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Cuando el trabajo se convierte en dolor. Por Fernando Véliz Montero

“Nadie se nos montará encima si no doblamos la espalda”
(Martin Luther King)

Mi abuelo siempre trabajó, mi padre siempre trabajó, yo no paro de trabajar y, mi hija, en un futuro próximo también tendrá que trabajar. ¡Así es!, la palabra trabajar, este concepto que surge del latín tripaliare, término que viene del tripalium (tres palos), representa un yugo construido con tres pesados maderos de roble en donde siglos atrás se amarraba fuertemente a los esclavos para dominarlos. En aquel tiempo el objetivo estaba definido: quebrar al esclavo desde un continuo agotamiento físico y psicológico. De esta forma, el tripaliare producía dolor en los brazos y las piernas, en la espalda y el cuello y, con esto, el sometimiento era absoluto.

En la actualidad, este yugo de pesados maderos sigue metafóricamente presente en el alma de las personas, en su autoestima y ecosistema emocional. Es decir, el trabajo (tripaliare) muchas veces más que nutrirnos y expandirnos como seres humanos, nos atomiza y disminuye, nos agota, jibariza y debilita, haciendo de esta diaria experiencia, un momento complejo para sostener en el tiempo.

A modo de ejemplo, en Chile es común hablar de “ir a la pega”, “sacarse la mugre”, “sacarse la cresta”, “estar reventado”, es decir, vivimos para trabajar y muchas veces ésta sola experiencia nos genera dolor, pero nosotros, consciente e inconscientemente, ese dolor lo transformamos en desesperanza aprendida desde un lenguaje que muchas veces invisibiliza y naturaliza la propia contradicción: “así es la vida”, “es lo que me tocó vivir”, “es lo que hay”, “trabajo es trabajo”, etc.

Pero ¿qué es lo que nos lleva a experimentar este dolor? Entre otras causas, este divorcio con el trabajo surge muchas veces del mal trato laboral (mobbing), de la desigualdad en los propios salarios, de las extensas jornadas que concluyen en estrés (bornout), de los liderazgos que muchas veces atropellan la dignidad y los derechos de las personas, del miedo constante a ser despedidos por cometer errores, de la tensión generacional (X, Y, Z…), de las prácticas antisindicales, de la robotización y tecnologización del trabajo y la incertidumbre que esto genera, de la brecha salarial en materias de género, de la angustia al futuro (mayores de 40 años), de la volatilidad de los trabajos formales (externalización e inestabilidad), de los problemas de clima organizacional (ambientes tóxicos), de las dolencias de la salud ocupacional (sedentarismo extremo), de la falta de reconocimiento y meritocracia para crecer dentro de las empresas, de los deficientes beneficios, de los sueldos jibarizados que no se nivelan con los años, de los entornos laborales precarios (infraestructura, seguridad, etc.), de la capacitación que muchas veces no suma al crecimiento (ni técnico ni humano), de la exagerada información verticalista que dificulta el diálogo (carencia de escucha), de los constantes cambios (fusiones, reducciones, transformaciones, crisis, etc.), de la escasa participación organizacional desde una tenue democracia interna (cuando existe), de la explosión de las licencias médicas a causa de enfermedades mentales (depresión, trastornos bipolares y ansiosos, alzas de suicidios), de la doble carga de tareas en especial en el caso de la mujer (trabajo y hogar), del mismo trabajo sin sentido (no saber por qué y para qué hacemos lo que hacemos)… en definitiva, son muchas y diversas las razones que hacen de este dolor, un espacio de replanteamiento.

Se suma a esta abultada y compleja realidad, que hace ya más de cinco años, las autoridades del Ministerio de Salud daban alerta por la pérdida de días de trabajo (50 mil en total), a causa de las enfermedades mentales de origen laboral. Y planteaban que esta explosión se produjo en el decenio 2002-2012 con un aumento de un 700%. Sumemos a esto la pandemia y su impacto directo en el mundo del trabajo, fenómeno sanitario que fue estudiado el año pasado (2021) por el “Termómetro de la salud mental” (UC y ACHS), y que arrojó como resultado que un 23,6% de los chilenos presentaba indicios o problemas de salud mental (insomnio y estrés). Y de esta cifra, la mitad de los encuestados evaluaban que su estado empeoró con la crisis del Covid (miedo a perder el trabajo, a contagiarse, al futuro incierto, etc.).

Por otra parte, el conjunto de estos factores también se nutre con estudios en paralelo como el de IPSOS (2022) que evaluó la felicidad en el país, afirmándose que un 46% de los chilenos se considera “No muy feliz” o “Nada feliz”. En este estudio también se planteó que temas como la salud mental, son de primer orden (59%) dentro de las urgencias del país, y que estas cifras ocupan el segundo lugar a nivel mundial, sólo por debajo de Suecia (63%).

En tanto, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización Internacional del Trabajo (OIT), constantemente están dando presencia a estos temas, exponiendo sus fragilidades desde la inconsistencia del cómo generar organizaciones más sanas, conscientes y cuidadosas con el bienestar de sus trabajadores.

Estos organismos internacionales, desde sus propias agendas (salud mental y trabajo decente), abren posibilidades para un debate mayor, en donde es el trabajo y la digna existencia humana, los grandes temas en cuestión. Mientras esto no ocurra, y bajo los actuales entornos VICA (volatilidad, incertidumbre, complejidad y ambigüedad), los escenarios de sobrevivencia y precariedad laboral se mantendrán incólumes en la existencia emocional de los chilenos.

Está de más decir que surgirán en el presente y el futuro, múltiples debates sobre la modernización de la gestión, la renovación de los modelos de negocio, la incorporación de la virtualidad en toda dimensión laboral… pero, si no se habla honestamente sobre el cuidado de las personas y la humanización del trabajo desde dimensiones axiológicamente verosímiles, todo potencial discurso no será más que un gesto vacío y banal, frente a un mar de reales urgencias y dolores ancestrales sobre esta materia: la buena vida laboral.

“No tengo derecho a decir o hacer nada que disminuya a un hombre ante sí mismo. Lo que importa no es lo que yo pienso de él, sino lo que él piensa de sí mismo. Herir a una persona en su dignidad es un crimen” (Antoine de Saint-Exupéry)

Fernando Véliz Montero es Doctor en Comunicación,
autor de Resiliencia Organizacional (Gedisa)

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