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Con miedo también, por qué no. Por Jorge Norambuena M.

Existe una parte de la generación que indudablemente tiene miedo, sufre con la posibilidad de cambios. No por nada se inventan cada teoría con el fin de que las cosas sigan de una cierta manera, prácticamente sin cambios, o igual, digámoslo. Ésto, aun cuando esa “cierta manera” haya sido, si no un engaño, una farsa. Así: primero una tragedia, después la farsa.

Sin embargo, incluso cuando muchos consideramos que existe la necesidad casi vital de hacer cambios, ya necesarios y urgentes, de que las cosas no sigan como venían, me pregunto ¿se justificaría tener miedo? ¿podría ser entendible que quienes abrazan el ideal de las transformaciones tengan ciertos resquemores? Pues claro. Extraño sería no tener algún recelo, por lo menos, para quienes hemos vivido en aquello que, a riesgo de ingenua sinceridad, hoy nombro como una “privilegiada situación de consciencia social”.

Porque sí, muchas y muchos en este país salimos de una clase de la que quizás no se consideró que pensáramos en los que no han tenido nuestra suerte. De esa clase de la que quizás se esperó que seríamos felices y silenciosos con la tarjeta de crédito o los estudios universitarios en cuotas. De los que se pensó que el auto bautizo de “jaguares” nos completaría el sentido y nos aguantaríamos sin chistar construir nuestro país con los pies en la ilegitimidad. Clase media aspiracional, surfeante de una ola adrenalínica obligada a gozar de sus frágiles sueños de élite a la chilena.

Mas, en el recorrido de nuestras vidas, nos dimos cuenta de injusticias, desigualdades y un razonable y necesario malestar social casi llegando a la plaza, a la vuelta de la esquina. Nos dimos cuenta de que, en efecto, hoy tenemos la oportunidad y la suerte de pagar salud y educación “de calidad”, pero basta con que reviente la burbuja para que conozcamos en carne propia la educación y la salud de la mayoría, esa educación paupérrima y salud de suerte, viviendas de miseria y trabajos precarios. Y no, no sólo eso, sino que nos dimos cuenta de que hay compatriotas que viven esta cotidiana realidad como una normalidad, y que -aun cuando estemos en proceso de definición- merecen y merecemos dignidad por igual.

Pero si, frente a un futuro de cambios e incertidumbre, cómo seguir avanzando, hacia dónde, qué podría pasar mañana con lo que conocemos. Frente al temor, le escuché decir a Constanza Michelson que no siempre hay que ser valiente, a veces sólo queda avanzar, y con miedo. Y hace poco leí a Heiner Müller que refería que “la primera forma de esperanza es el miedo, y que el primer semblante de lo nuevo, es el espanto”.

¿Y si el miedo y el espanto no siempre fueran señal de detenerse, de retroceder, cómo quizás muchas veces escuchamos?¿si es que fueran, como los perros que ladran, una señal de que más bien avanzamos?

Nuestra mochila nacional carga, aún fresco, el miedo y el horror de tiempos cercanamente pretéritos. Estamos a días de un proceso fundamental, en tiempos de plena pandemia, con una esperable “campaña del terror” y no sin resquemor respecto del futuro que ya llegó. La caída de las fantasías, aunque no se les tenga en estima, no son sin duelo ni angustia. No es factible que todos seamos héroes y heroínas de la revolución, podemos también avanzar con miedo o resquemor, por qué no, pero avanzar.

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