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Confianza, la variable que falta en el presupuesto, Por Cristian Gutiérrez Rojas y César Olivares Brito

La Encuesta de Expectativas Económicas (EEE) de septiembre de 2026 del Banco Central recortó con fuerza la proyección de crecimiento del PIB de Chile para 2026 a un 0,7% (desde el 1,3% previo) y elevó la inflación esperada a fin de año a un 4,4%. Hace rato que oímos en la plaza el impacto que tendría en el actual escenario económico el clima de pesimismo imperante, así como la elevada incertidumbre que la envuelve. ¿Cómo entender este fenómeno a la luz de los avances de la teoría económica del último siglo? Dos teorías históricamente confrontadas hoy se retroalimentan para entender nuestro actual contexto económico.

La primera es la hipótesis de las expectativas racionales (Lucas, 1972), la cual sostiene que los agentes económicos (empresas, hogares e inversionistas) forman sus expectativas basándose en toda la información disponible, incluyendo la política económica presente y futura, y no cometen errores sistemáticos. De esta manera, la lectura que realizan éstos de indicadores macroeconómicos desfavorables (como el bencinazo y la caída del PIB observada en los primeros trimestres de 2026), los lleva a ajustar sus planes de inversión o contratación antes de que los efectos de dichas políticas sean plenamente visibles en los datos agregados. La desaceleración que vivimos, por tanto, refleja la reacción eficiente de agentes que están descontando un futuro de menor crecimiento, basándose en la información que poseen sobre la trayectoria económica. Bajo esta óptica, la desaceleración no es una sorpresa para los agentes. Si el mercado percibe que las medidas adoptadas —como las reformas estructurales o los recortes de gasto fiscal— tendrán efectos contractivos a mediano plazo o que la incertidumbre institucional persiste, ajustará sus decisiones de inversión y consumo de manera inmediata; profecía autocumplida.

Por otro lado, Keynes, en su obra magna de 1936, acuña el término “animal spirits” para describir cómo la emoción, la intuición y el optimismo humano de los inversores—más que el cálculo estrictamente racional—conducen y afectan a los mercados financieros y a las decisiones empresariales en momentos de incertidumbre. Es lo que se podría describir como una “pulsión espontánea a la acción”. Desde esta perspectiva, el pesimismo generalizado de los agentes económicos nacionales indica que los animal spirits han virado hacia un territorio marcadamente negativo, haciendo que éstos atesoren liquidez y posterguen proyectos, contrayendo así la economía. En este caso el inmovilismo más que responder a un cálculo racional como lo entiende la hipótesis de las expectativas racionales, está fundamentado en el miedo, en la emoción.

La psicología económica moderna ha profundizado en este aspecto emocional. Paul Slovic y sus colegas (2002) describieron un atajo mental denominado “heurística afectiva”: nuestras primeras reacciones emocionales influyen en la forma que se evalúa y se toma una decisión. En ocasiones algo nos genera una sensación negativa, tendemos a percibirlo al mismo tiempo como más riesgoso y menos beneficioso (Finucane et al., 2000), incluso cuando riesgo y retorno esperado pueden estar positivamente relacionados. Pensemos en un empresario que evalúa abrir una nueva sucursal. Si percibe un ambiente económico negativo, no solo puede considerar que el proyecto es más riesgoso, sino también reducir sus expectativas respecto de sus resultados. El efecto puede transformarse así en un doble freno para la inversión. Un fenómeno que se puede apreciar a primera vista es ver como un aumento importante en el precio de los combustibles, puede además influir con fuerza en la percepción del entorno económico. Aquí ambas perspectivas se encuentran: las personas procesan la información disponible, como plantea Lucas, pero la psicología económica muestra que esa información también es interpretada a través de nuestras respuestas emocionales, lo que puede llevar a percibir un escenario como más riesgoso y actuar con mayor prudencia.

¿Cómo salir de este complejo escenario? Nuestras políticas deben atender a ambos componentes psicológicos de los agentes. El racional debe enfrentarse ajustando expectativas con certidumbre técnica mientras que el emocional restaurando de manera urgente la confianza para transformar la cautela actual en un dinamismo productivo. Es de esperar que la próxima discusión del presupuesto nacional tome nota de lo anterior.

Cristian Gutiérrez Rojas
Decano Facultad de Ingeniería y Empresa
Universidad Católica Silva Henríquez

César Olivares Brito
Académico Facultad de Ingeniería y Empresa
Universidad Católica Silva Henríquez

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