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Contra la poesía neoliberal chilena: ensimismamiento y aislamiento. Por Gonzalo Rojas Canouet*

1. Estamos en guerra.

2. Los gobiernos actuales y, con ello, los Estados occidentales administran la democracia como nueva forma de opresión.

3. La democracia es la gestión de las dictaduras de facto. Es decir, con decretos y fuerzas de leyes burocráticas.

4. El fascismo no te disparará: te enloquecerá, siquiatrizará y envenenará.

5. La locura enajenante es la moralización de las acciones humanas. El feminismo y la etnicidad, en su cultura digital, es un referéndum extramoral de conductas. Cancela y funa lo que no le agrada. Algo igual funciona desautomatizando, las drogas. Abren un horizonte simulado en escala mayor, de recreación social desde una industria capitalista a escala de espacios públicos y sociales, el narcotráfico.

6. Otra industrialización capitalista que administra ya no los espacios públicos, sino los espacios subjetivos, mentales y del inconsciente, son la siquiatría y la sicología.

7. Los que pueden hoy inoculan venenos no solo explícitos sino sinuosos: la química sutil transforma a personas a punto de explotar desde su sangre y su estructura.

8. El arte subversivo debe explicitar como testimonio este mundo en guerra y abrir nuevos horizontes, desobedeciendo, desarreglando, desechando y reciclando las percepciones del cuerpo.

9. Descomponiendo el cuerpo actual nacerá una nueva intuición singular en cada persona. Al lenguaje hay que depurarlo del veneno de interpretar todo para que sea una herramienta colectiva.

Hoy el arte subversivo funciona con la imagen. Es el complemento, el ser visto para funcionar; la poesía no está en ese lugar. Ese arte subversivo, con la imagen se interpreta y apropia un mensaje desde la percepción: la estatua de Baquedano de Delight Lab. En el centro cultural Alameda, el guanaco de los pacos de punta en el medio del Bellas Artes o la bandera en el culo de Las Indetectables en campaña del fracasado Apruebo en Valparaíso. Desde el arte cuico al disidente, con todo y sin nada de recursos económicos, la percepción es la realidad. Es una derivada subversiva que se diluye en el hecho fatico jacobsiano más que su propio mensaje. En el fondo, ninguno de esos ejemplos expuestos son desajustes o desarreglos de los sentidos y, por tanto, de la realidad. La poesía esta fuera de esa imagen, no de las palabras, sino de apropiación digital. Escribir un verso es algo que siempre se está haciendo. Es dinámico. El hoy viejo Tinianov nos dijo que el verso es un fenómeno abrupto que no se sabe cómo comienza ni cómo termina. Esto es tan actual. La poesía es subversiva: funciona desajustando la realidad. No funciona con derivadas de percepciones de las agendas comunicativas digitales. Haz un verso, haz un párrafo. La inquietud de que el verso retumba y nunca se acaba queda en suspensión. La prosa aun es una escritura más definitiva. El cruce de ambos es una maravilla de leer. La poesía desajusta nuestra cabeza algorítmica. Reescribe y repiensa la soledad, el amor, la historia o lo que sea. La poesía es bella porque incendia el presente. Es el fuego eterno que depura la automatización del pensar de hoy. Es subversiva porque descompone realidades y eso les duele, no las representa en imágenes derivadas de la contingencia. Para eso la poesía sopla los simulacros nuevos y los bota en las orillas del mundo. Su belleza no es destructiva, es combativa como una planta tratando de crecer entre los pastelones.

Ensimismamiento y Aislamiento

La premisa es más o menos obvia: estamos en la época más aguda del neoliberalismo, lo cual daría a pensar qué sucede con la poesía hoy. En mi experiencia como profesor de Literatura, deducía la existencia de una tradición de la literatura burguesa y también del mundo popular en Chile, claramente identificables: de ahí sus cánones y tradición que se reproduce y se seguirá haciendo en la llamada academia. Lo que escaseaba siempre, según mi juicio, era una literatura o estética de la clase media. Concedo este punto en gran parte a la narrativa de Alejandro Zambra. Craso error: hay un sin número de publicaciones de poesía chilena que refleja y dan cuenta de los pulsos de la clase media. Expresan sus inquietudes refunfuñonas y en donde el neoliberalismo funciona como una estética que metaforiza al poeta como dispositivo de esta clase. Es coherente pensar que no solo fueron treinta pesos, sino también treinta años a la fecha de esta poesía nacional. ¿Qué es una poesía de clase media hoy? Es una poesía neoliberal, funciona como parte de su cultura. Puntualmente, el yo y su predominancia privilegia su estado en crisis en el mundo. Escasamente, se encuentra el otro, la risa y, menos, lo social. Es una poesía que se mira a sí misma, desmarcándose de la rica cultura popular, al menos que esta funcione como un efecto. Así solo es una poesía gentrificada, que ya hay por mil. Ese decorativo paisaje aparece en esta poesía, es un valor de exposición benjaminiano, en donde la representación es un estímulo nostálgico o inaudito de la realidad. La clase media chilena, es parte de la cultura neoliberal, en especial, desde la postdictadura, pasando por el estallido y la pandemia. La denomino como una cultura de la subvención, desde la nota que ponen los profesores en los colegios hasta las bonificaciones que bien sabemos todos. Esta cultura no fue impuesta por la dictadura pinochetista, fue instalada por la Concertación. Ya vamos para tres generaciones completas en este ritmo. La cultura concertacionista de la subvención, aplanado el terreno de la democracia tal como la conocemos, es la gestión del Estado hacia abajo (ese espesor que Bernardo Subercaseaux apunta) que la oligarquía impuso. Esto reitera una cuestión esencial: la capacidad de desmembrar el tejido social, ya que los sujetos al verse subvencionado se aísla en una suerte de comodidad contingente. Aumenta la necesidad particular por sobre lo colectivo. Veamos cómo es el comportamiento simbólico del derecho a la salud, educación y vivienda. El aislamiento construye una competitividad extrema. Este modelo agudiza la verticalidad y el agotamiento de pertenencia social. El feminismo, desde lo colaborativo puede, más allá de las estridencias, una cambio real y radical desde estos aspectos. En concreto, vivimos en una distopía social, una ficción política que tiene un ancla en la realidad a veces insuperable. Esta clase media, que ya no mira hacia la clase acomodada ya que tiene el sustento del crédito, se mira a sí misma. El mundo popular es decorativo, no es integrado. Y se entiende como popular como liberación social, lo carnavalesco bajtiniano, en donde la acción democrática real a estas alturas es una herejía ideológica. La clase media ha estado sola y esa es su tragedia, ser algo que no es y despreciar a lo que quiere que sea. La tragedia es la decadencia como clase, que bien se refleja en sus modos de pensar. Funciona como un disfraz, una ficción de sí misma, el intento de ser algo a través de ortopedias simbólicas. La poesía de la clase media no se distancia para nada de lo apuntado arriba. Si la caracterizamos, podemos ver un rechazo al mundo popular, se distancia de ese lugar debido a su alto grado de uso academicista (no habría que olvidar el aumento disparado del ingreso a las universidades, ya sea vía crédito o gratuidad, en ambas las clases populares quedan casi fuera). Además, es rearticulador de lecturas poéticas que giran en sí mismas, esto es, funciona como capa social que apropian y reiteran a una misma tribu poética similar. Es un asunto de construcción estética en donde el ejercicio escritural tiene un arraigo neoliberal, el cual se da especialmente en la tradición de la poesía lírica. La poesía experimental ha presentado algunas distancias frente a esto. Esta poesía a la que me refiero se escribe desde el ensimismamiento: la realidad es construida desde la mirada de lo inaudito que se liriza para hacer posible una imagen particular. Se podría decir de esta manera: es una poesía que funciona como efecto de lo real, pero que se distancia de esta misma. Es un simulacro devenido en una lirización que plasma retratos del cotidiano sin ninguna utopía que transgreda en otra imagen del mundo. Es una poesía que carece de risa. No hay parodia liberalizadora. Es más bien una poesía en extremo reflexiva y solemne de la existencial del yo que habla. Podríamos decir que es el yo ensimismado frente al mundo. El yo, herencia de 150 años de la poesía occidental, aun encuentra o relata la experiencia erótica, política y lo marginal como percepciones inauditas. Este yo sigue el mismo tratamiento de lo común en nuestra sociedad como algo pintoresco. Un efectismo como dispositivo estético masivo del ejercicio poético. La hipersubjetividad del yo que se mira a sí mismo, lirizando la realidad. Una mera acción decorativa que el poeta usa para habitar este mundo. No hay posibilidades de agenciar la palabra poética como máquina de guerra. Estas caracterizaciones expuestas van de la mano con aspectos culturales o de contexto. Repito esto en el afán de postular que la poesía de clase media en reflejo de la cultura concertacionista, la elite refrendada en el simulacro social. Ángel Rama con su libro “Rubén Darío y el Modernismo”, planteó una tesis importantísima: mientras más avanzó el capitalismo en América Latina desde el Siglo XIX y gran parte del Siglo XX, más avanzó el Modernismo. Es por esto, que Rama se preguntó por la función del poeta en ese nuevo paradigma, el cual tuvo un alojamiento en un nuevo oficio, el periodismo como un modo de división del trabajo. Hoy, en esta etapa de profundización del neoliberalismo, casi 150 años después, nos podemos preguntar por la función del poeta. Hoy, un poeta es un gestor cultural. Se apropia de un lenguaje burocratizante de expertis en formulación de proyectos. Trabaja aislado. Gestiona y funciona con contactos para mejorar y obtener proyectos. Administran sus intereses en favor de ganar el máximo de proyectos posibles. Con esto, desde el aislamiento, el gestor cultural es altamente competitivo y refleja una desintegración por el interés colectivo, llamado hoy en día como comunidad. Las complicidades afectivas, políticas y estéticas son funcionales para el proyecto en cuanto dure éste. El gestor trabaja desde un aislamiento laboral, se encapsula en el logro burocrático más que en construir en gestiones deseantes de utopías. Algunas conclusiones: desde la postdictadura hasta la fecha ha existido una poesía ensimismada y aislada, teñida de una línea conservadora del lirismo. La poesía debe volver a ser ofensiva, corriendo el riesgo actual de la clausura. Que sea ofensiva significa romper con los dispositivos cooptadores de subjetividades que dictan y dirigen al lenguaje, tal como funciona éste en las redes sociales. Como dije, la poesía debe volver a ser ofensiva, inclusive desde su eterna inutilidad: una escritura desagregada del ensimismamiento para leer la realidad, agenciando un nosotros para salir del aislamiento burocrático de la violencia estatal y lo extramoral que inunda nuestro mundo hoy en día. Un grado cero de la escritura que dé cuenta de una renovación. La nueva poesía debe limpiar el pasado, equivocarse en la más radical de las opciones. Veo un grado cero posible que neutralice la tradición lírica de la poesía chilena y que ha sido extendida por tres generaciones completas, creando una escritura tautológica disfrazada de nueva. Veo un pequeño portal en este momento que sea capaz producir y volver a lo telúrico que descomponga toda la tradición y dar paso al cuerpo poético renovador. Veo algunos poetas jóvenes despercudidos de lo anterior, proponiendo algunas neutralizaciones posibles.

* Doctor en Filosofía y Docente de Licenciatura en Lengua y Literatura UAHC.

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