En kioscos: Mayo 2024
Suscripción Comprar
es | fr | en | +
Accéder au menu

Comentario al libro de José Bengoa: VIAJE A CARAL. Por Miguel Lawner

Querido José:

Has escrito una obra admirable. Yo no recuerdo cuanto tiempo ha transcurrido desde que leí un libro tuyo, pero Caral me fascinó.

Desde luego, es la primera vez que me entero sobre la existencia de Caral, la civilización más antigua descubierta en América, que sobrevivió alrededor de mil años, entre los años 3000 AC hasta el 2.000 AC aproximadamente, habiendo creado una civilización, que conoció el cultivo del algodón, capaz de levantar una ciudad con edificios ceremoniales, una plaza perfectamente circular, rodeada por una pirca apropiada para tomar asiento, y zonas residenciales. En las excavaciones, nunca se ha encontrado un arma de guerra, por lo cual es lógico admitir que se trató de una civilización pacífica, que vivió en armonía a lo largo de mil años.

Todo tu libro está impregnado de la tesis destinada a demoler las tendencias prevalecientes, hasta hace muy poco en la arqueología, caricaturizando a las civilizaciones primitivas como constituidas por seres primitivos, acosados por los climas severos, siempre en conflictos con sus semejantes. Recordemos a Darwin calificando a los habitantes de la Patagonia, como "las criaturas más abyectas y miserables". Al oír a un fueguino hablar su idioma, Darwin comentó que "los gritos de los animales domésticos eran mucho más comprensibles".

Además, con justa razón, tu libro rechaza la concepción aceptada por todos nosotros, en el sentido de que América comenzó con su “descubrimiento” por Colón en 1492, siendo la civilización de Caral la confirmación más categórica de ello.

Nosotros con Anita, viajamos en 1954 al Perú, con motivo de un intercambio que habíamos establecido entre las Escuelas de Arquitectura de Lima y la nuestra, de la Universidad de Chile. Este intercambio, tuvo su origen, en el impacto generado en toda América Latina por la Reforma de nuestros planes de estudio, impuesta a partir de 1946, el mismo año en que nosotros ingresamos a la Escuela.

Con el Perú, nos hicimos verdaderas escuelas hermanas. Un año viajaba un grupo de profesores, ayudantes y alumnos a un país y al año siguiente viceversa, integrándonos a participar en un ejercicio previamente convenido.

Ese año, al término del ejercicio, nos invitaron a unirnos a un viaje a la Sierra Peruana, que efectuaban los alumnos egresados de arquitectura, los cuales deben haber sido unos veinte. El viaje fue conducido por el colega Luis Ortíz de Ceballos, considerado en esos tiempos como el mayor conocedor de la arquitectura peruana de la época colonial.

Estuvimos un mes en la Sierra peruana, con Cuzco como centro, y viajamos a Oyantaitambo, Chincheros, Sacsahuamán, llegamos hasta Puno y Copacabana, el extremo boliviano del Titicaca y naturalmente a Macchu Picchu, adonde arribamos vía ferrocarril, y permanecimos todo un día, alojando entre las piedras, sin que hubiera nadie más fuera de nosotros. Incluso un grupo de alumnos peruanos y un par de los nuestros, escalaron hasta media altura el Huaina Picchu.

Nunca supimos de Caral. Quizás se descubrió después de 1954.

Tu libro nos hizo evocar la feria de Chincheros el día domingo, con los varones hieráticos de pie, observando como las mujeres practican el trueque, como lo explicas muy bien en tu libro, (acompaño foto).

JPEG - 357.9 kio

No recuerdo en que pasaje de tu libro relatas el rol activo de la mujer en la mayoría de las faenas, mientras el varón se reserva fundamentalmente para la caza.

Al respecto, yo viví una experiencia muy singular el año 1947. Con dos compañeros de curso decidimos durante las vacaciones de verano hacer un viaje al sur a dedo. Nos arreglamos para llegar hasta Puerto Montt y allí decidimos cruzar hacia Aysén. En ese tiempo, la empresa de Ferrocarriles del Estado, tenía unos barquitos que hacían el trayecto Puerto Montt-Ancud. Todos íbamos sentados en una banca rodeando la popa. A la altura de Calbuco, el barco ancló a unos 200 metros de la ciudad, que carecía de un muelle de atraque y vimos cómo se acercaron unos 10 o 12 botes, algunos trayendo pasajeros. Otros simplemente para hacer negocios.

Todos los botes eran conducidos por mujeres, mientras el varón permanecía hierático, sentado en la popa, acompañados de un niño de 10 a 12 años.

Los que venían a comerciar, se aproximaban al barco, mientras los pasajeros conocedores del intercambio, lanzaban al mar una moneda de un peso. Los niños de los botes, se sumergían en busca de la moneda y aparecían con ella mostrándola apretada con sus dientes, tras lo cual la mapuchita conductora del bote, ataba una pirgua de erizos a una de las sogas que los pasajeros había lanzado desde el barco. Se recogía la soga y los erizos llegaban a bordo.

Así habrá ocurrido una decena de veces, durante el corto lapso en que el barco ancló frente a Calbuco y, una vez reemprendida la navegación, todos los pasajeros del barco compartimos los erizos junto a una bolsa de limones que no supimos de donde apareció. Nadie hizo presente si habíamos lanzado o no una moneda al mar. Era natural que todos compartiéramos los erizos, que rápidamente se consumieron.

Toda la operación fue dirigida por las boteras, mientras el varón no se movió de su asiento. Así los vimos regresar.

Dicho sea de paso, Calbuco, en mapudungun quiere decir Agua Azul y la verdad, nunca vi, a lo largo de toda mi vida un agua de una azul más profundo y bello como el de Calbuco. No sé cómo estará ahora, probablemente contaminado como toda nuestra costa, pero entonces era de una belleza incomparable.

En fin, querido José, tu hermoso libro me motivó estas palabras. Te agradezco todo lo que nos has abierto los ojos, con tu bello y motivador texto. Un abrazo para ti y tu compañera.

Miguel.

7-4-2024.

Compartir este artículo