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¿Con qué empatía y humanidad se puede gobernar? Sembrar minas y renegar de la humanidad. Por Alicia Sánchez

Cuando José Antonio Kast habló de minar la frontera, no fue solo una propuesta. Evidenció un desprecio por la vida que creímos superado. Sus palabras resonaron como una mina antipersonal al estallar: un sonido seco, definitivo, que precede la mutilación, a la ceguera o a la muerte.

Kast probablemente no sabe lo que pasa cuando una mina explota. Si es antipersonal, desgarra cuerpos, arranca extremidades, ciega. Si es antitanque, hay mutilación o desintegración. Como la que sufrió mi padre a fines de los 70, cuando la camioneta que conducía pasó sobre una mina antitanque.

La siembra de minas es uno de los episodios más olvidados de la dictadura. En 1978 Augusto Pinochet, en plena escalada de tensión con Argentina, Perú y Bolivia, sembró las fronteras chilenas con más de 180.000 minas antipersonales y antitanques. Una estrategia de guerra que convirtió nuestro territorio en un campo de muerte latente.

Las víctimas no distinguen categorías: estudiantes, trabajadores, embajadores, migrantes, militares, habitantes del altiplano, niños. Todos han caído en esta trampa. Como José Miguel, que en su época de estudiante fue mutilado cerca del Valle de la Luna. Como el embajador Winter, quien perdió ambas piernas mientras cumplía con sus labores cerca de Arica.

Chile ratificó en 2002 la Convención de Ottawa, comprometiéndose a prohibir y destruir las minas antipersonales. 165 países la han ratificado –el 85% del mundo– repudiando estas armas. Tras una lucha larga de víctimas, expertos y activistas, en 2017 la presidenta Michelle Bachelet promulgó la ley que entrega reparación y asistencia a afectados y sus familias. Y el 2020, bajo el gobierno de Sebastián Piñera, se completaron las operaciones de desminado humanitario, despejando 200 áreas. Se destruyeron 179.815 minas y se liberaron más de 27 millones de m². Además, Chile ha liderado esfuerzos internacionales, cooperando con otros países en instrucción y transferencia de conocimientos sobre desminado. El canciller Ribera destacó que, con vocación de paz, nuestro país cumplió su compromiso, haciendo el país más seguro y ganando reconocimiento y liderazgo regional en esta materia.

Al escuchar a Kast, pensé en Hannah Arendt y en la banalidad del mal. No se trata solo de crueldad, sino de la deshumanización que surge cuando perdemos la capacidad de pensar, reflexionar y empatizar. Cuando minar la frontera se propone con la liviandad de quien anuncia más cámaras de vigilancia, ¿con qué empatía y humanidad se puede gobernar? Pero además se busca enterrar décadas de trabajo de varios gobiernos, develando desconocimiento y ausencia de una mirada internacional y estratégica en estas materias.

Pensé luego: espero que mi madre no vea esto. Que no escuche cómo se quiere normalizar lo que le arrebató a su esposo. Que no tenga que revivir el día en que le entregaron un féretro sellado. Minar no es una metáfora. No puede ser una propuesta de alguien que aspira a gobernar un país en democracia. Es sembrar mutilación en nombre de la seguridad. Es retroceder décadas en un segundo.

Este ya no es un debate político. Es un límite moral. Y cada vez que alguien sugiere volver a minar, no solo habla de fronteras: reniega de la humanidad.

Alicia Sánchez, integrante del Grupo de Víctimas y Familiares de Minas Terrestres y Municiones.

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