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Crisis mor(t)al. Por Rodrigo Karmy Bolton

La expresión "crisis moral" tiene larga data. Se podría decir que ella remite a una definición de lo moderno en la medida que ésta es vista en su forma centrífuga, orientada a desgarrar las prácticas y lazos sociales tradicionales.
A principios de los años 90, bajo la conservadora voz del otrora cardenal Carlos Oviedo Cavada, la Iglesia Católica chilena diagnosticaba que la sociedad chilena padecía de una "crisis moral", por cierto, mientras la propia Iglesia silenciaba el abuso sexual como práctica generalizada al interior de sus filas. De cualquier manera, la expresión "crisis moral" adquiere una tonalidad fuerte en la voz de Beatriz Hevia, presidenta del Consejo Constituyente y militante del Partido neofascista llamado "Republicano". "Fuerte" porque expresa un diagnóstico del presente y, a su vez, la promesa de una nueva etapa del dispositivo neoliberal. El "diagnóstico" remite a la clásica imagen de toda derecha reaccionaria, según la cual, el pasado no aparece sino como "decadencia moral" y cuya causa -según los nuevos apologetas del neoliberalismo "Republicano"- residiría en la aplicación puramente mecánica, secular y exenta de espíritu del principio neoliberal de la subsidiaridad. La "promesa" por tanto, se articula en función de reparar ese "laicismo" con el que habría sido aplicado el neoliberalismo ofreciendo un plus espiritual, un "alma" por la que la subsidiaridad podría encontrarse con la "moral" y, por tanto, restituir los lazos de la sociedad. De esta forma, la expresión de Hevia no es ni casual ni antojadiza: es ideológica en un sentido fuerte. El proyecto de Republicanos reside precisamente en ofrecer un plus espiritual al principio neoliberal de la subsidiaridad. Se trata de restituir el lugar del "alma", producirla, para hacerla calzar con la gubernamentalidad neoliberal y así suturar la relación entre alma y cuerpo, entre subjetividad y neoliberalismo. Si la revuelta popular de Octubre de 2019 implicó una suspensión de dicha sutura y, por tanto, la apertura de una inadecuación entre subjetividad y neoliberalismo, el proyecto de Republicanos es su reverso exacto: se trata de suturar, volver a adherir subjetividad con neoliberalismo gracias al plus espiritual –ideológico- en base al cual se producirá el alma. Pero ¿qué materialidad tiene dicho “plus espiritual”? Ante todo, la de la performatividad: se produce continuamente vía discursiva, se articula continuamente vía práctica. No tiene sustancia alguna, sino tan solo un conjunto de discursos y prácticas que orientan su acción a la producción incondicionada de un “alma” que haga como si la despiadada máquina neoliberal que arroja a los seres humanos a una competencia global sin cuartel, fuera, en rigor, el reducto hogareño en el cual se componen los lazos sociales, los dispositivos “afectivos” con los que debe funcionar todo sistema.
Para ello, la antropología de la “persona” ya instalada en los primeros artículos de la Constitución de 1980 y replicada, a modo de presupuesto, en los primeros artículos del borrador ofrecido por el Consejo de Expertos, y la idea de la “familia” como instancia privada de socialización resulta decisivas para la revolución neofascista urdida por Republicanos. La Restauración conservadora en curso pasa, en parte, por el despliegue de una revolución, sin duda. Pero una revolución del "alma", una revolución "espiritual", una revolución que pretende restaurar la moral y establecer así la adecuación perfecta entre economía y moral, entre gobierno y subjetividad. Se trata, por tanto, de que el diagnóstico de la crisis moral, en rigor, supone el despliegue de una crisis mortal, por la cual, la imaginación popular y el legado de Octubre deberían quedar definitivamente enterrados. Matar a los sublevados, conjurar a los espíritus díscolos, impedir el disenso. Pero, justamente, todo pasa por una ilusión: el “deberían”. He aquí la exigencia por la cual las dos grandes coaliciones políticas están intentando “llegar a buen puerto”: se trata de cumplir, de alcanzar la meta de tener una Nueva Constitución pues -se cree- con ella la política encontrará estabilización y la imaginación terminará neutralizada. Se trata, por tanto, de un “proceso redactor” antes que un proceso “constituyente” precisamente porque, tal como ocurrió en la votación del pasado 7 de mayo en el que se llamaba a participar simplemente porque el voto era “obligatorio”, la totalidad del proceso está reducido a su aspecto procedimental: es necesario cumplir, alcanzar el Nuevo Texto y que éste se apruebe en diciembre. Si para cumplir es necesario ejercer una violencia que trastorne el proceso en uno abiertamente anti-democrático como el que estamos contemplando, no importa. Lo importante es cumplir, llegar a la meta, realizar la obra a partir de la cual, los chilenos tendrán que “encontrarse” sin la crisis moral atribuida al pasado y con el plus moral proyectado hacia el futuro: el “encuentro” está previsto como el final feliz de una amarga película, como el estadio último de una ficticia reconciliación que solo la perversión de la clase política (el partido portaliano) puede llegar a desear.

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