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Corrupción en Chile: a borrar, a borrar que la justicia nos va a pillar. Por Gustavo Gac-Artigas*

Es costumbre general que el malhechor intente destruir las pruebas de su culpabilidad. El que sea una acción por poderosos realizada no debiera otorgarle impunidad frente a la justicia ni hacerla moralmente aceptable.

No porque sea un presidente en Estados Unidos quien intente borrar sus huellas de un fracasado intento de golpe un 6 de enero, hace que el obstruir la justicia sea legalmente aceptable, que un golpe sea aceptable.

No porque el hijo de un presidente en los Estados Unidos, o en otro caso, presidenta en Chile, se haya aprovechado de su cuna para realizar oscuros negocios en provecho propio, hace que esas acciones se presenten como aceptables a los ojos de los gobernados.

No por lo que el hijo del presidente en Colombia haya recibido prebendas de narcotraficantes para su enriquecimiento personal, y para ayudar, sin que este lo supiera, a la campaña presidencial de su padre, hace que el lavado de dinero y compra de políticos sea moralmente aceptable.

No por lo que el desparpajo se una a la sinvergüencería cuando la exesposa del hijo del presidente de Colombia, también acusada de recibir dinero de los narcos, declara: “aquí robamos todos”, un no soy la única, el único, hace que el ensuciar la política con los bajos fondos sea moralmente aceptable.

No por lo que la mafia haya entrado al poder en brazos de un exagente de la KGB en Rusia donde negociados y poder se entremezclan, donde el ego de un individuo se oculta bajo la ambición de revivir un imperio, donde los aires zaristas recubren el oro de los palacios logrando que el pasado y presente guerrero se retroalimenten, hace que este camino sea moralmente aceptable.

No porque dos autócratas se hayan robado un país en beneficio propio en Nicaragua, hace que la práctica del poder para despojar a un pueblo sea aceptable y un ejemplo a seguir.

No porque bajo el alero de “la falta de experiencia” en Chile sirva de excusa, pero se sea diligente y habilidoso en desviar los dineros del Estado para beneficio propio, hace que esta falta de experiencia sirva de excusa para lavarse las manos y alejar una condena.

Todos ellos, todas ellas, han recurrido a borrar los indicios, las pruebas de sus fechorías, justificándolas bajo falseados conceptos políticos, o claramente apoyados o apoyadas por cómplices en el camino delictual.

Todas y todos borran las memorias de los computadores, de los teléfonos portátiles, silencian a sus subordinados ejerciendo el chantaje del poder: “si yo caigo no caigo solo, o sola”, mientras ponen en práctica la consigna “a borrar a borrar que la justicia nos va a pillar” para obstruir la justicia.

Hace 50 años quemábamos papeles para que la dictadura no los encontrara; así partieron poemas, afiches, libros, carnets de militancia en un partido de la UP. No se quemaban para ocultar un mal haber, se quemaban para proteger la vida, la de uno, la de otros, en un momento en que en Chile la justicia estaba en manos de la muerte.

Ellos, los agentes de la dictadura hicieron partir en llamas libros, la poesía, la filosofía, los clásicos, repetidas hogueras de la infamia en la negra historia de la sociedad.

Hoy no se queman papeles en el patio trasero de la casa, en un tambor de metal oculto a los ojos de los militares, hoy, tiempos modernos, se queman en las nubes formando los nubarrones de tormenta que caracterizan al mal gobernar, al maleante.

Los que ayer prendieron fuego a los libros en una orgía dantesca que proyectaba la ignorancia y el miedo sobre las nubes y los que hoy intentan quemar las pruebas del saqueo del dinero destinados a los más necesitados tienen algo en común: ninguno tiene excusas y su actuar es moralmente inaceptable, judicialmente inaceptable, y tanto el desvío de fondos sociales para provecho propio como el intentar obstaculizar la acción de la justicia borrando las pruebas deben ser punibles.

Desde la antigüedad, cuando el gobernar era un arte, y la voz del pueblo respetada, la probidad, la transparencia hicieron parte del buen gobernar y ello, ayer como hoy, es una responsabilidad colectiva si es que queremos un buen gobierno para Chile y no regresar al pasado.

Lo que hoy está sucediendo es grave y no se puede ignorar.

Frente a esta situación el pueblo tiene derecho a preguntarse, ¿para qué las leyes si estas son burladas y no se sanciona?, ¿de qué sirve un “conforme a la ley” si la ley no sirve para evitar el mal actuar?, ¿ello me da derecho a violarla?, ¿para qué la justicia si esta no actúa?, ¿para quién se legisla si el legislar no tiene sentido?, ¿para quién se gobierna si se permite el saqueo de las arcas fiscales?, ¿para qué una nueva constitución si esta favorece los privilegios de los que detentan el poder y no del pueblo?, ¿para qué soñar si el sueño conlleva la pesadilla del mal gobernar?, ¿para quién funciona la democracia?, ¿es esto democracia?

Frente a esta situación, el gobierno tiene que dar una respuesta sana, transparente y creíble, probadamente creíble, una acción enérgica, responsable y eficaz; tiene la obligación moral de querellarse contra los que desvían fondos sociales para lucro personal, puesto que el que se querelle es un deber y un mandato del pueblo en defensa de sus intereses.

Querellas que terminen en sanciones y medidas que garanticen que nunca más los corruptos puedan meter sus sucias manos en las arcas fiscales, que no se termine ocultando las fechorías tras cortinas de humo, irrisorias sentencias o ponciopiláticas excusas, pues hasta la más descabellada aventura populista y antidemocrática puede renacer de las cenizas, ocultarse bajo otro nombre, y el camino hacia la autocracia se despeja para falsos profetas haciendo olvidar las amargas experiencias del pasado.

Por los muertos del pasado, por el dolor sufrido, por los humillados, por los olvidados, por el presente y el futuro, por decencia, la decencia que conlleva el buen gobernar, hay que actuar antes de que sea demasiado tarde. Ello es la mejor forma de conmemorar los 50 años del golpe de Estado que sumió a nuestro país en la negra noche de la dictadura

* Escritor, poeta, dramaturgo y director de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Reside en los EE. UU.

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