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Comparación de la vida del minero: pasado y presente. Por María José Muñoz González

Antiguamente, la vida del minero en Chile estaba marcada por grandes dificultades. Los medios de comunicación eran escasos y, a partir de la llamada Cuestión Social, se evidenciaban las profundas carencias económicas y la pobreza generalizada. Muchos hombres migraban desde el campo o desde regiones del sur hacia el norte, buscando sustento para sus familias debido a la falta de empleo y oportunidades laborales en sus lugares de origen.

En el norte, sin embargo, se encontraban con una realidad distinta: el pago con fichas en lugar de dinero, la existencia de casas de remolienda y la presencia de mujeres de “baja reputación”, en una época en que el género femenino no trabajaba en la minería. Estas mujeres, en cambio, esperaban a los trabajadores para gastar junto a ellos sus salarios en fiestas y celebraciones, lo que a veces hacía olvidar el propósito original de su viaje. En este contexto, fue cobrando fuerza el término “niño huacho”, recogido en la obra Ser niño ‘huacho’ en la historia de Chile (siglo XIX) de Gabriel Salazar (2006).

Al mirar hacia el presente, se observa que algunos aspectos han cambiado, pero otros se mantienen. Hoy, las mujeres participan en la minería, aunque muchas veces en empleos de menor remuneración o en funciones más simples. Los trabajadores que llegan desde otras regiones suelen compartir viviendas, tal como antes, y estas instancias de convivencia todavía se asocian a celebraciones y fiestas. En algunos casos, incluso, se realizan fiestas no autorizadas en las viviendas entregadas por el empleador, destinadas originalmente solo para el descanso. En estos espacios compartidos, la convivencia de hombres y mujeres en ocasiones se presta para amoríos, encuentros informales y fiestas clandestinas, lo que genera conflictos y tensiones dentro del entorno laboral.

Asimismo, continúan existiendo locales de dudosa reputación, aunque ahora las mujeres que trabajan en ellos suelen recibir un pago claro y directo, problema que se da porque en definitiva los hombres, abusan de la confianza del empleador agregando la facilidad de la falta de afecto entre los trabajadores, poca autoestima y la falta de respeto a la intimidad entre las personas, provocando muchas veces el despido, puesto que todos los trabajadores son reemplazables.

Estas dinámicas se mantienen y tienen riesgos y controversia. Incluso, podría decirse que aún existen “fichas” modernas —formas de pago o intercambio no monetario— que pasan inadvertidas, pero que responden a intereses diversos tanto de hombres como mujeres.

En definitiva, aunque han pasado décadas desde aquellos tiempos, la vida minera mantiene ciertas constantes: empleadores que facilitan viviendas donde se mezclan descanso, convivencia y, en ocasiones, actividades no permitidas; relaciones interpersonales que a veces se tornan complejas; y una dinámica social que, pese a las transformaciones, conserva ecos del siglo pasado, que nos enseña que la historia es cíclica aunque las condiciones laborales cambian, las personas pocas veces evolucionan y crean la historia reciente que vamos a enseñar en el futuro.

María José Muñoz González
Profesora de Historia y Geografía
Doctorando, Licenciada y Magíster en Educación Superior https://orcid.org/0000-0002-3495-7607

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