percepción de los olores, siempre en alerta al peligro, me protejo con el color más espiritual de todos, el AZUL. Como los azules del alma de Yves Klein. El color azul es el más sublime en la historia del arte. Su olor es bien definido, pero muy sutil. El silencio es blue”s”. La persistencia del azul impregna los cuerpos, dotando a los seres humanos de seducción y espiritualidad.

Jorge Leal Labrín. Artista Visual, Profesor de historia del arte

“Ciudad enmascarada” - Aguada, acuarela sobre tela 114 x 146 cm

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