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Crónicas a cuatro manos, de Federico Gana y Andrés Titi Gana. Por Juanita Gana

En primer lugar, quiero agradecer la generosa invitación de Federico Gana a de la presentar su reciente libro. Y aclarar que no es nepotismo. Aunque por esas cosas de la vida, Federico fue colega y amigo de mi padre, Juan Gana, no tenemos vínculos familiares.

Descubrí a Federico en Letras de Chile, hace un par de años, y aunque no nos una el parentesco, no puedo dejar de verlo como la sutil cercanía de mi padre desde las palabras.

Esas palabras que Federico nos recuerda, desde el inicio de su libro, que son “la esencia poderosa, como una llave que abre las puertas de los cielos y de todos los infiernos, de moros y cristianos, de los que sí y los que no. Con la difícil realidad que traen volando las palabras estamos, en todo caso, sobreviviendo. Las palabras son hechos, de ellas vivimos como vivimos”.

En esta época, sobrevivimos, a pesar del apagón cultural, caracterizado, como nos dice Federico, “por el encendido del neón y las luces led de una percepción neoliberal de la modernidad”.

Sobrevivimos gracias a Federico y a tantos otros porfiados o perseverantes –o ambas cosas- que insisten en escribir, en regalarnos con la palabra. A veces santa, otras no tanto, pero todas nos sacuden e invitan a revisar, al menos por un rato, dónde estamos. Como sociedad o como individuos.

El libro de Federico nos entrega una serie de crónicas diversas, donde a ratos se mezcla el humor, la nostalgia, la denuncia, la esperanza, el amor, la ternura, nuestra historia a través de la historia de otros o la del mismo autor.

En Cactus, cuánto amor sentí en las palabras de Federico describiendo una mañana con su hija, empeñada en poner orden en lo que es imposible ordenar. Un esfuerzo de orden cuyo mayor mérito es rescatar los objetos y recuerdos que hemos ido guardando pero que, indefectiblemente, como si temiéramos revisar nuestra historia, o como si pensáramos que viviremos eternamente para algún día prestarles atención, o como si fueran parte del baúl que presentaremos a San Pedro cuando sea el momento de plantear argumentos y presentar evidencias. O quizás sean un intento de luchar contra la impermanencia de la vida, porque en esos objetos estamos nosotros. Hacia el final, en esta primera crónica, una frase sobre un cactus florido me conmueve y entristece “Dura un día. La flor, -dice después la niña. Mi niña”.

A veces las crónicas comparten historias personales. Bueno, siempre son personales en la medida en la que proceden de la propia experiencia. Pero la suya es una experiencia vital, lúcida, que lo observa todo, indaga, empatiza y escudriña ese detalle mínimo de la cotidianeidad que nos permite conocer a un personaje cualquiera o nos revela aspectos de nuestra sociedad que están al debe.

Hay relatos que nos llevan a momentos inolvidables, como la derrota de Godfrey Stevens en Japón, en Los Boxeadores, o la época bizarra de la pandemia, que la mayoría hemos olvidado, como si nos diera vergüenza reconocer cómo trastrocamos nuestras vidas y se instaló un nuevo orden en el país, digno de la ciencia ficción. El autor nos recuerda con humor esos días en De Salida.

En el viaje por el sistema de salud pública, en la crónica titulada El Siguiente, comparte con humor la incertidumbre de un posible cáncer y los diversos vericuetos a seguir en esos espacios en los que, públicos o privados, el ser humano pasa a ser poco más que un objeto, donde algunos aceptan resilientes los silencios, la invisibilidad del peregrinaje, y simplemente se adaptan echando mano al tejido interminable de bufandas y chalecos o lo que sea para pasar las horas de espera.

En contraste, El Ilusionador nos presenta una historia de amor -o en realidad dos-, que, mágicamente, sin que conozcamos a los protagonistas ni sus circunstancias, al menos a mí me deja sumida en el dolor del amor trágico y de las ilusiones no correspondidas. El autor también comparte con nosotros en Destinatario esa época maravillosa y angustiante de los primeros amores, de esos a la distancia de unos pocos metros, de esos nunca declarados, de esos que nos hicieron tartamudear, de esos que nunca llegaron a ser.

Federico también provoca respecto de los cambios de la última cincuentena, y más de alguna feminista se sobresaltará con El Piropo. También denuncia la normalización de cuestiones sociales, que son inaceptables, y la ceguera de nuestras dirigencias, que luego se muestran asombradas y cuyos análisis posteriores sistemáticamente se titulan “no lo vimos venir”, como en las crónicas Defiéndete Cultura y Gracias Mariana.

En la crónica Lentejas, el escritor nos lleva a través de lo que parece ser una interesante receta de cocina para luego develar el juego. La necesidad de recuperar en nuestras vidas la lentitud con la que deben prepararse las buenas lentejas.

Volviendo a los amores imposibles, hay dos crónicas que comparten las fantasías que, creo, todos hemos tenido respecto de decisiones o azares que pudieran habernos llevado a la gloria del encuentro con ese otro que, sin conocerlo, quisiéramos tenerlo a nuestro lado. Como en Siempre es muy Temprano o en Barrio de Película. Para Federico fue Sofía Loren. Para mí fue Serrat.

La contingencia política y nuestra historia oscura y reciente también se hacen presentes en estas crónicas como en El Corresponsal, dedicado a la memoria del reportero gráfico Alejandro Basualto, que relata el reportaje frustrado de un crimen y deja en el aire posibles connivencias para evitar que la verdad se conozca. Así mismo, en Romper el Hielo, se develan nuestros prejuicios sociales y las consecuencias de vivir en una sociedad segregada, dominada por el temor y para la cual su máxima aspiración es la ilusión de la seguridad, no importa a qué costo.

Cierran estas Crónicas a Cuatro Manos un relato desternillante y a la vez frustrante, Puerta Mala, porque en lo absurdo de la historia no podemos dejar de ver nuestras propias experiencias con el absurdo generado por procedimientos ridículos y personas que se esmeran en hacerlos cumplir aunque no tengan ningún sentido, lo que a veces nos divierte por lo descabellado de las situaciones que se producen, pero que las más de las veces nos provoca desazón y rabia.

Hay una última crónica, El Cronista Inagotable, dedicada a Daniel de la Vega. Para mí, el cronista inagotable es Federico Gana, el que en esta selección de crónicas nos lleva por mundos diversos y comparte con nosotros sus incontables experiencias. Todo esto con palabras directas, francas, honestas, compasivas, genuinas, articuladas para construir historias entrañables.

He dejado para el final de esta presentación los dibujos de Titi Gana. Debo decir que me pareció envidiable un proyecto como este desarrollado entre dos hermanos. Imaginé los encuentros y conversaciones en torno a las crónicas y el libro hasta altas horas de la noche. Titi Gana acompaña las crónicas magistralmente con sus dibujos, a veces limpios, simples, otras recargados y abrumadores. A veces como un cómic, a veces como un viñetista o un caricaturista, Titi Gana nos deleita y nos invita a una segunda lectura de cada crónica.

En suma, Crónicas a cuatro manos es un gozo, un libro para leer lentamente, quizás una o dos crónicas al día, viajando por el tiempo, sin prisa. Gracias Federico.

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