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Compartiendo un sueño: Una Ley de trabajo social para Chile. Por Carmen Román Montesinos

¿Quién no ha tenido un sueño y una pasión en la vida? Rememorando a Martin Luther King, el gran sueño de mi vida ha sido ejercer dignamente mi profesión, ocupando en ésta un lugar reconocido en la sociedad; que ella sea identificada como una actividad que tiene como soporte ético el reconocimiento de la persona humana, su entorno, su integración social a un todo compartido, siendo sus resultados validados y necesarios para avanzar como sociedad.

Mi sueño refiere a mi profesión, hoy el Trabajo Social, ayer la Asistente Social y al nacer la Visitadora, una profesión que ha sido fundamental para intentar dar respuesta a las desigualdades e injusticias que tantas personas viven y sienten a diario, cuestión que esta pandemia desnudó con toda su crueldad. Allí han estado miles de colegas, que en forma comprometida se han desempeñado silenciosamente en la llamada Primera línea. Una primera línea en la atención social, en el acompañamiento y en la denuncia, situación que una vez más devela las condiciones laborales intolerables y efectos negativos en la persona del/la profesional.

A medida que mi vida transcurrió, el sueño fue realizándose, buscando “en la medida de lo posible” concretarlo de la mejor manera, soy y he sido una enamorada de mi profesión, el Trabajo Social. Al contemplar los recuerdos de mis 5 o 6 años, me encuentro con escenas referidas a la ayuda que mis familiares prestaron en un incendio en un campamento obrero. Esos recuerdos, sin lugar a duda dieron sentido a lo que soy en la actualidad. Más tarde, buscando mi “vocación”, aterricé en la Escuela de Servicio Social de la Universidad de Chile por los años 1965. Allí comenzó un romance con el Trabajo Social, sintiéndolo cada vez más maduro y sólido.

En esa época el Trabajo Social vivía un periodo muy convulsionado, tanto en Chile como en el resto de América Latina, se buscaba desesperadamente respuestas al subdesarrollo existente en el Continente Latino y las/los estudiantes estábamos movilizados demandando respuestas más efectivas que excedían las aulas y sus enseñanzas. Había académicas/os complacidos con lo que enseñaban, funcionales al sistema y otras/os que se adherían con pasión a esta misión. Técnicamente este periodo lo conocemos los/las Trabajadores Sociales, como el periodo de la Reconceptualización.

La brutalidad del golpe militar, lamentablemente se grabó a fuego en las/os trabajadores sociales, puesto que, muchas/os colegas ofrendaron sus vidas por sus convicciones. También conocimos la violencia ideológica, que se manifestó censurando la formación y forzando la exoneración de académicas/os, deteniendo a otras/os y desapareciendo a muchas/os, había que detener una profesión que buscaba concientizar sobre las condiciones de miseria en que vivía el pueblo chileno. Por supuesto que la contienda era desigual, debido a que las armas académicas eran las teorías educacionales de Paulo Freire, o teorías sociológicas, antropológicas, psicológicas, entre muchos otros conocimientos; problematizábamos y abordábamos críticamente acerca de las condiciones sanitarias, habitacionales, jurídicas presentes en el país. En fin, era la Universidad en acción, que disponía libremente del conocimiento para formar a sus estudiantes. Era la razón, la característica esencial de ella. Vino el golpe, con ello la fuerza, y mis sueños fueron rápidamente truncados. Llegaron “las damas de colores a entregar aspirinas”, un voluntariado integrado por las “señoras de buena voluntad”. Rápidamente se comenzó a vender la idea que, los problemas sociales existentes en el país no requerían soluciones complejas, sino ayudas concretas.

Con anterioridad al golpe, habíamos logrado paulatinamente el posicionamiento en determinados cargos en la administración pública, los cuales sólo podían ser ocupados por los Trabajadoras/es Sociales, las/los que habían sido formados para tales efectos. Los cargos de Bienestar, en fábricas o Ministerios, o cargos en Municipios sobre Participación y Desarrollo de la Comunidad, entre otros ejemplos, eran ocupados por nuestra profesión.

Lentamente se produjeron estos cambios, sus fundamentos teóricos castrados y sepultados, cualquiera podía hacerse cargo del Bienestar o del Desarrollo de la Comunidad. Comenzó un asalto, secuestro y “prostitución” de un campo específico del conocimiento. Las escuelas de Trabajo Social en el país fueron intervenidas, los avances teóricos alcanzados a la fecha, transformados en lenguajes cotidianos carentes de sentido que permitieran orientar y validar acciones transformadoras necesarias. Cualquiera podía hacer lo que las “Visitadoras” de antaño hacían. El golpe de gracia vino cuando las enseñanzas del trabajo social perdieron su rango universitario, no se enseñaba más el Trabajo Social en la Universidad y el campo profesional fue invadido por personajes a quienes se le premiaban por favores políticos espurios.

Llegó la democracia y nuevamente las/os estudiantes se movilizaron, pero algo había pasado en la Sociedad, ya no había la pasión de antaño por los proyectos colectivos, sino que la pasión por los intereses concretos, personales. El Neoliberalismo se había posesionado del país.

Comenzó la lenta reivindicación de lo que había sido el Trabajo Social, se luchó por restituir su rango Universitario, fue una lucha intensa donde los intereses mercantilizados de la Educación se hicieron presente, se logró el Rango Universitario, se demostró que la profesión tenía a la base una disciplina sólida que la respaldaba. El Trabajo Social debía ser enseñado solamente en las Universidades, pero…. la matrícula era apetitosa a las diversas instituciones educacionales que habían florecido con la llegada de la democracia y el nuevo sistema político implantado, se convino hacer las cosas a medias, dejando la letra chica para que se pudieran entregar algunos conocimientos. Además, los empleadores tenían la libertad de contratar a quien le pareciera en los cargos que antaño ocupaban las/los Trabajadores Sociales. Total, era para la atención de los pobres, de los trabajadores ¡nada importante!

El sueño comenzó a transformarse en pesadilla, cualquiera asumía tareas complejas, y si aún dichas tareas eran asumidas por los egresados de las Escuelas de Trabajo Social Universitarias, eran los empleadores quienes fijaban los requerimientos para desempañar determinados cargos, donde se priorizaban respuestas económicas a los problemas humanos que se presentaren.

Tengo en la retina de mi memoria, los cientos de niñas/os violados, maltratados, vendidos, las mujeres golpeadas, abandonadas, jefas de hogar postergadas en todo sentido, los pobres de mi país que resignadamente pasaron a esperar la limosna del Municipio, del Político mediocre y corrupto que compra conciencias, o del partido o movimiento que busca adeptos a sus causas olvidando que la persona es algo más que una causa. Tengo también la demanda al Estado, de desarrollo de políticas públicas que operen desde la inclusión, el respeto a los derechos humanos y que dignifique a las personas, a los colectivos y al pueblo, puesto que la pobreza se encarna en las personas, no es una pobreza de estadísticas, de quintiles o de porcentajes.

El sueño siempre latente, cobra hoy una fuerza inusitada, la necesidad de una ley que normalice la atención a la persona por profesionales competentes, capaces de entregar soluciones reales y posibles, enmarcadas en procesos de transformación de dichas situaciones. Se busca que las respuestas no sean “aspirinas” que tapan situaciones dramáticas de pobreza, de desigualdad, de injusticia. Por el contrario, se trata de instalar profesionales que pongan a disposición sus conocimientos, siendo voz de los que no tienen voz, como nos exhortaba el Cardenal Silva Henríquez en la Vicaría de la Solidaridad a los Trabajadores Sociales que implementaron los trabajos de defensa ante la tortura, la desaparición forzada, en un país que conoció los horrores de la dictadura.

Sueño con una ley del trabajo social que resguarde realmente la formación de un/a profesional cuyos orígenes se remontan a finales del siglo XIX cuando el pueblo se organizaba y trasmitía sus experiencias entregándolas a la Academia para que investigara y validara, consolidando así un campo del conocimiento necesario para comprender al Hombre y a la Mujer en sus situaciones límites. No nos olvidemos que, en Chile, en el año 1925 se funda la primera escuela de Servicio Social en América Latina y en 1927 se dan los primeros pasos para la defensa gremial, creado con las egresadas un Club de Visitadoras, cuya tarea fue velar por el perfeccionamiento, la vigilancia ética de las acciones que emprendieran estos egresados y el fomento del trabajo solidario. Estos hechos constituyen un referente a escala mundial.

Hoy sueño con una LEY que nos proteja como trabajadoras/es, que reivindique el respeto a nuestro ejercicio profesional, puesto que, en la actualidad se despliega en contextos institucionales que nos precarizan laboralmente y cuyas funciones son extremadamente extenuantes, lo que produce un permanente desgaste, puesto que no cuenta con el soporte institucional adecuado.

El Colegio de Trabajadoras y Trabajadores Sociales de Chile está empeñado en la tarea de lograr una ley que proteja y regule el ejercicio profesional, estableciendo los deberes y derechos que sus integrantes merecen. Para ello, requiere el trabajo mancomunado y de unidad de todas/os las/los profesionales, académicos y estudiantes para que, organizadamente, contribuyan a su elaboración, buscando posteriormente los apoyos necesarios para transformar este sueño en una realidad.

Carmen Román Montesinos
Asistente Social
Vicepresidenta Colegio de Trabajadoras/es Sociales de Chile

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