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Cuando la emoción suple a la razón. Por Manuel Acuña Asenjo

VALORANDO

Calificar un hecho o una circunstancia, sin la ayuda de un instrumental teórico, implica valorar o, lo que es igual, atribuirle, a partir del juicio que uno mismo formula, la importancia y significación que debería poseer. Es, en consecuencia, un acto esencialmente subjetivo a la vez que tremendamente emotivo. Y es un acto espontáneo, una reacción primaria, casi mecánica; no debe sorprender, así, que, raras veces, las personas tomen conciencia de ello. Ni, mucho menos, que se repita, una y otra vez, se haga cotidiano y convierta en costumbre. Por eso, cuando una autoridad, o un sujeto notable, pierde la vida, la primera reacción que se advierte al interior de una sociedad, es atribuirle cualidades o defectos dentro de los parámetros valóricos que cada individuo posee. Es una estimación esencialmente emotiva que, muchas veces, pone de manifiesto la extracción de clase de quien la formula. No es un juicio serio, una opinión fundada o un criterio apoyado en razonamientos teóricos. Nada. Porque el instinto de clase se manifiesta emocionalmente, en tanto la conciencia de clase lo hace (o intenta hacerlo) racionalmente. No por otro motivo, a la muerte de alguien que ha tenido cierta significación política, las expresiones ‘bueno’ o ‘malo’, ‘democrático’ o ‘antidemocrático’, cobran inmediata actualidad. Como ha sucedido recientemente con ocasión del trágico accidente que le costara la vida al ex presidente Sebastián Piñera Echenique[1]. El ácido intercambio de palabras entre numerosos actores políticos, a propósito de lo expresado, confirma nuestros temores en el sentido que análisis construidos sobre la base de emociones en poco o nada ayudan a entender el rol que juegan determinadas personalidades en el curso de la historia. Y contribuyen eficazmente a entregar como legado a las generaciones futuras una visión errónea de aquella.

VISIÓN SESGADA DE LA HISTORIA

Lo más grave de esa concepción valórica es, sin embargo, que distorsiona la historia. Porque es un hecho conocido que no todo lo que realiza una persona causa daño o perjuicio a otra. En palabras simples: una persona no es todo el tiempo ‘mala’ ni todo tiempo ‘buena’. El palacio de Versalles y el Palacio de Invierno del zar Pedro El Grande son obras gigantescas, entre muchas otras, pero no por ello sus ejecutores pueden pasar a la historia como seres buenos o malos. Hacer juicio de esa manera en nada ayuda a comprender los complejos escenarios políticos de un país. Los personajes no son ‘buenos’ o ‘malos’, ‘demócratas’ o ‘no demócratas’ sino, por el contrario, cumplen determinados roles históricos[2]. Desde este punto de vista es donde deben ser analizados; especialmente, cuando lo hacen dentro de determinado modo de producción.

ROL DE UN PRESIDENTE O JEFE DE ESTADO

Un presidente o jefe de Estado (un primer ministro e, incluso, un dictador), dentro del modo de producción capitalista (MPK), no es elegido o designado sólo porque lo dice la ley, sino para que, en ese desempeño, cumpla un rol dentro de la sociedad. En el MPK, esa tarea no es otra que servir de factor de unidad de la estructura social organizada para tal efecto, que es el Estado/nación. De ahí su importancia y significación, rol que debe cumplir, aunque carezca de competencia, aunque sea un sujeto nulo y no refleje el ideal que muchos votantes esperaron de él. Es una figura que condensa en su persona la conjunción de esa comunidad. Por eso, su sola presencia aquieta las turbulentas aguas de la política y, en los países en que existen aún monarquías, la aparición del rey posee honda significación y se le perdona, incluso, que, aún cuando no cumpla función política alguna aparente siga gozando de los privilegios establecidos en su favor. La presencia de esa figura se impone con la fuerza de una ley. Y solamente se interrumpe cuando el rol que se le ha asignado se rompe o no se realiza.

FUNCIONAMIENTO DEL MPK

La forma de organización del MPK es el Estado; la forma de gobierno que ese Estado emplea, para llevar adelante su cometido, se denomina ‘democracia’, que es un sistema en virtud del cual el ejercicio del poder se realiza reuniendo a la comunidad en torno a tres grandes instituciones llamadas ‘poderes’, que son el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial.

Dado que al momento de imponerse el sistema capitalista no era posible concebir a una comunidad que se gobernara por sí misma, se estimó a la representación como la forma más perfecta para alcanzar ese ideal: la ciudadanía, organizada en partidos políticos, había de elegir a quienes ocuparían los cargos en las diversas instituciones de Estado, a través de elecciones periódicas que serían libres, secretas e informadas.

LA REPRESENTACIÓN POLÍTICA

Una de las características que presenta el funcionamiento del MPK es que los dueños del capital, los verdaderos dueños del país, raras veces incursionan en el mundo de la política. Como reminiscencia del modo de producción feudal (MPF), disponen de vasallos y empleados que pueden hacerlo por ellos. La moderna historia de Chile recuerda solamente a dos presidentes que, perteneciendo al gran empresariado, dirigieron el país: Jorge Alessandri Rodríguez y Sebastián Piñera Echenique. En ambos casos, la clase y fracciones de clase dominante dirigieron directamente la administración del país y no lo hicieron por interpósita persona. Ambos ejercieron, por lo demás, la hegemonía al interior del Bloque en el Poder.

En forma excepcional se ha podido ver a algunos empresarios ejerciendo el cargo de ministros, subsecretarios y jefes de servicios o de empresas estatales; sin embargo, éstos no pertenecen al sector más poderoso de la clase que ejerce la dominación.

En los demás ‘poderes’, tampoco se advierte la presencia de grandes empresarios, sino tan sólo la de sus capataces o empleados superiores, que los relevan en el ejercicio esa tarea; demás está señalar que esa ausencia es notoria entre los miembros del Poder Judicial, institución dentro de la cual han buscado refugio algunos vestigios de clases que perdieron casi por completo su significación política.

PIÑERA COMO JEFE DE ESTADO

Sostenemos nosotros que Piñera, como jefe de Estado, cumplió a cabalidad el rol que le correspondía desempeñar. No solamente en una de sus administraciones sino en ambas. Mantuvo, pese a la encarnizada oposición que debió enfrentar, la unidad del Estado/nación y realizó el interés de las clases y fracciones de clase dominante tanto en beneficio propio como de quienes compartían con él el dominio de la riqueza en Chile. Si el capital no es más que un valor que se valoriza, bajo su administración los ricos habían de multiplicar sus ingresos. Debían hacerse cada vez más ricos, él incluido.

No puede reprochársele que, en el curso del llamado ‘estallido social’, se hayan violado los derechos humanos. Aún cuando se hayan firmado convenios que garantizan el cumplimiento de esos acuerdos, el objetivo del Estado nunca ha sido, precisamente, el cuidado de esos derechos; existen mil subterfugios para evitar el cumplimiento de aquellos. El reciente caso ocurrido en Perú con la liberación del ex presidente Alberto Fujimori, en abierta violación a los tratados suscritos, pone de manifiesto la escasa o nula importancia que ciertos regímenes le dan al derecho internacional; no parece necesario recordar el caso de Palestina.

En relación a lo sucedido en Chile, con ocasión del estallido, reconoce Benjamín Salas —a quien el gobierno de Sebastián Piñera encargó monitorear las posibles demandas por violaciones de Derechos Humanos en tribunales extranjeros— que esa preocupación no era tal. Como señalara a un periódico:

“Siempre tuvimos claro que esas demandas, de haber existido, no hubiesen tenido ningún destino. La investigación se hizo en Chile, donde correspondía. El compromiso del Presidente Piñera con los derechos humanos estuvo presente en sus dos gobiernos y en su vida política completa. Pero, además, ha sido transversalmente respaldado durante estos últimos días”[3].

CARÁCTER DE CLASE DEL GOBIERNO DE PIÑERA

Piñera no fue cualquier persona. Representó, sí, el prototipo del moderno empresario capitalista que sabe aprovechar en su beneficio y en el de su clase las tendencias del mercado. No fue heredero de grandes fortunas; ni siquiera de una fortuna mediana o pequeña. Hijo de un empleado público, toda la riqueza que logró acumular—estimada por la revista Forbes en 2.900 millones de dólares—, fue obra suya. Por eso fue —para quienes lo admiran y señalan como modelo—, la encarnación misma del empresario exitoso que el capitalismo aseguraba podían serlo todos sus mentores. Especialmente, los nuevos políticos de Chile Vamos, ansiosos de sobresalir y de enriquecerse, enloquecidos por conseguir ethos. Pero fue, al mismo tiempo, el encargado de propinar un golpe magistral a la vieja aristocracia castellano/vasca, convencida aún de la necesidad de poseer la tierra, sus latifundios y glorias pasadas. Por eso, decía un académico:

“Piñera siempre representó el neoliberalismo. Piñera siempre fue el rival de los movimientos sociales”[4].

Permítasenos discrepar de tan respetable opinión: Piñera no representó a persona o sistema alguno sino tan sólo a sí mismo; fue el mismo la manifestación corpórea o encarnación del sistema creado por su hermano José bajo la dictadura, la materialización biológica de esa idea, su presencia misma.

DELINEANDO MÁS ALGUNOS RASGOS DEL EX PRESIDENTE

Si la dictadura había establecido un nuevo modo de acumular o modelo basado en el desarrollo del mercado financiero, en detrimento del auge de la industria, era natural suponer que el sector empresarial dedicado a realizar esa actividad sería quien asumiría un rol preponderante en la marcha de la sociedad, en estrecha alianza con el comercio. Piñera sería quien desempeñaría semejante tarea.

Recordemos que la actividad productiva consta de tres momentos estelares: producción de un bien, comercialización del mismo y captación del dinero que permite la reproducción del proceso. La nueva forma de acumular no contemplaba para Chile la realización de producción alguna que no fuera la extractiva, maderera, agrícola y pesquera. La expropiación de los fondos previsionales de todos los trabajadores permitió ampliar el comercio del dinero y la especulación. Piñera advirtió, de inmediato, el sentido de las reformas transformándose en la encarnación de ese modelo que la propia Concertación aceptara como propio y, a la vez, el agiotista que había de hegemonizar el bloque en el poder para terminar de subordinar el capital industrial a la conducción que el capital bancario (financiero) iba a tomar en sus manos, en estrecha colaboración con el capital comercial.

Sostenemos, por eso, que Piñera nunca representó a clase o fracción de clase alguna sino tan sólo a sí mismo pues era él la propia clase capitalista administrándose a sí misma, con su pléyade de vasallos y siervos, la encarnación de un modelo que había de perpetuarse. Su gobierno fue la expresión más manifiesta de la hegemonía ejercida por los sectores bancarios (financieros) al interior del Bloque en el Poder, extraordinariamente bien descrita en ese cartel colocado frente a la salida Aeropuerto:

“Bienvenido a Chile, país gobernado por sus propios dueños”.

DIFERENCIA ENTRE PIÑERA Y LA REPRESENTACIÓN POLÍTICA DE LOS SECTORES DOMINANTES

Permítasenos insistir en algo: los sectores dominantes no tienen tiempo para dedicarse a la política sino tan solo a sus propios asuntos; de otra manera no serían dominantes. Luksic, Calderón, Paulmann, por nombrar solamente a algunas de las grandes fortunas nacionales, son personajes a quienes poco o nada les interesa un cargo en las instituciones estatales ni discutir asuntos de interés nacional. Siempre han pagado a quienes realizan esa labor, eso les agrada; por ello recurren a ese grupo de vasallos y sirvientes que se les ofrece regularmente en las justas electorales para defender sus intereses, instalados en algunos de los aparatos de Estado que es donde, en definitiva, se ejercen porciones de poder.

Hay, por ende, diferencias entre la clase dominante misma —y sus fracciones—, y quienes pretenden representarla. Unos son la clase misma; los otros son advenedizos, con grandes aspiraciones de convertirse (alguna vez) en los primeros. Si bien los intereses que defienden son los de aquellos, no pocas veces sus apetencias coinciden sino chocan entre sí, lo que explica que, en determinadas circunstancias, quien gobierna el país se vea en la obligación de establecer contacto directo con sus verdaderos dueños. Las leyes que gobiernan el ‘lobby’ cumplen tal misión. Esas contradicciones también se vieron en el gobierno de Sebastián Piñera, como lo afirma un analista:

“[…] los opositores y críticos del ex presidente Piñera no estaban solo en el centro y en la izquierda, sino que estaban también dentro de su propio sector, con críticas bastante duras, tales como que gobernaba con las banderas de la izquierda. Se habló también de traición a las convicciones, entre otras similares”[5].

El fenómeno no pasó desapercibido para Sebastián Sichel quien expresó en una entrevista:

“Muchas veces en plena crisis social, incluso en el tema del retiro, Chile Vamos en vez de actuar unida como coalición, hubo algunos que estuvieron por resolver su propia elección o su propia posición, más que por defender al gobierno del expresidente Piñera”[6].

La representación política de la clase y fracciones de clase dominantes no vacila en salir en defensa de sus fuentes de trabajo, que son los cargos que les otorgan los partidos políticos, y desafiar a sus propios patrones. Por eso, no vacila en aprovechar circunstancias especiales para asegurar el capital político que posee, como sucedió en la misa que se hizo en homenaje al ex presidente en la Catedral, en donde los lamentos y sollozos de las viudas y viudos del extinto ex mandatario se trocaron, como por arte de magia, en selfies, fotografías y canciones festivas a la salida de la ceremonia, interpretando el preludio obligado de las próximas elecciones que han de tener lugar. Y es que la impudicia es, también, rasgo indeleble de esos elementos advenedizos. Walter Garib así los describe:

“Agobiados por nuevas e inesperadas derrotas políticas, los infelices se desgarran las vestiduras y lloran a moco tendido. Vieja práctica dirigida a demostrar congoja, si son tocados. No han sido jamás andrajosos y no los afectan los incendios, las inundaciones, menos aún, la cesantía. Si durante la dictadura robaban sin ser perturbados y recibían elogios por su cizañera destreza, hoy deben escudarse y utilizar a los testaferros en sus delictivas maniobras”[7].

CONCLUSIÓN

¿Qué puede decirse, por tanto, del ex presidente Piñera? Muy simple: nada más de lo que de todo presidente se pueda hablar: el rol que le ha correspondido desempeñar durante el tiempo que estuvo al frente de la nación.

Piñera no fue sino lo que debía ser. Ni más, ni menos. El más preclaro protagonista de una forma de acumular, que privilegia la multiplicación de los instrumentos financieros y, consecuentemente, el agiotismo y la especulación. Si consideró que era correcto hacer negocios desde la presidencia y jamás recibió reproches de su clase por ello, es porque actuaba de acuerdo a esa forma de ser; como cuando quería desahogarse en contra del régimen de Nicolás Maduro y no encontró nada más acertado que concurrir a desafiarlo desde Cúcuta; como también lo hizo cuando le pareció que el Estado estaba en guerra con los pobres. Por lo mismo, era natural que transformase a la policía en una estructura orientada a practicar la represión social y estudiantil en lugar de perseguir a la delincuencia. Porque Piñera hizo una práctica cotidiana de la violación de los derechos humanos. Por lo mismo, no deja de ser una pérdida de tiempo dedicarse a analizar lo bueno y lo malo de su administración pues sería lo mismo que hacerlo con Hitler, Mussolini, Franco, Kennedy, Stalin, en fin[8]. Sería como analizar si acaso, también, fue o no ‘demócrata’[9]. O examinar algún legado que quiso dejar a los suyos. Insistimos: los jefes de Estado cumplen el rol de representar la unidad del Estado/nación que les corresponde administrar. En ese sentido, Piñera desempeñó su rol. Cumplió su cometido. Cumplió con su clase y, en consecuencia, con lo que debía hacer. Y no hubo, en ese desempeño, discrepancia alguna con la marcha del sistema capitalista ni tampoco con un posible quiebre de la unidad del Estado/nación. Cuando así sucede, no hay reproche alguno que pueda hacerse a su gestión. Pero…, cuando así no sucede… Reflexionar sobre ese tema, tal vez nos ayude a entender el rol que buscó realizar al presidente Allende durante su mandato… Y el que, al parecer, lleva a cabo la actual administración…

Santiago, febrero de 2024

[1] Véanse, al respecto, los artículos de Felipe Reyes “Cállate. ¿A quién le has ganado?”, Radio Biobío, 10 de febrero de 2024; y de Cristián Neira “’Es el reflejo de los valores’: Carmen Hertz se enfrenta a Pepa Hoffmann y Ximena Rincón”, ‘El Desconcierto’, 10 de febrero de 2024.

[2] Soto Caramori, Patricio: “Piñera, el bueno”, ‘El Desconcierto”, 09 de febrero de 2024.

[3] Redacción: “Benjamín Salas, ex asesor de Pilera: ‘Siempre tuvimos claro que las demandas de DDHH en el extranjero no tenían destino’”, Ex Ante, 10 de febrero de 2024.

[4] Mayol, Alberto: “Boric: no hay peor defensa que entregarlo todo”, Radio Biobío, 12 de febrero de 2024.

[5] Astorga Arancibia, Erick: “Piñerismo sin Piñera: No todos estuvieron a la altura del Estado, ni la república”, ‘El Desconcierto’, 16 de febrero de 2024. La negrita es del original.

[6] Quintanilla, Diego y Saldivia, Carlos: “Ausencia de crítica por dejar solo a Piñera desnuda a ChileVamos”, ‘El Mostrador’, 16 de febrero de 2024. La negrita es del original.

[7] Garib, Walter: “Lágrimas de cocodrilo”, ‘El Clarín’, 12 de febrero de 2024.

[8] Redacción: “Piñera, bueno y malo a la vez”, ‘El Mostrador’, 11 de febrero de 2024.

[9] Zavaleta Sahr, Alvaro: “Piñera fue realmente un demócrata?”, ‘El Desconcierto’, 11 de febrero de 2024.

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