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Coronanálisis: cuando el reino se expande, la videollamada es pergamino.[1] Por Diego Lolic

Escribir sobre la contingencia y los efectos del aislamiento que hoy nos azotan, puede convertirse peligrosamente en un manual de autoayuda, en consejos prácticos para disminuir la ansiedad, en orientaciones vocacionales para cuando todo esto haya acabado. El riesgo reside en soslayar las coordenadas particulares con que cada sujeto tramita su malestar, obturando la posibilidad de preguntarse por su lazo con el lenguaje, con su nombre y con el lugar que ocupa frente a ese Otro social que hoy se percibe amenazante. El psicoanálisis plantea una postura antinómica, pues erige una dirección de la cura condicionada por los brotes de angustia que abren sus pétalos al hacer patente el deseo. Es a partir de este territorio donde el sentido se hace aire, espacio vaciado de significación por el cual emerge el sujeto analítico, evocando las palabras de Lacan respecto a su caída como un «fruto maduro de la cadena significante».[2] ¿Pero cómo pueden auxiliarnos estas conceptualizaciones frente al Real que se cuela en lo cotidiano por las noticias, por la imprecisión de los políticos y por el enmudecimiento de los especialistas? Si bien no existe un sujeto de la enunciación colectiva, aquello parece volver continuamente al mismo lugar, al silencio mortuorio que engendra la pulsión. No hay respuestas y, como nos tiene acostumbrados, el discurso científico pospone el compromiso resolutivo al cual debe su existencia. En palabras de Freud, podría decirse que la disciplina empírica es como la conciencia: «no vale mucho, pero es todo lo que tenemos».[3]

 

El ingente número de personas que se ha visto infectada por el virus obliga a las autoridades a tomar medidas rápidas, desde la vacunación de la población de riesgo contra la influenza, hasta la cuarenta obligatoria y los cordones sanitarios. Pero tanto la respuesta irreflexiva como la ausencia de ella tienen profundas consecuencias, por bien intencionadas que parezcan al formularse. El sortear las preguntas sobre su prudencia y extensión transforma a los sujetos en cuerpos inanimados, en víctimas del COVID-19 y de un sistema político negligente. Más que tratarse de un error deontológico, puede provocar una hecatombe al prescindir del ejercicio previo; interrogarse según las condiciones de cada país. De esta manera, se prueba la máxima lacaniana de que el progreso es una ilusión al recordar que, según el Antiguo Testamento, Dios le da a David la opción de elegir entre tres castigos: siete años de hambruna, tres meses de guerra o tres días de peste. La humanidad cruza actualmente por todos ellos y los amplifica, impidiendo restarle valor al padecer bíblico, hecho carne por una moneda neurótica empuñada entre seres hablantes. Por razones obvias, la solución cristológica se encuentra fuera de la mesa y quienes la profesan hacen bien en guardar el luto.

 

Las implicancias clínicas o la clínica implicada

 

No es difícil constatar los efectos que esta pandemia ha tenido sobre los pacientes y analizantes que llegan semanalmente a nuestras consultas. Algunos llevan años tratándose, otros se analizan por temporada y unos cuantos recién comenzaban cuando la infección se volcó sobre las calles, negándoles la posibilidad de desplazarse y confinándolos en sus domicilios. Lo cierto es que el encierro, anudado a la incertidumbre social que golpea diariamente a nuestra puerta, no puede sino engendrar angustia. Sin embargo, lo que implica el displacer manejable para un sujeto puede evocar un ataque de pánico en su vecino, lo mismo que para el asceta esta instancia no es más que el mundo adecuándose al suyo. No hay receta médica capaz de cubrir tal diversidad de verdades. En este escenario los profesionales de la salud se han convertido en héroes ciudadanos. Y en parte lo son, aunque los aplausos de balcón generen el mismo pudor que cuando se aterriza un avión. Por contraparte y, aunque conviva en los bordes de un territorio común, la clínica psicoanalítica suele prescindir de los elogios, procurando situar enigmas allí donde las preguntas adolecen. Es claro, en el contexto actual su rol no es prioritario; hoy en día la sobrevivencia es horizonte.

 

Teniendo en cuenta estas coordenadas éticas ineludibles, no representa un hecho menor el empeño puesto por los psicoanalistas en mantener vivo su acto, erguido a contracorriente a través del deseo luminoso que lo funda. Los pacientes se ven compelidos a dejar sus tratamientos mientras el analista hace malabares para mantenerlos a flote, lo cual exige un arranque creativo que no es ajeno al invento freudiano. Tanto Freud como Lacan hallaron un saber-hacer en el imposible terrenal que planteaban las guerras. Fuera con cartas, escritos o seminarios, la elaboración de esta disciplina, que sitúa al inconsciente como faro, sobrevivió a los intentos más vehementes de aniquilamiento, gatillados por conflictos políticos entre potencias o por desavenencias doctrinarias; lo que en última instancia viene a ser lo mismo. ¿Pero cómo enfrentar el ejercicio clínico hoy, en un registro marcadamente diferente y con avances técnicos que acortan las distancias? Si nos apartamos de las palabras vacías y de su ensoñación, no parece ser más fácil ahora mantener en pie una cura, a 120 años de la fundación simbólica del psicoanálisis. Tampoco sorprende que la proliferación de posibilidades tecnológicas termine ahogando las respuestas singulares, y que los analizantes vean con desconfianza la replicación por videollamada de los efectos alcanzados. Tienen razón en dudar. En este sentido los pacientes nunca dejan de enseñarnos. Un dispositivo móvil o una computadora no pueden reemplazar la experiencia fenoménica de un análisis, de los sonidos estomacales de un hombre angustiado, de los actos sintomáticos que entrañan una verdad. En el plano de la mirada, sólo se advierte lo que recorta el encuadre del aparato. Es un pie forzado, los quevedos perdidos por el «Hombre de las ratas». ¿Constituye acaso algo muy aventurado el conjeturar que con este corte se promuevan determinados efectos? ¿Qué pasa si logra suscitar el deseo de ver, a través de la falta que pone en juego la compresión, lo que no aparece, el fuera de campo? Lacan destaca la seducción producida por los aspectos parcelados de la experiencia cuando aduce: «Lunares y tejidos de belleza —permítanme proseguir con el equívoco— muestran el lugar del a, reducido aquí al punto cero (...) Más que la forma que él mancilla, es el lunar el que me mira. Es porque me mira por lo que me atrae tan paradójicamente, algunas veces con más razón que la mirada de mi partenaire, pues esta mirada me refleja y, en la medida en que me refleja, no es más que mi reflejo, vaho imaginario».[4] De manera coherente, el autor plantea que en el discurso analítico el tratante debe situarse como objeto a, haciendo semblante de este para causar el deseo del analizante. No se trata, entonces, de poner en primer plano a la mirada (cuya función claramente se puede explorar), sino de rastrear las coordenadas que el deseo deja como estela cuando está al acecho de su objeto perdido. Deseo que puede tomar las vías de la mortificación y del anonadamiento, recordando el viejo y penetrante apotegma freudiano: «Nunca estamos menos protegidos contra las cuitas que cuando amamos; nunca más desdichados y desvalidos que cuando hemos perdido al objeto amado o a su amor».[5]

 

Aún resta esclarecer otro atributo que podría guardar el «análisis de pantalla» (que continúa siendo un análisis del sujeto), siempre que se esté dispuesto a correr con los costos que trae aparejada la suspensión de un fragmento importante de espacialidad. El psicoanalista parece estar acostumbrado a ello, pues en el seno de su labor paga con su habla, luego con su persona y, finalmente, con una interpretación que no excluye su juicio íntimo.[6] Si puede definirse la angustia como aquello que no engaña y que está fuera de duda, la visualidad de un encuadre, sea horizontal o vertical, permite aflojar mediante un engaño aquella certeza horrible. Se trata de utilizar la virtualidad como soporte y señuelo, margen delimitado y frontera de trabajo. Siguiendo esta trama, las palabras de Lacan resuenan con un eco de fuerza: «La angustia es suficientemente repelida, desconocida, en la sola captación de la imagen especular i(a)».[7]

 

Tomando en cuenta estos ejes, la práctica analítica (por lo menos en su envase) cuenta con las condiciones para ejecutarse por una hendidura, observando por un cerrojo o atestiguando un cuerpo fragmentado; cuerpo herido en sus partes por el significante, por la mirada o por la enfermedad. Allí el analizante deja posar la cámara y se muestra. Este último detenta las líneas de apoyo y las opciones que la falta le suscita, dejando en claro que no es obligatorio tener ojos para ver, lo cual también se aplica al caso contrario, donde el que se ufana por vislumbrar algún retazo del futuro o tener las cosas bajo su control, culmina siendo el peor de los ciegos.

 

La función de la voz

 

Si antes revisamos los márgenes de lo escópico en su relación con el desafío que hoy nos convoca, en este apartado lo haremos con la pulsión invocante, que tiene una relevancia preeminente en la posibilidad de que haya cura. Marcel Czermak, en una exposición introductoria de 1984, subrayó con tesón: «estamos enfermos de hablas, y no de afectos protopáticos».[8] Lo anterior explicita el campo de acción del análisis, a la vez que inscribe un punto de guía al proponer que lo formado por el lenguaje debe resolverse desovillando palabras. Da a entender algo del cariz que mantienen ciertas familias italianas, donde las disputas entre miembros se resuelven en su ley.

 

El COVID-19 no es una consecuencia de la lengua, más bien corresponde a una mutación vírica tremendamente contagiosa. No obstante, sus efectos pueden ser tramitados por el significante, y es por esta vía que nuestro trabajo ingresa para empalmar y suturar el tejido lenguajero. En ocasiones, un tratamiento psicoanalítico no apunta más que a devolverle a las palabras su poder ensalmador. Freud nos enseña esto en el albor de su obra, aseverando que el conjuro que atraviesa el verbo, al ser proferido, resulta capaz de eliminar fenómenos patológicos de distinto talante, especialmente aquellos cuya raíz se extiende en el psiquismo.[9] El hablar sana, lo cual no se debe a un simple artilugio sugestivo. La voz que el desahogo proyecta por una computadora, sigue representando a un sujeto para otra voz. Los teléfonos, las videollamadas y los correos electrónicos, como medios por los cuales el lenguaje deja su marca, son aptos para la emergencia de un sujeto, en tanto que este se muestra y retrae en un movimiento pulsátil. El inconsciente tiene cabida, aunque sea mediado por una interfaz. La realidad misma constituye un engaño y no accedemos a ella sino a partir de nuestro fantasma; toda imagen pasa a ser virtual y el yo no garantiza su unidad.

 

Cuando el amo contemporáneo procura extender su reino echando las bacterias a la calle, la escucha opera permitiendo una inscripción. ¿Y qué es lo que se inscribe en estas circunstancias? Tomando la voz de Hamlet: «Palabras, palabras, palabras». Sintagmas que permiten una movilización subjetiva, un cambio de posición que a muchos les cuesta matrimonios, puestos de trabajos y un puñado de años de sufrimiento. Pero cuando el significante se desliza el goce empieza a ceder. Es por esto que se requiere un pergamino, una piel de cordero sobre la cual escribir cuando el afuera implacable persigue y castiga. La idea de fondo estriba en el lazo social, buscando franquear los muros que el reino instaura con fines autoeróticos. Una videollamada o sesión telefónica puede cumplir esta función, en concordancia con que, según Lacan, la pulsión invocante «es la más cercana a la experiencia del inconsciente».[10]

 

Avatares de la teletransferencia

 

La apuesta por el psicoanálisis entraña un sinnúmero de pérdidas, transformando su ejercicio en un contacto cotidiano con la frustración. Este argumento posee la capacidad de un despliegue mayor, rendimiento susceptible de esbozar que, de no haber frustración en el tratamiento de un paciente, algo se estaría dando por sentado, renunciando a la escucha que el inconsciente ofrece con particular relieve. De esto al acting hay un paso minúsculo. Identificarse con el lugar de saber que el analizante supone en el psicoanalista, implica herir de muerte una cura en sus inicios, lo cual nos lleva a hablar inevitablemente sobre el tema de la transferencia. ¿Qué significa la transferencia? Es la reedición o puesta en juego, en el vínculo terapéutico con el tratante, de los significantes, demandas de amor y escenas que marcaron la organización subjetiva en tiempos primordiales. «Para decirlo de otro modo: toda una serie de vivencias psíquicas anteriores no es revivida como algo pasado, sino como vínculo actual con la persona del médico».[11] Este fenómeno (el principal soporte de la cura, así como su más fiel adversario) se encuentra en casi todas las relaciones entre sujetos, en tanto que estos deben su ser al lenguaje que los produce. De igual modo, habita en los contextos más variados: laborales, académicos, amorosos y odiosos. Son escenas que evocan a otras y por las cuales el habla denuncia una posición.

 

Mediante el dispositivo electrónico, sea cual fuere, ¿puede el analista encarnar la figura del Otro, en tanto sujeto supuesto al saber inconsciente? Si se conviene en aquello (varias experiencias actuales así lo sostienen), se tornará imperativo declararle al analizante nuestra docta ignorancia, una ausencia de respuesta que le devuelva la pregunta, favoreciendo su elucidación sobre los trazos de la demanda hacia el Otro. A fin de cuentas, no hay una respuesta posible y las verdades son todas ficcionales. Confrontarse con la falta de significante en el Otro es también hacerlo con la castración.

 

A diferencia de otras elaboraciones teóricas sobre el tema (y en relación al peso que detenta en la transferencia), creemos que el cuerpo no se pierde, sino que se fracciona. Y como tal se disemina en objetos, en parcialidades que se enfocan por elección o posibilidad y que son capaces de causar el deseo. Respecto a esto, hallamos nuevamente una propuesta en el decir de Lacan: «Todo acceso a lo real hace entrever que el cuerpo no es más que transición de forma y no llega más que a recrear otro cuerpo, objeto ofrecido de soporte al deseo».[12]

 

Entonces ¿qué es lo que se pierde? Volvemos a elevar el enigma, como si se tratase de aquella insistencia del significante que envuelve el automaton. En primer lugar, se pierde la espacialidad de la consulta y el trayecto físico hasta su puerta, aspectos no menores si consideramos la transferencia. De esta forma, quedan debilitadas las investiduras libidinales que reposan sobre los objetos, obligando al sujeto a buscarse nuevos senderos para su catexis. Desde la demora en aquel paradero de bus con los mismos rayados de siempre, pasando por el café rutinario en el almacén de la esquina, hasta la conversación sobre el clima con el ascensorista y la lectura de revistas o libros en la sala de espera del consultorio. No es sorpresivo oír a ciertos analizantes comentar que el inicio de la sesión tuvo cabida estando en camino a ella, por más que durante la hora fáctica su discurso se haya dejado tomar por tramas heterogéneas. Con estos antecedentes, la clínica por videollamada no puede menos que establecer nuevas incógnitas, lo que es insoslayable si pretende legitimarse como un dispositivo a la altura teórica de su época.

 

1. ¿Quién llama? Esta pregunta hace resonar el interrogante erigido por Lacan respecto al deseo del Otro: «¿Qué quieres?».[13] El fantasma emerge como respuesta, y como tal, cada sujeto deberá efectuar la llamada (o por el contrario, contestarla) según las costuras que halle en su propio velo. El analista no es ajeno a esta fórmula, puesta en juego de continuo por sus decisiones e inhibiciones en el tratamiento.

 

2. ¿Son interpretables los cortes tecnológicos? Con esto nos referimos a que la Internet se caiga, la señal de un aparato móvil se pierda o la batería de un computador se acabe. Estas escansiones, en sí mismas, no pueden ser objeto de una intervención clínica. Hacerlo transformaría al psicoanálisis en la exégesis de una situación azarosa, de carácter divino, similar a lo que realiza el psicótico en su delirio de significación. Distinto es interpretar los efectos que para el analizante tiene esa caída, disímiles según el caso y que, frente al tema que se estaba narrando, pueden traer consecuencias.

 

3. ¿Es practicable la asociación libre con un paciente nuevo y por videollamada? Según la experiencia recogida, las personas que tienen sus primeras sesiones en línea suelen requerir mayor estructuración en el transcurso de las mismas. Esto último no involucra, necesariamente, situar al yo sobre la cresta de la ola, pero sí implica un uso ético y cuidadoso de los silencios, teniendo en cuenta que una sesión así, para algunos individuos, puede gestar de antemano un verdadero «miedo al derrumbe».

 

Queda todavía una distinción entre los artefactos con que se dispone para trabajar, la cual incumbe de manera relevante a los tiempos lógicos de un análisis. Hay quienes manifiestan que las videollamadas tendrían similitudes con las entrevistas preliminares, lapso en el que el cara a cara suele estar instituido. Otros apuntan a que el teléfono cumpliría una función más cercana al psicoanálisis mismo, relegando la mirada como soporte imaginario. ¿Corresponde esto a los señalamientos de una dirección de la cura, empezando por las videollamadas para luego tomar el teléfono? El riesgo de la cronología no parece estar fuera de dudas. Para que la hipótesis avanzara tendrían que evitarse las tentaciones evolutivas, tan propias de la neurosis y de cierto psicoanálisis que apunta a deprimir a sus pacientes. Los tiempos son lógicos y la acción se divide entre la suspensión y el precipitarse. Entonces, es a partir de un sofisma que Lacan nos plantea tres momentos de la evidencia: el instante de la mirada, el tiempo para comprender y el momento para concluir.[14] Esta realidad mediada por una interfaz, la virtualidad radical que la pantalla nos presenta junto a sus micrófonos, ¿es susceptible de ser pensada según las elaboraciones lógicas precedentes? En este caso, estamos muy lejos de una articulación epistémica medianamente coherente. Se vuelve necesario emprender nuevas investigaciones y registrar la experiencia clínica para poder establecer con mayor finura lo que este mecanismo tolera. En un primer oteo, no se presenta como una revolución disciplinaria, no obstante reorganiza los límites e implanta condiciones novedosas para el ejercicio mismo. Un modo diferente de hacer clínica, que aguijonea con la contingencia y exige hallarle una vuelta.

 

El forzamiento terapéutico

 

Este último tópico es el más peliagudo, pues se funda con un significante despiadado: «forzamiento». De inmediato afloran las resonancias de su saber oscuro, poniendo en juego conceptos sociológicos tan profundos como la coacción, la represión y el mandato. Que el significante siguiente sea «terapéutico» no representa una aporía, sino una propuesta osada que ha ido ganando terreno en el debate de ciertos círculos psicoanalíticos. El sentido que aquí interesa rescatar es el de empuje, de empuje al análisis cuando las coordenadas del mundo exhortan a guardarse. Que haya análisis, en cuanto deseo de obtener la diferencia absoluta;[15] fin último y preciado del deseo del analista. Si bien estas consideraciones tienen todavía un desarrollo incipiente, es menester sacarlas a la luz en el intento de formalización que encarna este artículo.

Frente al orden de cosas que impera, así como a las vacilaciones fantasmáticas que produce, no es inaudito pensar que ante la duda un sujeto obsesivo o hipocondríaco decida aislarse. El yo ha probado históricamente ser un pésimo consejero, desconociendo las verdades del inconsciente que siempre quedan a medio decir. En este punto el psicoanalista puede efectuar un suave aseguramiento de su práctica, escribiendo o llamando al analizante con el objetivo de volverle patente el trabajo alcanzado. Dicha acción busca acentuar la importancia de su continuidad, entregándole un hilo de Ariadna en momentos en que el laberinto apremia. El enunciado podría tomar la forma siguiente: «Lo espero en su horario habitual, el lunes a las 10:00, por teléfono o videollamada». La elección del aparato puede seguir los ejes aquí propuestos respecto al tiempo lógico en que se encuentre cada cura. Sin embargo, esta jugada tiene una trampa, en cuya caída se arriesga el cambio del discurso analítico por el capitalista. El valor de las sesiones debería estar dentro de los márgenes de lo abordable, más aún en un escenario de detención económica tan violento como el actual. No se puede olvidar que la ética es nuestra técnica y que sin ella podemos acabar haciendo cualquier cosa. Y cuando se trata del inconsciente del otro, ese «cualquier cosa» no puede significar un analista inconsciente. En términos de Lacan: «Lo que el psicoanalista debe saber: ignorar lo que sabe».[16] Ante lo cual nosotros agregamos: «Pero no puede desconocer lo que hace».

 

 

 

 


[1] Artículo escrito en el marco de las actividades que desarrolla el consultorio del Grupo Psicoanalítico Plus, en abril de 2020.

[2] Lacan, J. (1967). Mi enseñanza. p. 62.

[3] Freud, S. (1933). Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis. En Obras Completas. Volumen XXII. p. 65.

[4] Lacan, J. (1963). El Seminario. Libro X. La angustia p. 274.

[5] Freud, S. (1930). El malestar en la cultura. En Obras Completas. Volumen XXI. p. 82.

[6] Lacan, J. (1958). La dirección de la cura y los principios de su poder. En Escritos 2. p. 561.

[7] Lacan, J. (1963). El Seminario. Libro X. La angustia. p. 359.

[8] Czermak, M. (1984). Estudios psicoanalíticos de las psicosis. p. 46.

[9] Freud, S. (1890). Tratamiento psíquico (tratamiento del alma). En Obras Completas. Volumen I. pp. 123-124.

[10] Lacan, J. (1964). El Seminario. Libro XI. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. p. 111.

[11] Freud, S. (1905). Fragmento de análisis de un caso de histeria (Dora). En Obras Completas. Volumen VII. p. 101.

[12] Lacan, J. (1962). El Seminario IX: La identificación. Clase del 23 de Enero de 1962. (Ricardo Rodríguez Ponte, trad.) p. 211.

[13] Lacan, J. (1960). Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano. En Escritos 2. p. 775.

[14] Lacan, J. (1945). El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada. Un nuevo sofisma. En Escritos 1. pp. 199-208.

[15] Lacan, J. (1964). El Seminario. Libro XI. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. p. 284.

[16] Lacan, J. (1955). Variantes de la cura-tipo. En Escritos 1. p. 335.

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