Hay fenómenos malignos que crecen libremente y que son detectados cuando ya es demasiado tarde. El cáncer al páncreas, por ejemplo, avanza como si nada malo estuviera pasando; pero cuando asoma, este es irreversible. Algo similar ocurre con ciertos incendios forestales subterráneos, aquellos que, sin emitir humo ni calor hacia la superficie, durante años se propagan bajo el suelo consumiendo materia orgánica y que, cuando emerge la primera llama, esta viene acompañada de un fuego de voracidad incontrolable. Esto también se presenta en algunos glaciares: por fuera se ven sólidos, estables, eternos; pero durante décadas internamente pueden estar fracturándose, hasta que un día ocurre el colapso súbito y violento que estropea la majestuosidad paisajística.
Para ese cáncer intestinal, incendio forestal y grieta glaciar existe un equivalente en la gestión pública: la Corrupción Asintomática. Es ese abuso de poder que se consolida de manera tan sigilosa como robusta. Se agiganta premeditadamente sin mostrarse, sin que se note. No huele, no cruje, no se ve. Pero avanza a paso firme. Y después de un largo rato, cuando accidentalmente se llega a descubrir y se convierte en escándalo, la ciudadanía suele preguntar: “¿Cómo nadie se dio cuenta?”. La respuesta es dura, pero obvia: porque la Corrupción Asintomática se dedicó, precisamente, a eliminar la capacidad de darse cuenta.
La lección científica es inequívoca: si se esperan señales conspicuas, siempre será tarde. La verdadera prevención —como en oncología, silvicultura y glaciología— se basa en identificar con anticipación las rarezas en la integridad. Ese es un desafío mayor porque la Corrupción Asintomática basa su éxito en mostrar que todo está en regla, que siempre se cumple con las normas éticas, que todos son buenos muchachos. Para esa puesta en escena los maestros del engaño anulan los sensores y los procesadores de información que pudieran reportar alguna fechoría. Puesto que ningún sensor, ya sea humano o artefactual, es panorámico, una clásica táctica consiste en destinar ese detector a una parte de la organización que no es rentable para los corruptos, de tal manera que los procesos monitoreados sobre dicha unidad se observen conforme a la probidad, mientras que el resto, débilmente enfocado, se está pudriendo. Otra táctica consiste en enmarañar los procesos auditados de tal manera que la trazabilidad de ellos se complejiza hasta tal umbral que todo rastro de indecencia se desvanece.
Dado que mantener una permanente fachada de probidad es costoso, la Corrupción Asintomática otorga en ocasiones la oportunidad para que un suspicaz agente externo a la organización o un inquisidor miembro interno de ella pueda detectar alguna maldad. En Chile, las agencias de periodismo investigativo son quienes, desde afuera —más que fiscales y policías— suelen develar esta forma de corrupción. Desde el interior de la organización, quien generalmente grita es un funcionario observador ya asqueado de ser testigo de tanta indecencia. Sin embargo, los que profitan de la Corrupción Asintomática saben que los periodistas intrusos y los empleados audaces son escasos, por lo que las faltas a la probidad siguen secretamente multiplicándose.
En este escenario, si la alta gerencia de cualquier organización quiere de verdad detectar tempranamente la Corrupción Asintomática con la que invisiblemente puede estar habitando, debe escudriñar. OK, pero: ¿qué escudriñar? Toda organización discretamente capturada por los corruptos se las arregla para impedir cualquier inspección a sus unidades productivas, haciendo que cada una de las estructuras sea considerada por un contralor como “caja negra”. Es decir, por más que se profundice en el examen organizacional en niveles recursivos, siempre quedarán unidades cuya intimidad es desconocida para un supervisor de probidad.
Afortunadamente, pese al afán de los cómplices de la Corrupción Asintomática por ocultar el funcionamiento de las entrañas organizacionales, gracias a la Teoría de Sistemas se puede inferir lo que ocurre dentro de ellas catastrando aquello que ingresa y egresa de estas unidades productivas. Estas entradas y salidas son los ya mencionados flujos de información, más los de energía y materia. Con este modelo sistémico, el escaneo debe identificar anomalías; es decir, diferencias entre el valor medido de un flujo respecto al que, según cierto estándar, debería tener.
Atento, entonces, a un flujo demasiado acelerado, otro que está desviado o alguno con una composición alterada; incluso un flujo que acaba de aparecer u otro que, de pronto, ya no existe. Estas discrepancias son señales de que algo nocivo puede estar ocurriendo. Tales anomalías se presentan, por ejemplo, cuando en un concurso público se piden requisitos inalcanzables para luego decretar trato directo, cuando una contratación se posterga para enseguida aludir un vencimiento del plazo o cuando se saltan ciertas formalidades excusándose en el exceso de burocracia.
Sin embargo, no todas las anomalías son tan burdas; de hecho, la totalidad de ellas en la Corrupción Asintomática son sutiles y casi imperceptibles. Por ello, la mejor estrategia consiste en simular una organización “espejo” que represente a aquella que está bajo la lupa, pero que opere con altos estándares de legalidad y probidad. Al enfrentar el comportamiento de los flujos de la organización virtual con su par real, se podrán identificar las desviaciones y así activar las alarmas.
La Cibernética, entendida como la ciencia del control, ha demostrado que el colapso aumenta su probabilidad de ocurrencia cuando se deja de buscar las señales de que algo malo puede estar sucediendo. Por lo tanto, más vale saber qué está pasando en los tejidos organizacionales antes que la gangrena se muestre cuando ya no hay nada más que hacer.
Lucio Cañete Arratia
Facultad Tecnológica
Universidad de Santiago de Chile
